Obra Científica del Dr. Ildelfonso Zubía

El  Dr. Ildefonso Zubía como en sus actividades académicas y sociales, también en las científicas era un hombre realmente polifacético. Quizá en el fondo de esta intensa dedicación al trabajo late la búsqueda de resguardo frente a tanta adversidad personal. Su formación académica (que abarcaba campos en la actualidad tan especializados como la Física, la Química, la Geología, la Biología o la Antropología), junto a ese peculiar talante naturalístico del hombre de ciencia del siglo XIX, le llevaron a acometer una gran diversidad de labores científicas. Entre ellas, destacaré, en orden cronológico:

- La traducción de una obra francesa sobre "La luz polarizada y los fenómenos rotatorios".

- Las observaciones meteorológicas sistemáticas en Logroño, a las cuales debemos los únicos datos meteorológicos logroñeses del siglo XIX.

- El análisis de gases y minerales del agua del manantial de Riva los Baños, en Torrecilla en Cameros, el origen del agua de Peñaclara.

- Las excavaciones paleontológicas en cuevas de la Sierra de Cameros, como Peñamiel o cueva Lóbrega.

- Informes solicitados por instituciones públicas y privadas sobre variados temas: la renovación del aire en enfermedades epidémicas; un hundimiento del terreno en Arnedillo; la adulteración del aceite de oliva con aceite de algodón; la prevención del cólera, que había atacado gravemente a la ciudad de Logroño en 1855; los ataques del mildiu de la vid, que llegaron a poner en peligro la supervivencia del viñedo riojano; y la adulteración de vinos con alcoholes industriales.

- También hacía sus pinitos enológicos y obtuvo varios premios en exposiciones vinícolas nacionales e internacionales.

Pero quizá lo que más renombre le ha dado al Dr. Zubía haya sido su actividad botánica, a la que me referiré más extensamente.

Su catálogo florístico, su "Flora de La Rioja", es una obra botánica similar a otros inventarios florísticos que se realizaron en diversas regiones de España, frecuentemente por el empeño de farmacéuticos o catedráticos de Instituto como el propio Dr. Zubía. Estas labores calladas estaban alejadas de la botánica "oficial", que controlaban los catedráticos de las Universidades potentes y especialmente Miguel Colmeiro, director del Jardín Botánico de Madrid durante gran parte de la segunda mitad del siglo XIX. Sin embargo, los inventarios florísticos regionales constituyen una base importante de la botánica española de principios del siglo XX.

El Dr. Zubía comenzó a hacer su famoso Herbario en 1847, cuando fijó su residencia definitiva en Logroño tras su nefasta experiencia ovetense. Fundamentalmente, recolectaba las plantas en la ciudad de Logroño y sus alrededores, en parajes tan logroñeses como el Monte Cantabria o las huertas de Madre de Dios. También recorrió diversos parajes de La Rioja, como El Rasillo, Viguera, Haro, Santo Domingo, Ezcaray, Hormilla, etc., localidades adonde le solían llevar frecuentemente sus misiones oficiales. Y fuera de La Rioja estudió la flora de dos localidades con balneario: Panticosa en Huesca, y Urberuaga en Vizcaya.

Su herbario debió ser realmente voluminoso para su época. Él mismo lo cifró en unas 4.500 muestras, incluyendo plantas superiores, algas, hongos, líquenes, briófitos y helechos. Pero en estos 4.500 especímenes no están contabilizadas las numerosas plantas que intercambiaba con botánicos españoles y extranjeros, por lo que el número total debía ser bastante mayor.

A su muerte, y por una de sus disposiciones testamentarias, los contenidos del Herbario se repartieron entre tres instituciones: el Instituto de Logroño, para el que pedía a sus sucesores en la Cátedra que se reservara el lote más completo, el Jardín Botánico de Madrid, y el Colegio de Farmacéuticos también de Madrid. Esta legación fue muy inteligente y equilibrada. Por una parte, sus sucesores en el Instituto podrían acrecentar el conocimiento florístico de La Rioja partiendo de las colecciones del Dr. Zubía, con lo cual una buena parte de su herencia científica quedaba en su patria chica. Pero además, y en previsión del posible desinterés en que pudiera caer su obra botánica en Logroño, otra buena parte del material se destinaba a una institución veterana, que contaba y cuenta con el mejor herbario de España, lo cual garantizaba una adecuada conservación de las plantas por él recolectadas. Lo cierto es que en ambos casos, tanto en el Instituto de Logroño como en el Jardín Botánico de Madrid, el material ha sido conservado bastante bien, en comparación con otros herbarios históricos de la época.

El lote que se conserva en el Instituto de Logroño, hoy Instituto Sagasta, es el mejor conocido, dentro de lo poco que conocemos todavía la obra botánica de Zubía. El total de especímenes que contiene es de 2.225, de los cuales 135 son criptógamas (algas, hongos, líquenes, briófitos y helechos) y 2.090 fanerógamas. Corresponden a unas 1.500 especies, lo cual es un número bastante elevado para la época si se considera que en la mayor parte de las provincias españolas no se conocían más allá del millar de especies.

Las plantas están guardadas en 33 cajas de la época. Después de Zubía, y hasta que mi equipo comenzó la catalogación y revisión del material, han pasado varias manos por el herbario. Esto lo sabemos porque Zubía escribía sus etiquetas con pluma y una caligrafía muy característica, pero se conservan también anotaciones a lápiz y bolígrafo de autores posteriores desconocidos. Es curioso constatar que las etiquetas donde Zubía escribía los nombres de las plantas son fragmentos de papel que reciclaba después de haber sido utilizados para otros usos: recortes de esquelas; invitaciones de boda; sobres con sellos de la época, tanto españoles como de Francia, Alemania o Italia; propaganda de productos farmacéuticos, como el elixir dental Licor del Polo; etiquetas de envío de revistas farmacéuticas o docentes; papeletas electorales, algunas de ellas con la candidatura de Sagasta a Cortes; una entrada nominativa para el Liceo Artístico; anuncios de obras de teatro; facturas de tabaco de cuarterón, etc. También se conserva en una de las cajas un ejemplar del periódico "La Rioja" de 1938, evidentemente posterior al trabajo de Zubía.

De su obra botánica, ¿qué podríamos destacar especialmente? Mi opinión inicial es que su "Flora de La Rioja" es un trabajo de base, extensivo más que intensivo, sin grandes ostentaciones. Su valor proviene más de la cantidad de especies aportadas que de las propias especies individualmente, ya que la mayoría son bastante comunes. Por ejemplo, dedicó un gran esfuerzo al estudio del género Chenopodium, las plantas conocidas vulgarmente como cenizos, e incluso aportó alguna variedad nueva. Pero sus "variedades" parecen no tener mucho valor taxonómico, son simplemente variantes morfológicas que han sido desechadas en la actualidad por la comunidad científica.

Entre las plantas recolectadas por Zubía y conservadas en Logroño, destaca  una especie de cuernos negros,  son esclerocios de un hongo parásito que crece sobre el centeno. El llamado cornezuelo, a partir del cual se extrae LSD con fines medicinales. Los Amaranthus, unas malas hierbas conocidas como bledos, que destacan en el herbario por su buen estado de conservación. Plantas de jardín, que Zubía recolectaba frecuentemente; concretamente la Gomphrena globosa y Celosia cristata. La Phytolacca decandra, de cuyos frutos se obtiene un colorante rojizo que en tiempos se utilizaba para adulterar el vino y proporcionarle color. Jasonia glutinosa, el té de roca, recolectado en Arnedillo. Y algunas orquídeas silvestres, que al secarse pierden toda su belleza natural.

Zubía también recolectó más de 300 briófitos, entre musgos y hepáticas, y es aquí donde resulta especialmente destacable su trabajo, hasta donde hoy lo conocemos. Entre ellos, hemos encontrado especies verdaderamente interesantes, veinte de las cuales no se han vuelto a recolectar en La Rioja desde que Zubía recorría sus caminos. Esto habla de la minuciosidad con que Zubía recolectaba las plantas, a pesar de que con sus escasos medios cometía algunos deslices a la hora de identificar las especies.

La singular importancia de los briófitos radica en que son mucho más sensibles que las plantas superiores a las alteraciones que el hombre produce en la naturaleza como consecuencia de sus actividades domésticas, industriales o de modificación del paisaje.


Un pliego del herbario del Dr. Zubía que se conserva en el Instituto Sagasta de Logroño.


Quisiera destacar, entre estos hallazgos, dos musgos acuáticos que Zubía encontró en aguas del Ebro y del Iregua, en las cercanías de Logroño: Fontinalis hypnoides, y Cinclidotus riparius. Hay que tener en cuenta que los briófitos son plantas pequeñas, frecuentemente de tan sólo unos milímetros. Su estudio debía resultar bastante complicado para el Dr. Zubía, que, según refiere su discípulo Ismael del Pan en el Prólogo de la "Flora de La Rioja", tan sólo disponía de un microscopio sencillo para identificar las plantas.

He querido destacar estas dos especies de musgos porque ambas han desaparecido de la flora riojana. Nadie más ha vuelto a recolectarlas nunca, porque los ríos donde crecían, el Ebro y el Iregua, han sufrido drásticas alteraciones de su cauce, acompañadas de la contaminación de sus aguas, todo ello como consecuencia del miope desarrollismo del último siglo.

Otro musgo interesante es Fontinalis antipyretica, que según refiere Zubía, abundaba en su tiempo en las acequias de Logroño. Ahora en las acequias riojanas, notablemente eutrofizadas por el abuso de fertilizantes agrícolas, apenas crecen musgos, y desde luego no Fontinalis antipyretica. Para encontrar esta especie en nuestros días, hay que viajar hasta los limpios arroyos de la Sierra riojana, donde todavía, y esperemos que por muchos años, es bastante frecuente.

Por último, otra especie de gran interés es Weissia papillosissima, que Zubía recolectó en los alrededores de Logroño. Esta especie sólo se encuentra, en todo el mundo, en Logroño, Murcia y en un lugar tan alejado de nosotros como la república de Tadhikistán, en el sur de Siberia. O mejor dicho, se encontraba en Logroño, porque la especie ha desaparecido a causa de la modificación en los usos del suelo logroñés, por la edificación de viviendas o la construcción de obras públicas.

Todos estos resultados sobre briófitos han sido publicados recientemente por Encarnación Núñez Olivera y por mí en la revista alemana " Nova Hedwigia ", una de las revistas criptogámicas más prestigiosas del mundo, por lo que el trabajo de Zubía comienza a ser conocido en la actualidad más allá de nuestras fronteras, como lo fue también en su tiempo. Esto demuestra la vigencia que tiene hoy en día el trabajo de este naturalista.

De todo lo anterior podemos concluir la extraordinaria importancia que suponen para los científicos, y para la sociedad en general, puesto que cada vez ésta tiene una mayor sensibilidad ambiental, los estudios florísticos básicos desarrollados en el siglo pasado. De ellos podemos deducir los cambios que ha experimentado con el tiempo la flora de una determinada zona, y podemos buscar las razones para estos cambios. No hay que olvidar que la desaparición de una especie supone una pérdida irreparable de diversidad genética, y también una pérdida de todos los posibles usos que hubiera podido tener esa especie, por ejemplo en medicina. Este es, a mi juicio, el más claro exponente del incalculable valor que tienen los herbarios históricos regionales y, en concreto, el herbario del Dr. Zubía.


Portada del Libro "Flora en La Rioja" escrito por el Dr. Zubía

La publicación de la "Flora de La Rioja" de Zubía deparó también curiosas aventuras, idas y venidas, y no pudo ver la luz hasta 1921, treinta años después de la muerte del Doctor. Este retraso tiene varias justificaciones. Por una parte, era muy común que estos naturalistas del siglo XIX tuviesen una cierta dejadez a la hora de publicar sus resultados, ya que se encontraban fuera de los círculos oficiales de la ciencia, y se movían más por el reconocimiento que pudieran despertar en las grandes autoridades botánicas del extranjero que por publicar su obra.

Por otra parte, la Real Sociedad Española de Historia Natural, la institución donde José María Zubía intentó publicar la "Flora" de su abuelo, opuso serios inconvenientes. Los vientos botánicos que corrían en la Sociedad eran ya muy diferentes, desde el punto de vista científico, a los que había experimentado el Dr. Zubía. Harto ya de la espera, José María retiró el manuscrito de la Sociedad e intentó publicarlo privadamente. Sólo su empeño personal, junto con la colaboración de Ismael del Pan, antiguo alumno de Zubía y Catedrático de Instituto como él, consiguieron sacar adelante la publicación. Pero no sabemos todavía dónde está el manuscrito original del Dr. Zubía que su nieto dice conservar, "por si algún amante de estos estudios tuviese la curiosidad de ver el autógrafo". Este manuscrito nos resolvería muchas dudas, pero lo más probable es que se perdiera en algún baúl familiar cuando la familia de José María se trasladó a Madrid en 1931.

Les exponerdré algunos datos sobre las relaciones científicas del Dr. Zubía con otros botánicos, así como las especies que se le han dedicado. Estas dedicatorias son una de las más típicas muestras de reconocimiento que se rinden unos botánicos a otros.

El Dr. Zubía mantuvo correspondencia e intercambio de plantas con botánicos españoles y extranjeros de gran renombre, como los aragoneses Loscos y Pardo, el sajón Willkomm o, especialmente, el abate francés Michel Gandoger. Y es que la peculiaridad de la flora española despertaba un interés inusitado entre los botánicos europeos. Más de un millar de plantas que Zubía había recolectado en La Rioja fueron enviadas por el botánico logroñés a Gandoger. Estas plantas aparecen una por una en la magna obra del francés Flora Europea, que se compone de 27 tomos.

Michel Gandoger le dedicó en 1886, todavía en vida de Zubía, un nuevo género de la familia Umbelíferas, familia que agrupa plantas tan conocidas como el perejil, el apio, la zanahoria o la cicuta. El género que le dedicó se llamaba Zubiaea, e incluía varias especies de zanahorias silvestres. Gandoger pertenecía a la escuela botánica llamada analítica, de gran pujanza en el siglo XIX. Los seguidores de esta escuela eran partidarios de escindir cada especie en numerosas microespecies, de acuerdo con características morfológicas que hoy consideramos poco relevantes. Gandoger también le dedicó un centenar de estas microespecies que él reconocía. Por ejemplo, dentro de la citada familia Umbelíferas: Conium zubiae, Conopodium zubiae, Visnaga zubiae y Torilis zubiae. Hoy los botánicos no consideran válidos ni el género Zubiaea ni las microespecies de Gandoger.

Sí prevalece hoy en día un híbrido, esto es, una planta que proviene del cruce entre plantas de dos especies diferentes, que le dedicó a Zubía en 1926 Carlos Pau, un botánico español de gran renombre en nuestro siglo. Este híbrido es Centaurea x zubiae Pau, de acuerdo con una búsqueda que hemos realizado en las bases de datos del Missouri Botanical Garden, es el único nombre válido de plantas superiores que lleva el apellido de Zubía.

También, el Padre Unamuno, micólogo que falleció en 1947, le dedicó a Zubía dos especies de hongos: Phylostictella zubiae, publicado en 1931, y Rhabdospora zubiae, todavía inédito y que será publicado en los próximos meses por el Instituto de Estudios Riojanos en un número Monográfico precisamente de la revista "Zubía", como una actividad conmemorativa más del Cincuentenario del Instituto (el artículo referido está escrito por Francisco Pando y Félix Muñoz Garmendia, del Jardín Botánico de Madrid).

Y estos son, a grandes rasgos, los datos más importantes de esta historia. Probablemente, dentro de unas décadas volveremos a resucitar la figura del Dr. Zubía para dedicarle un nuevo homenaje. Ojalá que para entonces conozcamos más y mejor su vida, su obra y sus ideas científicas y académicas. Hasta entonces, este será nuestro secreto entre ustedes y yo, el de la vida y obra del, más que olvidado, desconocido riojano Dr. Zubía.

Introducción

Vida

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Esta información ha sido elaborada por: Javier Martínez Abaigar, Encarnación Núñez Olivera y Rafael Tomás Las Heras
 Departamento Agricultura y Alimentación de  la Universidad de La Rioja.