" Relato sin sorpresas"
Autor: Norberto Olaizola


¿Cómo hará, este hombre, para sorprenderme?, se preguntará usted.
Yo también me lo pregunto. Desde que tengo esta historia entre las manos - una historia verdadera, aunque eso no sea demasiado importante -, me pregunto lo mismo. En realidad, mis preguntas son distintas. Vamos paso por paso. Hace más de tres meses que dudo sobre cómo contar esta historia. Es cierto que la manera más cómoda - no sé si el término es el más adecuado - sería arribar al sorpresivo final y allí... Pero, lo justo sería preguntarse, ¿fue tan sorpresivo el final?. Lilita dice que era previsible un desenlace de estas características. Era previsible para todos. Yo no me animo a confesarle que, cuando recibí la noticia, creí que me estaban tomando el pelo.

Que Clara asesinara a Alfredo - y, peor, de la forma en que lo hizo - no era previsible para mí. Sabía que se llevaban como perro y gato pero de allí a... La sorpresa parecía imponerse, después de todo. Pero - siempre hay un pero - tenía otras opciones. Al principio ni las consideré y empecé a borronear páginas y más páginas pero, a medida que avanzaba - como suelo avanzar, medio atolondradamente - la duda comenzó a detenerme - como también suele detenerme, lenta pero inexorable - y puse todo en remojo a la espera de desentumecer la angustia mediante la reflexión.

Me paré en seco, allí, con unas cuantas páginas muy lindas pero nada más, y no pude avanzar por un par largo de meses. Entonces recordé la anécdota de Ravel. Cuando Ravel componía Daphnis et Cloe, por encargo de Diaghilev, éste último lo atosigaba a cartas y más cartas - otros tiempos, revitalizados, ahora, por el correo electrónico -, presa de la más cerrada de las impaciencias. Ravel, hastiado de la presión, le contestó con una breve misiva: "¿Lo quiere ahora o lo quiere bueno?". Pues bien, yo, ¿lo quería rápido o lo quería bueno?

Pensé que los cuentos con final sorpresivo pululan hasta colmar el Universo. Luego, más reflexivo, me dije que, a partir de Joyce, los relatos enigmáticos, abiertos, donde lo que pasa está más afuera que adentro, también abundan. Algo parecido a Hemingway y su teoría del iceberg. Podría tomar el modelo de Truman Capote y narrar los hechos lisa y llanamente, como en "A sangre fría", dejando que el horror se contrapusiese a lo impersonal de la narración. Tantas opciones. Y ninguna me parecía exactamente apropiada. Debería hacer un mix de todas, un poco de cada cosa. Y eludir el final sorpresivo. Sí, eludirlo.

El caso es que Clara asesinó a Alfredo, a las dos de la tarde - según confesó a la policía -, mientras Alfredo tomaba unos mates, en la galería, con Fido, el gran danés, echado a un costado, mediante el sencillo expediente de clavarle una hipodérmica vacía. Probablemente Alfredo estuviera dormido.
Pero, lo peor, es que también liquidó al perro. De la misma manera. ¿Por qué? - Yo no entiendo - me decía Lilita -. Fido era el mimado de Clara. Es más, a veces se peleaba con Alfredo por el perro. ¿Por qué lo sacrificó así?

Que discutiéramos por el perro cuando un pobre tipo - que jamás mató ni una mosca - estaba cuatro metros bajo tierra, me parecía el colmo. Pero, para mi esposa, por allí andaría la clave.

Alfredo y Clara llegaron al tálamo nupcial - cómo solía bromear Lilita - cuando ambos habían pasado los cuarenta. Alfredo era separado, sin hijos, con un buen pasar, bastante indolente - o fantasioso, o egoísta, o pusilánime, según quien lo viera - y con una sola y única manía: cocinar.

Libros y libros de cocina, cacharros de todo y para todo - hasta cosas insólitas, como un juego de tenedores con manivela - ¡se los juro! - para enrollar los fideos -, especies en innumerables frasquitos, huerta con las más variadas verduras, en fin, todo lo que pudiera servir para la cocina. Un horno de panadería, en el fondo de la casita, en Villa Ballester, una larga y complicada parrilla, que sé yo, cuantas cosas pudieran existir para hacer un plato sabroso. Bueno, este era el asunto: los platos no le salían sabrosos.

Sabía todo lo que era necesario pero sus comidas - algunas complicadísimas, horas y más horas de elaboración - no tenían gusto a nada. Pero él insistía.
- ¿Qué estás cocinando, hoy? - podía preguntar cualquiera.
- Conejo en salsa de albaricoque - decía Alfredo, ensimismado entre sus sartenes.
- De duraznos - resoplaba Clara, con bastante cansancio.
Alfredo no podía sustraerse a la letra del manual que leía. Decía chuletas, o solomillo, con total impavidez. Era tan necio el pobre. Pero buen tipo, no molestaba a nadie. Eso creíamos.

Clara llevaba, encima de los hombros, la carga infernal de la madre, Doña Ester. Un personaje diabólico, créanme. Esta mujer, mientras vivió, fue una verdadera apisonadora para la pobre Clara. ¿Cómo se imaginan que podría haber formado una familia con semejante lastre a babuchas?
Doña Ester era un sargento de caballería, por la mañana, y una inválida desfalleciente y manejadora por las noches. Pobre Clara.

Cuando Doña Ester se murió - un asco esa muerte, algo macabro, realmente - Clara, luego del mes de luto - o de descanso - decidió recuperar el tiempo perdido y, de buenas a primeras, se casó con Alfredo. Creo - todos creemos - que fue una decisión apresurada. Ella se sentía liberada, con todo el mundo por delante, y vino a casarse con este maniático indolente.

Se fueron de luna de miel a Florianópolis -una verdadera rutina de porteño - y esa fue la máxima liberación para Clara. Cuando volvieron cayó en la monotonía más terca y triste que alguien pudiera imaginarse.
- Yo quería otra cosa - solía decir.
¿Lo mató para no aburrirse?, solíamos bromear, con Lilita y Don Pancho, mi suegro, un hombre de esos que hay pocos, jodón como el que más pero de fierro a la hora de los problemas.
- Una mujer aburrida es más peligrosa de lo que ustedes creen - me decía, mientras despulgaba al cachorro Balín, en el fondo, bajo el parral, mate en mano - una cosa insólita, esto del mate y las pulgas -. Yo siempre lo supe y a la pobre Amalia la llevaba de sobresalto en sobresalto.
- No hay nada más peligroso que un marido tratando de entretener a su mujer - bromeaba Lilita, con cierto dejo de ironía sobre nosotros.
- El asunto del perro, de Fido, es lo que no alcanzo a entender.
- Mirá, Germán - decía Don Pancho, creo que en serio -, quizás ese haya sido un arrebato de furia, de locura, o algo así. Quizás se quería matar ella también y no se animó. ¿Quién puede saber qué cosas pasan por la mente de una mujer?
Cuando Clara se entregó a la polícía sus únicas palabras fueron:
- No se lo merecía. No estoy loca. No pienso decir nada más.
Ni siquiera quiso hablar con su propio abogado - el doctor Farías, un viejo amigo de la desconcertada familia - ni recibió visitas de ninguna naturaleza.
Desde hace dos años está encerrada y, poco a poco, todos se fueron resignando a su particular locura. ¿Locura?
- Clara está tan loca como podría estarlo yo - decía Lilita.
- Germán, es mejor que andes con cuidado - me susurraba Don Pancho.
- ¡Papá! ¡No lo asustes, por favor! Quiero decir que Clara no está loca.
- Un par de tornillos flojos debe tener - aventuré, tímidamente, para no enojar a mi esposa.
- ¿Y tu imaginación? - me retó, indignada.
- Puedo imaginar muchas cosas, pero de allí a que sea verdad...
- No importa - pontificó Lilita -. Al no haber historia oficial, la tuya será la que más se aproxime.
- No se pueden dejar hechos sin explicaciones - bromeó Don Pancho.
Justo él me lo viene a decir, con su vida llena de pequeños misterios. No por nada lo llamamos Wakefield, de tarde en tarde.
Hablando de Wakefield, ¿no sería Clara algo parecido, sólo que más macabro?
- ¿Te acordás de aquella discusión, en Navidad del 97, en la isla del Tigre?
- ¿Cómo olvidarse? - me dice Lilita, verdadero compendio de las grescas ajenas -. La verdad, mi amor, es que Alfredo era insoportable. No tanto como para matarlo pero sí para mandarlo a pasear. Lo que hizo con el pobre dorado no tiene nombre.
Alfredo aplicó una de sus famosas recetas y aquella noche, bajo la mirada mustia de Clara, comimos una especie de compota de pescado tan aguachenta y desabrida que, visto desde otra perspectiva, resultaba un verdadero despliegue de talento, pero al revés. Creo que sólo Alfredo podía conseguir eso. Para colmo, cuando, a duras penas, terminamos, el hombre preguntó:
- ¿Y? ¿Qué tal?
- ¡Como la mismísima mierda! - explotó Clara, llorando.
No sé que hicimos, con Lilita, para contener la risa. Pobre Clara.
- No es eso - traté de recordar -. Clara dijo algo más. Hacé memoria.
Muy divertido ver la cara de Lilita "haciendo memoria".
- Ya sé - se despertó -: dijo, textualmente: "Yo tengo la culpa".
- Eso. ¿Qué habrá querido decir?
Después de largas cavilaciones llegamos a la conclusión que la frase venía a resumir algo latente y no referido al almuerzo en sí mismo. Me quedé con ese pequeño sonsonete como hilo para el relato. Sé que escribí sin pausa, casi afiebrado. Lilita, de tanto en tanto, me decía:
- ¿Vas a mandar el relato a concurso?
- Dejame. Dejame que me pierdo.

Terminé el relato y lo mandé - casi con resignación - a un concurso con el que tenía un asunto personal y al que estaba empeñado en ganarle. A obstinado no me iban a ganar. Eché el sobre en el buzón y me olvidé - hice que me olvidada, en realidad - ocupado en otras cosas.

Gané el concurso. Créanlo o no, lo gané. Ni yo lo podía creer. Y no pensaba en el dinero. Pensaba, a decir verdad, en que el infortunio - o la locura - de Clara y el destino manso y triste de Alfredo me habían ayudado a entornar la puerta largamente anhelada - y odiada, que todo debe decirse -.Me publicaron el libro -junté una colección de relatos entre las docenas acumuladas en prolijas carpetas de cartón celeste que se aburrían en la biblioteca - y conocí un sostenido éxito, tanto mayor en la medida en que ya casi no creía en él. Hasta tuvo una traducción y un par de revistas importantes mandaron un par de cronistas - de ésos, tipo todo por dos pesos - hasta mi casa, con cámara y todo, para preguntar estupideces.

Pasó el tiempo, mucho tiempo, y nuestra vida, a partir de mi éxito - me cuesta hasta escribirlo - cambió bastante, si no en el fondo, por lo menos en la forma. Lilita no se cansaba de cambiar los afiches de los libros que se sucedieron sin pausa, en mi estudio, al que adocené con cierto estilo, especialmente por el lado de las bibliotecas -"hay que poner los libros buenos adelante y toda esa mamarrachada de saldos que sólo sirven para alimentar a las polillas, detrás", canturreaba mi mujer, ocultando a Max Weber, a Kafka o a Unamuno sin ningún empacho por el mero hecho de estar en rústica y poniendo atrocidades heredadas, como un librito de un doctor Salgado o El médico de los tiranos, cuya única virtud era la encuadernación -, cambié la computadora y el escritorio y hasta armamos un modesto jardín de invierno, en el fondo, nada más que para sacarnos fotos - lo digo sin vergüenza, ya que nunca se usó para otra cosa - que luego admirábamos con una gran dosis de infantilismo en las solapas de las nuevas ediciones. Lilita se había convertido en una especie de iracunda y amateur agente de márketing y me atosigaba la cabeza con el aspecto, el tipo de lentes que usaba y hasta el color de la ropa. Con todas estas cosas inofensivas se nos pasaba el tiempo.

También pasó el tiempo para Clara. A los doce años, por buena conducta -"al parecer no mató a nadie más", bromeaba Don Pancho, achacoso pero siempre listo a la hora de largar ironías - salió del penal y volvió al barrio, a la casa y al desprecio de los vecinos. No le importó demasiado, por lo que dicen. Pero, también llamó a casa. Y Lilita fue a visitarla. Yo no pude ir porque estaba convaleciente de mi operación de vesícula - convaleciente y contento porque el médico me había asegurado que podría "comer baldosas" - y, para el caso, no estaba muy seguro de querer verla. Cuando Lilita volvió se desarrolló la siguiente charla:
- ¿Y? ¿Cómo está?
Gesto de perplejidad de Lilita.
- Bien. Bah, no sé qué decir. Si tengo que decir la verdad está bárbara. De buen aspecto. Muy...
- ¿Muy?
- Muy serena. Muy consustanciada consigo misma. Muy tranquila.
- No entiendo.
- Yo tampoco.
Gesto de contrariedad en Lilita. Eso sucede. Habitualmente, cuando tiene que decirme algo que quizás no me agrade.
- Le llevé tu libro.
- ¡¿Mi libro?! ¿Con el relato...?
- Sí.
- ¿Cómo hiciste eso?
Lilita defendiendo la teoría de que la mejor defensa es un buen ataque.
- ¿Qué tiene de malo? ¿Eh? ¿Acaso no usaste su historia para ganar un premio?
- Bueno. ¿Y qué es eso de la serenidad?
- Nada. Sólo eso. Que estaba muy serena, muy sobria. No sé como expicarlo. Dijo que leería el relato.
- ¿Le dijiste...?
- ¿Y qué? Cuando lo leyera sabría que es sobre ella, ¿o no?

Medité bastante acerca de esto. Ponía en una balanza las cosas positivas y las negativas. Tenía cierto temor a la reacción de Clara. Aunque ella debería entender qe esto es sólo ficción. Que su historia fue un disparador y nada más.

No quería reconocerlo pero, lo que en realidad me preocupaba era la veracidad de la historia. Cuando uno se imagina algo y ese algo adquiere la corporeidad que este relato significó en nuestras vidas termina creyendo que esa es la verdad revelada. Que Clara, como no podría ser otra manera, deshiciera esa verdad me provocaba una turbación bastante importante. Lilita, que me conoce como si me hubiera parido, me dijo:
- Bueno, después de todo es un relato, nada más. No pretende ser la verdad. Una cosa es la vida y otra es la literatura, mi amor. No te hagas tantos problemas.

Pasó una semana, como un calvario, durante la cual no teníamos noticias de Clara. Pero, eso no podía durar, pensaba yo. Dicho y hecho, un martes avisó que pasaría a tomar el té. Me corría un frío por el cuerpo. - Al mal trago hay que apurarlo rápido - pontificaba Lilita.

Clara llegó, puntualmente, con una coqueta bolsita de panadería. Yo la esperaba, aún débil, en el silloncito ubicado junto al ventanal. Saludó a Lilita con bastante afecto - no sé porqué me pareció exagerado - y me dirigió una mirada tierna y comprensiva. Estaba cambiada. Y mucho. No sólo por el paso de los años, aunque, a decir verdad, no se le notaba demasiado. Quizás, visto desde mi particular manera, estaba bastante hermosa. Había, en los ojos, un brillo diáfano, alejado de cualquier pulsión erótica, pero sumamente atractivo. Tenía un aire magnánimo, algo así como el que ostentan los negros cuando envejecen. ¿Sería el aire de una ex convicta?, me pregunté, mientras Lilita servía el té. Clara no se anduvo con rodeos.
- Leí tu libro - me dijo, sin percatarse de mi actitud defensiva -. Me gustó mucho. Estás escribiendo muy bien, muy sensible. Te felicito.
No dijo nada más, por el momento. Quedamos en un embarazoso silencio.
- ¿Cómo te trató el...? - no sabía de qué manera aludir a la cárcel.
- Bien. Pero no quiero hablar de eso - me dijo, suavemente.
Lilita me miraba de reojo. Clara depositó la taza vacía sobre la mesita y dijo todo lo que sigue. Prefiero transcribirlo sin interrupciones y sin comentar nada:
- Respecto a lo de Alfredo, entiendo que tus ideas o percepciones pueden ser correctas. Eso es lo que los demás veían y están en su derecho. Pero, las cosas no fueron así. Nunca hablé de este tema y esta será una excepción. No me importa si lo divulgan o no. Tampoco quiero hacer un gran discurso, sino simplemente explicar los hechos. Yo quería mucho a Alfredo. Pero, para cuando tomé esa decisión - la segunda, en realidad - sabía perfectamente que uno de los dos partiría. El día aquel, traté de suicidarme, con la jeringa, casi siete veces. Pero, algo me detenía. No era miedo. Eso... ni contaba. Yo estaba vacía, muy vacía. Muy triste. Yo era injusta con Alfredo. No, no quiero decir así tan, tan preciso. Yo amaba la pasión de Alfredo. Alfredo tenía una pasión, independiente de los resultados. Yo, no tenía ninguna. Yo disfrutaba con la pasión de Alfredo, a solas. Pero, me molestaba que los demás no entendieran lo que yo sí veía. Para los demás era una manía y una impericia astronómica. Para mí, era la vida. Pero, aunque lo intenté, nunca pude lograr una pasión como la de él. Decidí matarme. Pero, si hacía eso, ¿qué sería de Alfredo? ¿Ustedes saben lo dependiente que era de mi cariño? ¿Lo mucho que me quería? Si yo me hubiera clavado la aguja lo habría destruído. Por eso lo maté. Porque la situación no tenía salida. Yo era culpable, él inocente. Y por eso maté a Fido. Para empezar, allí mismo, a purgar mi condena. En la prisión aprendí que yo soy una de esas personas, raras, quizás, que pueden vivir sin una pasión. Allí, entre toda esa miseria, lo entendí. Ahora soy feliz. No me arrepiento de lo que hice. Alfredo, en el fondo de su corazón, creía que no terminamos al morirnos. Eso me sirve de consuelo. No tengo otra cosa que decir. Quería que lo supieras. Ahora, me voy. No nos veremos más. Pero no duden de mí. Los quiero mucho.

No tenía nada que decir y Lilita menos. Clara se levantó, la acompañamos hasta la puerta y, cuando ya estaba saliendo, con una extraña sonrisa se volvió y dijo lo último que yo pensaba escuchar y lo último que escucharía de ella.
- Lo que en realidad extraño, son las comidas de Alfredo.