Por: Javier Leunda San Miguel

         Robres del Castillo
Se encuentra situado junto al río Jubera, a 33 km. de Logroño, a pesar de su cercanía conserva costumbres muy antiguas, en su tiempo de apogeo tuvo hasta 700 habitantes y contaba con cinco aldeas: Desillas, Buzarra, Valtrujal, Oliván y San Vicente de Robres.

Cuenta con un castillo fortaleza de tiempos de los árabes, un puente romano sobre el río Jubera que divide el pueblo en dos pequeños núcleos y las ruinas de la iglesia de Sta.María la Real.

El pueblo careció de luz eléctrica hasta 1963, la forma de comercio era básicamente transportando los productos propios que producían: huevos, manzanilla, té, queso de cabra, leche, etc.. Y los llevaban a Arnedillo donde los cambiaban por productos de los que en el pueblo carecían, como azúcar, arroz, utensilios de labranza y objetos para la casa. Pero a pesar de sus muchas carencias eran felices y no echaban de menos nada de lo que tenemos ahora, puesto que no lo conocían.
Se aprovechaban las fiestas de las aldeas como una forma de conocerse y a menudo se formaban parejas. A pesar de que Robres esta apenas a 700mts de altura, durante algunos inviernos había que acondicionar un camino para que los niños fueran a clase de la cantidad de nieve que había.

También se encendía una estufa de leña para calentar la clase, los pupitres se organizaban de dos en dos con un tintero en medio para escribir y una gran pizarra donde la profesora escribía.
Los inviernos eran muy fríos, más que ahora, el río quedaba cubierto de hielo lo que aprovechaban los niños para jugar y patinar sobre él. Tampoco había agua corriente en casa, y había que llenar todos los días  botijos  y  tinajas  para  cocina  y  beber , la  gente  se  bañaba  los domingos para ir a misa en un balde con agua caliente.

En Enero y Febrero se hacía la matanza del cerdo que se esperaba con ilusión durante todo el año. En ocasiones cuando la familia era muy numerosa se mataban dos puercos y era el sustento de todo el año junto con las hortalizas y verduras de la huerta.

Al principio les daba pena matar al cerdo ya que le habían cogido mucho cariño y casi formaba parte de la familia, pero al comérselo después les compensaba.

Los carnavales eran muy originales, se hacían bonetes con los juncos del río y forrados de papel, también s ponían un cinturón con cascabeles e iban de pueblo en pueblo pidiendo huevos. Un día hacían tortilla y chocolate todos juntos, siempre sabían compaginar el trabajo con el ocio.

Otra fecha importante era la Semana Santa, a partir del jueves santo no se podían tocar las campanas para avisar de los actos religioso, era entonces cuando los niños recorrían el pueblo tocando las matracas como forma de aviso. El viernes santo durante la celebración de la muerte de Jesús todo el mundo golpeaba el suelo y retumbaba toda la iglesia, se llamaba las tinieblas, otro acto que también se celebraba el viernes santo era el lavatorio de pies, el sacerdote lavaba los pies a doce niño, los niños se solían echar colonia en los pies para que les oliesen bien pero en realidad se les desteñían con los calcetines y dejaban el agua del cuenco de varios colores.

La escuela era pequeña y acogían a todos los niños del pueblo y de las aldeas, estos tenían que caminar todos los días durante una o dos horas por el monte.
La matanza era como una fiesta, servía para estrechar los lazos familiares, ese día los niños de la casa no iban a la escuela, pizcaban los trozos más jugosos y comían naranjas y mandarinas.
Al día siguiente cuando la profesora les preguntaba porque habían faltado, decían que habían estado de matanza y era una causa totalmente justificada.
Durante la primavera, las niñas cogían violetas en el campo y hacían ramilletes para ponérselas a la Virgen en la iglesia, una talla preciosa del siglo XII, las chicas discutían porque todas querían poner sus flores las más próximas a la Virgen, y también les recitaban versos.
En el verano era cuando más trabajo tenían las familias, tenían que segar y trillar el cereal, los niños también ayudaban ya que estaban de vacaciones. Cuando terminaban la trilla y la siega los niños se divertían bañándose en las pozas del río para refugiarse del calor. 
Las fiestas patronales son en septiembre en honor de San Miguel, que es el nombre que recibe la iglesia. Esta construida sobre unas ruinas muy antiguas, posee una hermosa nave y cuenta con un retablo de San Miguel. La víspera de la fiesta se preparaba una hoguera donde se hacían las chuletas y chistorra a la parrilla y se comían en una cena de hermandad todo el pueblo, y después de cenar se bailaba en la plaza al son de un acordeón.

Ahora se continua haciendo lo mismo, viene una orquesta y se celebra un concurso de disfraces, pero se baila menos.
Antiguamente se vivían más las fiestas ya que eran unos días en que cambiaba bastante la rutina diaria.
En todas las casa se reunían un gran número de personas, la comida más habitual era: una sopa de garbanzos, carne del pueblo con pimientos asados y de postre arroz con leche, natillas o flan con leche de cabra.

Otra tradición existente era la celebración del día de Sta. Agreda, que era como si fuese "el día de la mujer trabajadora". Las mujeres mandaban durante todo el día, subían al campanario a tocar las campanas, celebraban una misa solo para ellas y después comían la suculenta comida que les habían preparado los hombres.
Esta tradición se perdió con el tiempo, aunque en realidad en este pueblo como en muchos otros siempre son ellas las que mandan.

Los domingos cuando no tenían muchas faenas los jóvenes se reunían en la plaza con una guitarra que les tocaba un abuelo, bailaban y cantaban todo el repertorio de canciones populares. Los chicos se preparaban estrofas y se las cantaban a las chicas que se asomaban, presumidas, a las ventanas.
Pero cuando realmente les gustaba una chica le dejaban ramos de flores o ramas de roble en sus ventanas, por el contrario si su amor no era correspondido se enfadaban y les ponían ortigas.

Otra romería que se celebra es en honor de San Sol, se va a una ermita situada a un kilometro del pueblo, cruzando el río. Se sube la imagen de la virgen a hombros desde la iglesia cantándole todo el camino, en la ermita se celebra una misa y se bendicen los campos, luego se comía allí, frecuentemente tortilla y lomo.
Por la tarde después de reposar bien la comida y charlar un rato se volvía a bajar la virgen y en la plaza se bailaba con un acordeón que traía un señor del Valle de Ocón.

Robres del Castillo sobrevive gracias a la agricultura de secano y a la ganadería lanar, que en otros tiempos fue la base de una importante industria textil. Pero como a ocurrido en muchos otros pueblos de la sierra, la desaparición de esta actividad económica supuso un inexorable declive.
Sus robustas casa de piedra, algunas decorada con vistosos arcos, y las ruinas de su palacio y de su castillo, son los escasos vestigios que quedan de su pasado más glorioso.

Actualmente Robres tiene 17 habitantes fijos muy lejos de los cerca de 400 que contaba en el siglo XVI.
Entre las personas celebres nacidas en Robres destaca el escritor y médico Félix de Tejada y España.
Pero en estos momentos se está construyendo un parque eólico en Cabimonteros, con la colocación de 75 aerogeneradores, 23 de ellos en los términos de Robres del Castillo lo que dota de nuevas perspectivas a este municipio serrano.

Esperamos  que  el  mismo  viento que vio  marcharse  a  la  gente  hacía la  ciudad devuelva la vida a Robres del Castillo.