Hartzenbusch (Arturo) Lee y Arriazu

  Murió tranquilo, como un pájaro, trabajando, como siempre, en su jardín invertido, según la apropiada metáfora de su mayor adepto (1). Los árboles y los arbustos floridos, como no, habían crecido y fructificado. Estaban al revés, es cierto, pero sabemos, gracias a la física, que la posición espacial es relativa al observador. Acaso los que se encontraban de cabeza fueran los otros, aquellos que decían que el jardín del viejo Lee estaba patas arriba.

Fue uno de los más grandes pensadores, filósofos, pedagogos, poetas y narradores que dio el Oriente español en el siglo XX. Vivió todo, y le gustaba que le dijeran Arturo. Republicano como era y como supo ser, no le agradaban las resonancias germánicas de su nombre de pila.

Hartzenbusch (Arturo) Lee y Arriazu es, genial como fue, sin embargo, poco conocido para el común de la gente. Sólo quienes han leído su Didáctica (Ediciones de la Universidad Nacional del Nordeste, Corrientes, 1951) o su Estudio sobre la poesía argentina del siglo XIX  (Ed. Del Mayoral, Buenos Aires, 1976) conocen realmente la obra de este extraordinario autor.
Hartzenbusch Lee publicó, además de las obras mencionadas, las siguientes: Trazas de la centella (novela, Petrel, Buenos Aires, 1988), Brindis por un sevillano (poesía, Petrel, Buenos Aires, 1975) y Doria (poesía, Planeta, Buenos Aires, 1973). Tuvo un moderado éxito, además, con su ensayo Weggener, America and the introspective sight (The Globe Publications, Ontario, 1990). (2)

Hartzenbusch Lee nació en Berceo, La Rioja, el 28 de noviembre de 1919 y murió en Buenos Aires el 7 de abril de 1994.
El abuelo de Hartzenbusch, A.C. Grant, maestro de escuela, luchó entre 1871 y 1879 en las filas de los Texas Rangers a las órdenes de los legendarios capitanes Leander H. McNelly y John Wesley Hardin: la Guerra de Secesión lo había visto batirse bajo la bandera confederada en Vicksburg y Port Gibson. Aún es visible una fotografía suya en un afiche de la Compañía “B” de los remodelados Rangers, posiblemente tomada en 1901.

Isaac Lee, el padre de nuestro autor, nació en Knoxville, Tennesse en 1889 y murió en Santillana en 1923. Joven de 21 años emigra a España, siguiendo a una navarra mucho menor que él, de quien se había enamorado en Estados Unidos, a la cual asediará incansablemente hasta conseguir casarse con ella dos años después. El nombre de la bella era Mariana Josefa Arriazu y Toledo, y había nacido en Ablitas en 1900. Mariana murió en Madrid el 7 de enero de 1974.

Amante de la poesía española, y habiéndose imbuido de un verdadero amor por su patria adoptiva, Isaac Lee bautiza a su tercer hijo con el apellido de su dramaturgo y poeta favorito: Juan Eugenio Hartzenbusch, romántico autor de Los Amantes de Teruel
Viene al mundo, entonces, Hartzenbusch Lee y Arriazu, poco después de terminada la Gran Guerra.

A sus 20 años escasos lo sorprende la Guerra Civil, y, alineado con las ideas republicanas, es reclutado para la XIª Brigada, como ciudadano español pero con funciones de enlace con los extranjeros (ingleses, británicos y canadienses) de las Brigadas Abraham Lincoln, George Washington, Macpaps y LVIIª Inglesa. Con su unidad luchó en Madrid, Boadilla, en la carretera Chinchón-Madrid como parte de la campaña de Jarama, en la Batalla de Guadalajara, en Brunete, Aragón y Teruel.

En 1941, ante el temor de un nuevo conflicto que involucre a España y harto ya de la muerte y el combate, Arturo decide emigrar a la Argentina y se establece en Buenos Aires, donde da comienzo a una carrera fructífera como escritor y docente, aunque pobremente conocida.

En España había escrito, se dice, dos extraordinarios poemarios, que desgraciadamente permanecen aún inéditos. Llegado a la Argentina, pasa en 1946 al Litoral, donde, por fin, entre 1949 y 1950 da forma a la que sería su obra más importante: Didáctica. Este trabajo versa, en rigor, sobre estrategias y técnicas pedagógicas orientadas a allanar, primero, la reticencia del estudiante ante el flujo de conocimientos que le propone el educador; segundo, a permitir el intercambio de saber de manera insensible para el niño, haciendo que suponga que las conclusiones a que se llega son producto de su propio intelecto y no del sistema educativo que lo alberga. Los descubrimientos de Lee en este aspecto han sido injustamente olvidados luego de la Revolución del ’55, y sólo recientemente han comenzado a tomar estado público nuevamente. Un interesante trabajo sobre la didáctica de Lee ha sido elaborado por Eva M. Samuel (3)

La poesía publicada de Arturo se reduce a dos poemarios: uno, Doria, editado en Buenos Aires. En la línea de Raúl Gustavo Aguirre y los “invencionistas-surrealistas” rosarinos, el libro de Lee nos han dejado algunos versos patéticos y memorables: 

Haber estado, haber acompañado
cuando era niño y traía
al pie del árbol de piedras preciosas
del sueño que sólo pertenece a los hombres
la voz gimoteante del perro perdido
la cejas vacías la voz del insomnio
las únicas cosas que uno nunca hizo.

Juan Carlos Martini Real habla de la “vehemencia creadora” que se hace evidente en la poesía de Hartzenbusch Lee: “La poesía de Arturo Lee está alentada por una generosidad verbal a veces desenfrenada, a veces ávida de fructuosas imágenes. A través de la revista Poesía Buenos Aires –el más severo órgano de difusión poética de los años 50-, se ha esforzado por tocar distintas temáticas y formas, mostrando un gran dominio de los elementos y de las normas del quehacer poético. (4)

Su segundo libro de poesía, Brindis por un sevillano, de temática mucho menos lírica y cercana, acaso, a la poesía combativa de Raúl Alberto Pascual, Gianni Siccardi y Armando Tejada Gómez, gira en forma evidente sobre las experiencias del autor en la Guerra Civil, recordando en el poema más largo del volumen a George Fletcher, el “sevillano” del título, camarada de armas de Lee en la Brigada y muerto sin abandonar su puesto de ametralladorista durante la Ofensiva del Ebro:

Y vinieron de abajo
y vinieron de Franco
y sentimos el miedo
y juramos matarnos
si el Ebro caía
si el río cruzaban
venciendo a Taguena
tomando y torciendo
Fayón-Mequinenza.
Cuatro-cinco-uno 
(5)
llamaban el monte
y tu Zulemita 
(6)
ladró sobre el fuerte
y tu sangre joven
corrió por tu frente,
socialista riego
grandiosa simiente
fecundo heroísmo
de mi hermano ausente.

Quedan allí el ensayo sobre la geología americana y la novela Trazas de la centella. Quedan sus trabajos inéditos y sus obras magnánimas, ignoradas. Queda la injusticia con que juzgaron su vida y su obra por ser socialista, pero, después de todo, quedamos también algunas voces que seguiremos cantando con las melodías que Hartzenbusch Lee plasmó en sus libros como sobre papel pautado.

Que no haya publicado más es nuestra condena. Que sus libros inéditos existan aún, nuestra esperanza.
Los niños que aprendieron con sus métodos: sus otros, muchos, innumerables hijos.

Bibliografía completa

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Notas al pie


Datos facilitados por: Claudio Funes