Vida del Dr. Ildelfonso Zubía


Retrato del Dr. Zubía, realizado por Rubio Dalmati

Ildefonso Zubía e Icazuriaga nació en Logroño el 24 de enero de 1819, de padre vasco y madre logroñesa. Su padre, Pedro Zubía, falleció cuando Ildefonso contaba tan sólo seis años de edad. Esta fue sólo la primera de una serie de desgracias personales que le perseguirían durante toda su vida.

En principio encaminó sus estudios hacia la vida sacerdotal, y comenzó Filosofía en el Seminario. Pero como consecuencia de la desamortización de Mendizábal, fue cerrado el Seminario en 1836. Después de este cierre, ingresó como mancebo en una farmacia de la Calle Mayor de Logroño. Tenía entonces 17 años. Sin embargo, este sentimiento religioso inicial lo conservaría toda su vida, como por ejemplo lo revela el expediente que, como Director del Instituto en 1868, elevó al Papa años después solicitando indulto apostólico para el uso del oratorio. 

Unos años más tarde, a los 21, salió de Logroño para Madrid, donde compatibilizó los estudios universitarios con el puesto de practicante mayor en una farmacia madrileña. Consiguió el Grado de Bachiller en Filosofía en el Colegio de San Fernando, y posteriormente la Licenciatura en Farmacia.

 

Fue Ayudante honorífico de la cátedra de Química, y por fin obtuvo el Grado de Doctor en Farmacia a los 24 años. Esto le capacitaba para el ejercicio libre de la profesión de farmacéutico. En la copia del título de Doctor se encuentra una de las pocas descripciones que se conservan del Dr. Zubía, aunque ciertamente breve: "estatura regular, ojos negros, color bueno, pelo negro".

Con su formación académica bajo el brazo, regresó a Logroño. Sólo una vez había de volver a Madrid, veinte años después, para matricular a su hijo mayor en Farmacia, "proporcionarle una casa de confianza y recomendarlo a los amigos para protegerlo de los peligros de la Corte".

En Logroño, el Dr. Zubía fue nombrado provisionalmente Catedrático de Historia Natural del Instituto de Segunda Enseñanza, precursor del actual Instituto Sagasta. La materia de Historia Natural acababa de ser introducida en los planes de instrucción pública de 1836, y era habitual que la impartieran farmacéuticos porque sólo éstos y los médicos la cursaban en la carrera.

Al tiempo, su antiguo jefe le cedió la farmacia de la Calle Mayor, con lo que comenzó también su dedicación a la profesión libre. Esta farmacia todavía se conserva en pie en el actual número 52 de la Calle Mayor, aunque el edificio de tres plantas ya casi está en ruinas.

A los 25 años, aprobó las oposiciones a Catedrático de Instituto. Este era un puesto muy relevante en aquel entonces, por el importante papel académico, cultural y social que desarrollaban los Institutos de Segunda Enseñanza, especialmente en las ciudades pequeñas sin centros de formación universitaria. Simultaneó la docencia en el Instituto con una mayor formación académica en la Universidad de Valladolid, donde obtuvo el título de Regente de Segunda Clase en Historia Natural.

A los 28 años, y con Mariano Graells, otro famoso naturalista riojano, como miembro del Tribunal de oposición, el Dr. Zubía consiguió la Cátedra de Historia Natural en la Universidad Literaria de Oviedo. En la oposición concursaron ocho personas, y Zubía quedó en segundo lugar. Su estancia en Oviedo apenas duró un mes, y rápidamente volvió a Logroño, al parecer por motivos de salud.
Se reincorporó al Instituto como Catedrático de Historia Natural, y se fue insertando nuevamente en el entramado académico, social y cultural de la capital riojana. Nunca descuidó su propia formación científica. Prueba de ello es que a los 32 años consiguió el grado de Regente de segunda clase de Física y Química, nuevamente por la Universidad de Valladolid, y a los 35 el título de Licenciado en Ciencias Naturales por la Universidad de Zaragoza. A partir de esa época, ocupó simultáneamente las Cátedras de Historia Natural y de Física y Química del Instituto, así como la cátedra de Física en el Seminario Conciliar.

A los 40 años fue nombrado Vicedirector del Instituto, como Catedrático más antiguo, y fue posteriormente Director durante tres años, hasta 1868, cuando los cambios políticos, el derrocamiento de Isabel II y el comienzo del sexenio revolucionario, ocasionaron su cese. En aquel momento, el Instituto contaba con 252 alumnos, para un total de 15.000 habitantes en la ciudad.


Instituto Sagasta. 
Foto: Riojanos en la red

Tras   un   periodo   de   cierta  marginación,  a  partir  de  la restauración borbónica de 1874 el Dr. Zubía retomó su puesto en la vida cultural logroñesa. Así se convirtió en el hombre indispensable para resolver los más variopintos problemas, reclamado por las diversas instituciones locales y provinciales. Ocupó un sinnúmero de cargos: Director del Observatorio Meteorológico; Miembro de las Juntas Provinciales de Agricultura, Estadística, Sanidad e Instrucción Pública; primer Presidente del Ateneo Logroñés; Subdelegado de Farmacia; miembro de la Junta de Beneficencia Provincial, etc. La nueva clase política le concedió la Cruz sencilla de Carlos III y el título de Caballero anejo a ella, así como la Encomienda de Isabel la Católica. Asimismo, fue socio de diversas instituciones científicas, muchas veces requerido por ellas mismas para servir como corresponsal.

Pero tanta y tan febril actividad no le apartó de su centro principal de interés, la docencia en el Instituto y la preparación que recibían sus alumnos. Así, mejoró notablemente el equipamiento de los laboratorios, y trató por todos los medios de conseguir la formación de los alumnos en estudios aplicados sobre agricultura, artes, industria y comercio (lo que hoy llamaríamos Formación Profesional). También estaba atento, por sus intensas lecturas, a todo lo que de novedoso pudiera aplicarse a la agricultura y la industria regional. Verdaderamente pluriempleado, no hay que olvidar que durante todo este tiempo dirigía también su farmacia.

En 1884, con 65 años, comenzó su segundo periodo como Director del Instituto, periodo que duró hasta su muerte, acaecida en 1891 a los 72 años de edad. Esta época final de su vida fueron años de reconocimiento, en los que los articulistas de la prensa farmacéutica se ocuparon de él con extensión y le dedicaron los más laudatorios calificativos.

El entierro fue una impresionante muestra de duelo en la ciudad. En la Memoria del curso correspondiente del Instituto, se habla de "su dulce mansedumbre de ánimo, su modestia natural y sincera, aquella sencillez como de niño, su inteligencia poderosa y una rectitud y caballerosidad sin tacha. Estudió sin cesar, antepuso al brillo de los puestos el silencio de su gabinete, porque en él podía dar libre expansión a sus amores por las ciencias". Sin embargo, tras su muerte, toda su labor pareció desvanecerse, y desde el punto de vista científico no dejó sucesor.

El primer homenaje social que recibió Zubía tras su fallecimiento fue el del Ayuntamiento de Logroño. En 1899, tras deliberaciones que duraron nueve años, el Ayuntamiento le dedicó la Glorieta que todavía hoy lleva su nombre, después de varios intentos fallidos de dedicarle otras calles. Habrían de pasar casi 100 años hasta que, en 1974, el Colegio Oficial de Farmacéuticos de Logroño le rindió un homenaje, entre cuyos actos figuraron la colocación de una placa conmemorativa en el manantial de Riva los Baños, en Torrecilla en Cameros, y el descubrimiento del busto del Doctor que se encuentra hoy en la Glorieta. Y desde 1985, la revista de ciencias del Instituto de Estudios Riojanos lleva el nombre de "Zubía".

En contraposición a estos sobresalientes méritos académicos y profesionales, su vida familiar no resultó tan brillante.

A los 31 años, siendo ya Catedrático en el Instituto, se casó con Juana Dominica Arias Colmenares, natural de Santo Domingo de la Calzada. De este matrimonio nacieron siete hijos, pero ninguno de ellos consiguió sobrevivir al Dr. Zubía. Sólo dos de sus hijos, Máximo y Fulgencio, siguieron una carrera universitaria, puesto que los demás murieron a edades muy tempranas. Pero a la edad de 27 años, murieron también Máximo y Fulgencio, farmacéutico el uno e ingeniero de caminos el otro. Ambos dejaron viudas y Máximo un único hijo, ya que al menos otros dos nietos del Dr. Zubía murieron de niños. Y no acabaron aquí las desgracias, porque un par de años después murió su esposa (1884).


El panteón donde reposan los restos del Dr. Zubía en el cemeterio de Logroño

El Dr. Zubía había sobrevivido pues a su esposa, a todos sus hijos y a todos sus nietos excepto uno, con el que conviviría los últimos siete años de su vida. Su nieto José María fue por tanto el único descendiente directo del Doctor que pudo firmar su esquela en 1891. Todavía se conserva en el Cementerio de Logroño el panteón donde está enterrado junto con su mujer, los dos hijos que he citado y una de sus nueras.

Su nieto José María Zubía tuvo seis hijas y se trasladó con toda su familia a Madrid en 1931. En la actualidad, vive todavía en Madrid una de las hijas de José María, bisnieta por tanto de Ildefonso, de nombre María Teresa Zubía. Esta señora tiene dos hijas y dos nietas, por lo que la saga de los Zubía felizmente continúa.

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Obra Científica

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Esta información ha sido elaborada por: Javier Martínez Abaigar, Encarnación Núñez Olivera y Rafael Tomás Las Heras
 Departamento Agricultura y Alimentación de  la Universidad de La Rioja.