"Hacia la transparencia"
Autor: Sergio Morales Vera

Fue la mañana del viernes catorce de septiembre cuando comprendí que Dunia era posible. En una pared de mi cuarto estuvo desde siempre aquella pintura otoñal: los troncos grises de los árboles y las hojas secas en segundo plano, algunas a punto de escapar empujadas por un frío vientecillo. Una tonalidad ocre en fuga hacia la infinita distancia. Un pedazo de cielo opaco, con un agujerito de luz, como un diamante suspendido en el aire, a punto de caer o a punto de ascender. Delante, al primer golpe de vista, el puente arqueado, con una fina baranda de metal a cada lado y más abajo, casi en el borde inferior, un hilo de agua iluminada, fulgurante.

Cómo llegué hasta allí, nunca lo supe. Hallo una nebulosa en eso al intentar recordar. Cuando nos encontramos, Dunia estaba recostada a la baranda del puente mirando el riachuelo.

Tampoco sé de dónde salió aquella pintura. Mi madre dijo que la trajo el abuelo en una de sus tantas aventuras por el mar. Mi padre le atribuyó esa versión a las alucinadas lecturas de mi madre. El abuelo siempre estuvo en tierra y el cuadro habría sido pintado por Rosalba, su tíabuela, antes de ser internada definitivamente en un manicomio, luego de declarase inmortal e intentar suicidarse para demostrarlo.

Crecí indiferente ante aquella pintura. A fuerza de mirarla dejé de percibirla. Mis ojos resbalaban sobre ella, como los días sobre mí. Una noche desperté con una certeza de placer entre los labios. Me asusté mucho ante la evidencia de mi primer orgasmo y recordé haber soñado con Dunia. Desde entonces, todas las noches soñé con ella y en la suavidad de su piel imaginada, fui perdiendo la pureza de la infancia.

Hoy todos me miran y mueven la cabeza. Mi madre, a veces llora y mi padre no habla de eso. Trato de explicarles que voy hacia la transparencia y eso me hace feliz, pero les noto la tristeza en la mirada. Sé que Dunia está esperando en algún sitio a que todo termine, para unirse a mí definitivamente.

Aquél viernes catorce de septiembre tuve la certeza de ver mis sueños convertidos en realidad. El paisaje me resultaba familiar.

—Estoy seguro de que alguna vez estuve aquí —dije como si le hablara al viento y ella me contestó como si fuera el viento.
—Siempre has estado aquí.
—¿Entonces nos conocemos?
—Siempre nos hemos conocido.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque siempre he estado aquí, esperándote.
Me acerqué a ella y le tomé las manos. Temblaba como las hojas secas de los árboles temblaban en el cuadro.
—¿Cuánto hace que me esperas?
—Mucho tiempo, todo el tiempo. ¿Ves el agua del riachuelo? Ha corrido siempre, aquí o en otro sitio. Yo he sido el agua alguna vez y tú has de serlo, como dos gotas de agua transparente nos uniremos, por eso espero.

Hoy no sé si ella escapó del cuadro o yo fui diluyéndome en la pintura. Ella vino para amarme, como sólo puede amarse lo imprescindible. El aire estaba lleno de resonancias y descendimos hasta el agua. Hicimos el amor sobre septiembre, sobre el ocre colchón de hojas secas, envueltos en la transparencia del riachuelo.

Después volví a la vida y ella siguió en el cuadro, mirando pensativa el agua. Noche a noche intenté soñar, volver al puente para estar con ella. Mi padre pensó que estaba enfermo. Mi madre insistió en llevarme al médico y éste me declaró saludable. Mi madre dice: "pero hijo" y llora. Mi padre me mira y mueve la cabeza. Es inútil explicarles que sólo intento soñar, para alcanzar la transparencia de una gota de agua y volver con Dunia, quien también, como una gota de agua, me espera en algún lugar del universo.


Colaboración de: Las Letras perdidas