San Gregorio Ostiense

En la Edad Media fueron muy frecuentes las pestes. Incluso se habla de la gran peste. Pero en realidad fueron muchas las que hubo. Eran tiempos de cultura teocéntrica, y las pestes se interpretaban como castigo de Dios. Se acudía a los Santos para obtener su protección y hasta se les asignaba la protección de alguna peste especial. Como San Gregorio de Ostia, al que se acudía como abogado contra la langosta. 

  No consta ni la patria, ni los padres, ni su primera educación. Pero muy buena debió de ser, y muchas sus cualidades personales, por los altos cargos a que fue elevado. 

Se sabe que entró muy joven en la Orden de San Benito, en el monasterio de San Cosme y San Damián de Roma, y ya desde su noviciado brilló por su ciencia y su virtud. Todos auguraban que ornaría de gran honor la Orden benedictina. Pronto se verificó el vaticinio, pues los rápidos progresos que hizo le merecieron el concepto de docto y de santo. 

Murió el abad de San Cosme y San Damián, y todos le eligieron como sucesor. En vano se excusó por todos los medios que le sugirió la humildad, pues, convencidos los monjes de las cualidades de que estaba adornado Gregorio, insistieron en la elección hasta conseguirlo. Desempeñó el cargo con tanto celo, prudencia y suavidad que pronto la disciplina monástica brilló en el monasterio, debido a sus sabias exhortaciones, a sus muchas virtudes y a sus edificantes ejemplos. 
Pronto cundió su fama por Roma. El Papa Juan XVIII le pidió una más estrecha colaboración, y lo nombró cardenal y obispo de Ostia, una de las llamadas diócesis suburbicarias de Roma, para las que el Papa designa personas de mucha confianza y consejo. Le encomendó además el cuidado de la biblioteca apostólica, cargo que desempeñó con acierto y sabiduría. 

Cuando así brillaba en Roma San Gregorio, ocurrió en España una terrible plaga de langosta, que asoló totalmente las actuales provincias de Navarra y La Rioja. El Papa lo envió a Navarra como legado suyo y posteriormente pasó a Nájera (La Rioja). Esta ciudad era por entonces la capital del reino de Navarra.
Empezó a darse a conocer plenamente haciendo prodigios entre la gente y librándoles de la plaga de langostas. Gracias a este milagro y a su labor entre la gente sencilla y humilde, se granjeó la amistad y el cariño de los habitantes del reino de Navarra.

La suerte más grande que tuvo Gregorio fue su encuentro providencial con Domingo de la Calzada. Una vez que conoció sus cualidades, no dejó nunca que se separase de él. Le era de gran ayuda en el camino que habían emprendido ambos hacia la santidad. Gregorio le enseñó a Domingo esta senda con su ejemplo. Y gracias a él, Domingo llegó a ser santo con el nombre de Santo Domingo de la Calzada

Los cinco años que habían durado sus grandes trabajos, continuos sacrificios e incesantes fatigas, debilitaron totalmente su salud. Cayó enfermo de gravedad y se retiró a Logroño. Recibió los últimos Sacramentos entre transportes de amor, y con edificación de todos, y fijando los ojos en el cielo, fue a descansar en los brazos del Padre Celestial el 9 de mayo de 1044.

Son célebres las imágenes de San Gregorio Ostiense en Logroño, Calahorra y Murillo de Río Leza; al igual que la ermita de San Gregorio en la Ruavieja de la capital riojana. Pero sobre todo, la grandiosa basílica de San Gregorio Ostiense en la cumbre de Piñalba, término de la villa de Sorlada, (Navarra), donde fue enterrado su cuerpo y desde donde, a lo largo de los siglos, seguirá saliendo en todas direcciones la reliquia de la cabeza, dentro de su efigie de plata, por la que era pasada el agua de San Gregorio para los campos en flor. Tanto que quedaría en el idioma español como un adagio: "Andas más que la cabeza de San Gregorio". 

Ermita de San Gregorio en Logroño

Arqueta relicario de San Gregorio en Sorlada

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