"El pelo de la dehesa"
Autor: Manuel Bretón de los Herreros

Comedia en cinco actos, representada en el Teatro del Príncipe por primera vez el día 13 de febrero de 1840

Personajes:

ELISA
LA MARQUESA
JUANA
DON FRUTOS
DON REMIGIO
DON MIGUEL


La escena es en Madrid, en casa de la Marquesa. El teatro representa una sala con puerta en el foro, que por la derecha del actor conduce a la escalera y a otras habitaciones principales, y por la izquierda a las piezas interiores. Otras dos puertas laterales: la de la derecha es la que corresponde a la habitación destinada a don Frutos; la de la izquierda guía también al interior de la casa.

Acto Primero
Escena primera
 
(Elisa, Juana)

Juana  - ¿Y se ha de casar usted con un rústico labriego? 

Elisa  -  Sí; ya he dado mi palabra. 

Juana -  ¿Lo sabe aquel caballero? 

Elisa -  ¿Quién? 

Juana -  ¿ Quién ha de ser? Aquel que hace dos años y medio que la adora a usted, y bebe por esa cara a los vientos. 

Elisa -  ¡Ah...! Don Miguel. 

Juana ¡Y al nombrarle me pone usted ese gesto! ¿Con que ya no hay esperanza para él? 

Elisa -  Ya ves, acepto la mano de otro... 

Juana -  Es decir, que cual humo se ha deshecho el antiguo amor... 

Elisa -  ¡Amor! Aquello fue un pasatiempo. Me agradaba su figura, su uniforme, su despejo... ¿Qué sé yo? Me complacía en bailar con él y creo que me sonaban mal en su boca los requiebros. Quizá también de la mía se deslizó en un momento de imprudencia alguna frase que halagara sus deseos; mas yo no perdí el color ni el apetito ni el sueño, síntomas averiguados de un cariño verdadero; y él por su parte, a pesar de que hacía mil extremos, nunca llegó seriamente a hablarme de casamiento. 

Juana -  Por pura delicadeza. Ya ve usted, un subalterno... Pero yo sé que esperaba de un día a otro el ascenso a capitán... 

Elisa -  Aún así fuera de atrevimiento, siendo la hija yo de un marqués, que aspirara a ser mi dueño. 

Juana -  Perdone usted. Él es hijo de barón... 

Elisa -  No te lo niego, mas no es segundón siquiera, que cuatro hermanos nacieron antes que él y están casados, y con prole todos ellos. ¡No es nada lo que tendrían que atarearse los médicos para que él llegara a ser lo que su padre y su abuelo! Y aun eso importa poco como él tuviera otro genio; pero es celoso, tronera, suspicaz y pendenciero. ¿Casarme con él? ¡Jesús! Mi casa fuera un infierno. 

Juana -  ¡Ya! Como usted no le quiere, exagera sus defectos, sin echar de ver que nacen del mismo amor... 

Elisa -  ¡Qué! Yo apuesto a que el día en que marchó de aquí con su regimiento, se propuso relevarme, con la primera lugareña a quien pidió alojamiento. 

Juana -  ¿Cómo es posible? Las cartas que escribe cada correo... 

Elisa -  Tres hace ya que no he visto su letra, de donde infiero que ni se acuerda de mí; y, cómo soy, que me alegro, que así excuso revolver la cabeza y el tintero para imaginar disculpas a la boda que proyecto. 

Juana -  ¿Quién sabe si al postillón ha ocurrido algún tropiezo, o si tendrá la desgracia don Miguel de estar enfermo? O tal vez está en camino para Madrid, y de intento no nos ha anunciado el viaje, porque quiere sorprendernos. 

Elisa -  No creas tal; y si viene, ¡bien venido! Le daremos los dulces. 

Juana -  Para él serían acíbar, hiel y veneno. 

Elisa -  Vamos, decididamente le proteges. 

Juana -  Le protejo porque ama a usted, y presumo, hablando con respeto debido, que no merece... 

Elisa -  Yo no he contraído empeños con don Miguel; ni mamá le quería para yerno. 

Juana -  Pero ¡por Dios señorita...! ¿No se muere usted de miedo de pensar en esa boda? Es cosa que no comprendo como decide usted... 

Elisa -  Razones hay para ello. Nuestra casa está arruinada. De su esplendor solariego apenas queda otra cosaque pergaminos y pleitos y deudas. Don Baltasar de Calamocha y Centeno padre que fue de don Frutos, mi novio, y en cuyo pueblo tenemos un caserón ruinoso y cuatro barbechos, hubo de prestar no sé qué cantidad de dinero a mi padre que Dios haya, cuando pasó aquel invierno en Zaragoza. Tres años después de hacer el empréstito reclamó don Baltasar el capital y los réditos. Pidió le plazos mi padre sin esperar obtenerlos, pero se quedó pasmado cuando con rostro halagüeño le dijo don Baltasar: "Señor Marqués, sin apremios ni jueces, ni ejecuciones y, lo que es aun mejor que esto, sin que suelte usted un cuarto, puedo quedar satisfecho- ¿Cómo? -Hablemos con franqueza. No es oro lo que anhelo, que un terremoto no puede levantar el que poseo, sino títulos y honores; no para mí, pobre viejo que al primer aire colado espero quedarme tieso, sino para aquel buen mozo que ha de heredar mis talegos. Ahora bien, si usted no tiene horror al nombre del suegro, deme usted su única hija para mi único heredero, que si no es de ilustre sangre tampoco nació plebeyo. Él será marqués por ella ella por él hará bueno el marquesado; y, por último, el gozo será completo cuando nos llame a los dos papá grande un mismo nieto." Despreocupado mi padre y mi madre... un poco menos, pero aficionada al lujo cual todas las de mi sexo, aceptaron un partido que por motivos diversos a todos estaba bien; volviese ufano y contento don Baltasar a Belchite, pero al mes ya había muerto; mi padre murió también- ¡téngale Dios en el cielo!- Como siguió tan de cerca al tratado casamiento el duelo de ambas familias, no me habló de este proyecto mamá hasta cumpliendo el luto; vencida yo de sus ruegos acepté; también parece que está don Frutos resuelto a cumplir la voluntad de su padre; de un momento a otro llegará a Madrid;se firmarán los conciertos; tú tendrás un buen regalo, yo un marido, y... laus Deo 

Juana -  Todo eso, señora mía, sería bueno y muy bueno si no hubiera entre los novios tantas leguas de por medio.
Usted no ha visto jamás al tal don Frutos. Si es feo... 

Elisa -  No, Juana ; muy al contrario. 

(Sacando y enseñando a Juana  un retrato.) 

Juzga por ese bosquejo. 

Juana -  ¡Hola! ¿Retrato? 

Elisa -  A lo príncipe. Fue recíproco el obsequio. 

Juana -  ¿Hay en Belchite pintores? 

Elisa -  Zaragoza no está lejos.-¿Que tal? 

Juana -  Guapote y rollizo. Tiene cara de Tudesco, mas quizá le han adulado..., y aquí no vemos el cuerpo... 

Elisa -  Sé que tiene buenas formas y talla de granadero. 

Juana -  Pero en el mismo retrato muestra que es zafio y grotesco. Mire usted bien. ¡Santo Dios que levita y que chaleco! 

Elisa -  En Madrid hay buenos sastres, y ya se ha provisto a eso. 

Juana -  Si, como tengo entendido, nunca salió de su pueblo, vendrá tan rudo... 

Elisa -  No importa: nosotras le puliremos. 

Juana -  Taladrará los oídos con aquel maldito acento aragonés. 

Elisa -  Poco a poco lo irá en la Corte perdiendo. 

¿Tan fácil es encontrar un marido sin defectos, si no es fino y elegante, será cariñoso, tierno, sencillo dócil... 

Juana -  (Entre dientes.) O potro cerril que plante al lucero del alba una coz. 

Elisa -  ¿Qué dices? 

Juana -  Nada. 

Elisa -  El timón del gobierno me abandonará gozoso, y eso es lo que yo pretendo. 

Juana -  Dios lo quiera, mas casarse sin amor... 

Elisa -  Amor es ciego, y aunque acierta alguna vez es muy mal casamentero.