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¿Cómo hará, este hombre, para sorprenderme?, se
preguntará usted.
Yo también me lo pregunto. Desde que tengo esta historia entre
las manos - una historia verdadera, aunque eso no sea demasiado importante
-, me pregunto lo mismo. En realidad, mis preguntas son distintas. Vamos
paso por paso. Hace más de tres meses que dudo sobre cómo
contar esta historia. Es cierto que la manera más cómoda
- no sé si el término es el más adecuado - sería
arribar al sorpresivo final y allí... Pero, lo justo sería
preguntarse, ¿fue tan sorpresivo el final?. Lilita dice que era
previsible un desenlace de estas características. Era previsible
para todos. Yo no me animo a confesarle que, cuando recibí la
noticia, creí que me estaban tomando el pelo.
Que Clara asesinara a Alfredo - y, peor, de la forma en que lo hizo
- no era previsible para mí. Sabía que se llevaban como
perro y gato pero de allí a... La sorpresa parecía imponerse,
después de todo. Pero - siempre hay un pero - tenía otras
opciones. Al principio ni las consideré y empecé a borronear
páginas y más páginas pero, a medida que avanzaba
- como suelo avanzar, medio atolondradamente - la duda comenzó
a detenerme - como también suele detenerme, lenta pero inexorable
- y puse todo en remojo a la espera de desentumecer la angustia mediante
la reflexión.
Me paré en seco, allí, con unas cuantas páginas
muy lindas pero nada más, y no pude avanzar por un par largo
de meses. Entonces recordé la anécdota de Ravel. Cuando
Ravel componía Daphnis et Cloe, por encargo de Diaghilev, éste
último lo atosigaba a cartas y más cartas - otros tiempos,
revitalizados, ahora, por el correo electrónico -, presa de la
más cerrada de las impaciencias. Ravel, hastiado de la presión,
le contestó con una breve misiva: "¿Lo quiere ahora
o lo quiere bueno?". Pues bien, yo, ¿lo quería rápido
o lo quería bueno?
Pensé que los cuentos con final sorpresivo pululan hasta colmar
el Universo. Luego, más reflexivo, me dije que, a partir de Joyce,
los relatos enigmáticos, abiertos, donde lo que pasa está
más afuera que adentro, también abundan. Algo parecido
a Hemingway y su teoría del iceberg. Podría tomar el modelo
de Truman Capote y narrar los hechos lisa y llanamente, como en "A
sangre fría", dejando que el horror se contrapusiese a lo
impersonal de la narración. Tantas opciones. Y ninguna me parecía
exactamente apropiada. Debería hacer un mix de todas, un poco
de cada cosa. Y eludir el final sorpresivo. Sí, eludirlo.
El caso es que Clara asesinó a Alfredo, a las dos de la tarde
- según confesó a la policía -, mientras Alfredo
tomaba unos mates, en la galería, con Fido, el gran danés,
echado a un costado, mediante el sencillo expediente de clavarle una
hipodérmica vacía. Probablemente Alfredo estuviera dormido.
Pero, lo peor, es que también liquidó al perro. De la
misma manera. ¿Por qué? - Yo no entiendo - me decía
Lilita -. Fido era el mimado de Clara. Es más, a veces se peleaba
con Alfredo por el perro. ¿Por qué lo sacrificó
así?
Que discutiéramos por el perro cuando un pobre tipo - que jamás
mató ni una mosca - estaba cuatro metros bajo tierra, me parecía
el colmo. Pero, para mi esposa, por allí andaría la clave.
Alfredo y Clara llegaron al tálamo nupcial - cómo solía
bromear Lilita - cuando ambos habían pasado los cuarenta. Alfredo
era separado, sin hijos, con un buen pasar, bastante indolente - o fantasioso,
o egoísta, o pusilánime, según quien lo viera -
y con una sola y única manía: cocinar.
Libros y libros de cocina, cacharros de todo y para todo - hasta cosas
insólitas, como un juego de tenedores con manivela - ¡se
los juro! - para enrollar los fideos -, especies en innumerables frasquitos,
huerta con las más variadas verduras, en fin, todo lo que pudiera
servir para la cocina. Un horno de panadería, en el fondo de
la casita, en Villa Ballester, una larga y complicada parrilla, que
sé yo, cuantas cosas pudieran existir para hacer un plato sabroso.
Bueno, este era el asunto: los platos no le salían sabrosos.
Sabía todo lo que era necesario pero sus comidas - algunas complicadísimas,
horas y más horas de elaboración - no tenían gusto
a nada. Pero él insistía.
- ¿Qué estás cocinando, hoy? - podía preguntar
cualquiera.
- Conejo en salsa de albaricoque - decía Alfredo, ensimismado
entre sus sartenes.
- De duraznos - resoplaba Clara, con bastante cansancio.
Alfredo no podía sustraerse a la letra del manual que leía.
Decía chuletas, o solomillo, con total impavidez. Era tan necio
el pobre. Pero buen tipo, no molestaba a nadie. Eso creíamos.
Clara llevaba, encima de los hombros, la carga infernal de la madre,
Doña Ester. Un personaje diabólico, créanme. Esta
mujer, mientras vivió, fue una verdadera apisonadora para la
pobre Clara. ¿Cómo se imaginan que podría haber
formado una familia con semejante lastre a babuchas?
Doña Ester era un sargento de caballería, por la mañana,
y una inválida desfalleciente y manejadora por las noches. Pobre
Clara.
Cuando Doña Ester se murió - un asco esa muerte, algo
macabro, realmente - Clara, luego del mes de luto - o de descanso -
decidió recuperar el tiempo perdido y, de buenas a primeras,
se casó con Alfredo. Creo - todos creemos - que fue una decisión
apresurada. Ella se sentía liberada, con todo el mundo por delante,
y vino a casarse con este maniático indolente.
Se fueron de luna de miel a Florianópolis -una verdadera rutina
de porteño - y esa fue la máxima liberación para
Clara. Cuando volvieron cayó en la monotonía más
terca y triste que alguien pudiera imaginarse.
- Yo quería otra cosa - solía decir.
¿Lo mató para no aburrirse?, solíamos bromear,
con Lilita y Don Pancho, mi suegro, un hombre de esos que hay pocos,
jodón como el que más pero de fierro a la hora de los
problemas.
- Una mujer aburrida es más peligrosa de lo que ustedes creen
- me decía, mientras despulgaba al cachorro Balín, en
el fondo, bajo el parral, mate en mano - una cosa insólita, esto
del mate y las pulgas -. Yo siempre lo supe y a la pobre Amalia la llevaba
de sobresalto en sobresalto.
- No hay nada más peligroso que un marido tratando de entretener
a su mujer - bromeaba Lilita, con cierto dejo de ironía sobre
nosotros.
- El asunto del perro, de Fido, es lo que no alcanzo a entender.
- Mirá, Germán - decía Don Pancho, creo que en
serio -, quizás ese haya sido un arrebato de furia, de locura,
o algo así. Quizás se quería matar ella también
y no se animó. ¿Quién puede saber qué cosas
pasan por la mente de una mujer?
Cuando Clara se entregó a la polícía sus únicas
palabras fueron:
- No se lo merecía. No estoy loca. No pienso decir nada más.
Ni siquiera quiso hablar con su propio abogado - el doctor Farías,
un viejo amigo de la desconcertada familia - ni recibió visitas
de ninguna naturaleza.
Desde hace dos años está encerrada y, poco a poco, todos
se fueron resignando a su particular locura. ¿Locura?
- Clara está tan loca como podría estarlo yo - decía
Lilita.
- Germán, es mejor que andes con cuidado - me susurraba Don Pancho.
- ¡Papá! ¡No lo asustes, por favor! Quiero decir
que Clara no está loca.
- Un par de tornillos flojos debe tener - aventuré, tímidamente,
para no enojar a mi esposa.
- ¿Y tu imaginación? - me retó, indignada.
- Puedo imaginar muchas cosas, pero de allí a que sea verdad...
- No importa - pontificó Lilita -. Al no haber historia oficial,
la tuya será la que más se aproxime.
- No se pueden dejar hechos sin explicaciones - bromeó Don Pancho.
Justo él me lo viene a decir, con su vida llena de pequeños
misterios. No por nada lo llamamos Wakefield, de tarde en tarde.
Hablando de Wakefield, ¿no sería Clara algo parecido,
sólo que más macabro?
- ¿Te acordás de aquella discusión, en Navidad
del 97, en la isla del Tigre?
- ¿Cómo olvidarse? - me dice Lilita, verdadero compendio
de las grescas ajenas -. La verdad, mi amor, es que Alfredo era insoportable.
No tanto como para matarlo pero sí para mandarlo a pasear. Lo
que hizo con el pobre dorado no tiene nombre.
Alfredo aplicó una de sus famosas recetas y aquella noche, bajo
la mirada mustia de Clara, comimos una especie de compota de pescado
tan aguachenta y desabrida que, visto desde otra perspectiva, resultaba
un verdadero despliegue de talento, pero al revés. Creo que sólo
Alfredo podía conseguir eso. Para colmo, cuando, a duras penas,
terminamos, el hombre preguntó:
- ¿Y? ¿Qué tal?
- ¡Como la mismísima mierda! - explotó Clara, llorando.
No sé que hicimos, con Lilita, para contener la risa. Pobre Clara.
- No es eso - traté de recordar -. Clara dijo algo más.
Hacé memoria.
Muy divertido ver la cara de Lilita "haciendo memoria".
- Ya sé - se despertó -: dijo, textualmente: "Yo
tengo la culpa".
- Eso. ¿Qué habrá querido decir?
Después de largas cavilaciones llegamos a la conclusión
que la frase venía a resumir algo latente y no referido al almuerzo
en sí mismo. Me quedé con ese pequeño sonsonete
como hilo para el relato. Sé que escribí sin pausa, casi
afiebrado. Lilita, de tanto en tanto, me decía:
- ¿Vas a mandar el relato a concurso?
- Dejame. Dejame que me pierdo.
Terminé el relato y lo mandé - casi con resignación
- a un concurso con el que tenía un asunto personal y al que
estaba empeñado en ganarle. A obstinado no me iban a ganar. Eché
el sobre en el buzón y me olvidé - hice que me olvidada,
en realidad - ocupado en otras cosas.
Gané el concurso. Créanlo o no, lo gané. Ni yo
lo podía creer. Y no pensaba en el dinero. Pensaba, a decir verdad,
en que el infortunio - o la locura - de Clara y el destino manso y triste
de Alfredo me habían ayudado a entornar la puerta largamente
anhelada - y odiada, que todo debe decirse -.Me publicaron el libro
-junté una colección de relatos entre las docenas acumuladas
en prolijas carpetas de cartón celeste que se aburrían
en la biblioteca - y conocí un sostenido éxito, tanto
mayor en la medida en que ya casi no creía en él. Hasta
tuvo una traducción y un par de revistas importantes mandaron
un par de cronistas - de ésos, tipo todo por dos pesos - hasta
mi casa, con cámara y todo, para preguntar estupideces.
Pasó el tiempo, mucho tiempo, y nuestra vida, a partir de mi
éxito - me cuesta hasta escribirlo - cambió bastante,
si no en el fondo, por lo menos en la forma. Lilita no se cansaba de
cambiar los afiches de los libros que se sucedieron sin pausa, en mi
estudio, al que adocené con cierto estilo, especialmente por
el lado de las bibliotecas -"hay que poner los libros buenos adelante
y toda esa mamarrachada de saldos que sólo sirven para alimentar
a las polillas, detrás", canturreaba mi mujer, ocultando
a Max Weber, a Kafka o a Unamuno sin ningún empacho por el mero
hecho de estar en rústica y poniendo atrocidades heredadas, como
un librito de un doctor Salgado o El médico de los tiranos, cuya
única virtud era la encuadernación -, cambié la
computadora y el escritorio y hasta armamos un modesto jardín
de invierno, en el fondo, nada más que para sacarnos fotos -
lo digo sin vergüenza, ya que nunca se usó para otra cosa
- que luego admirábamos con una gran dosis de infantilismo en
las solapas de las nuevas ediciones. Lilita se había convertido
en una especie de iracunda y amateur agente de márketing y me
atosigaba la cabeza con el aspecto, el tipo de lentes que usaba y hasta
el color de la ropa. Con todas estas cosas inofensivas se nos pasaba
el tiempo.
También pasó el tiempo para Clara. A los doce años,
por buena conducta -"al parecer no mató a nadie más",
bromeaba Don Pancho, achacoso pero siempre listo a la hora de largar
ironías - salió del penal y volvió al barrio, a
la casa y al desprecio de los vecinos. No le importó demasiado,
por lo que dicen. Pero, también llamó a casa. Y Lilita
fue a visitarla. Yo no pude ir porque estaba convaleciente de mi operación
de vesícula - convaleciente y contento porque el médico
me había asegurado que podría "comer baldosas"
- y, para el caso, no estaba muy seguro de querer verla. Cuando Lilita
volvió se desarrolló la siguiente charla:
- ¿Y? ¿Cómo está?
Gesto de perplejidad de Lilita.
- Bien. Bah, no sé qué decir. Si tengo que decir la verdad
está bárbara. De buen aspecto. Muy...
- ¿Muy?
- Muy serena. Muy consustanciada consigo misma. Muy tranquila.
- No entiendo.
- Yo tampoco.
Gesto de contrariedad en Lilita. Eso sucede. Habitualmente, cuando tiene
que decirme algo que quizás no me agrade.
- Le llevé tu libro.
- ¡¿Mi libro?! ¿Con el relato...?
- Sí.
- ¿Cómo hiciste eso?
Lilita defendiendo la teoría de que la mejor defensa es un buen
ataque.
- ¿Qué tiene de malo? ¿Eh? ¿Acaso no usaste
su historia para ganar un premio?
- Bueno. ¿Y qué es eso de la serenidad?
- Nada. Sólo eso. Que estaba muy serena, muy sobria. No sé
como expicarlo. Dijo que leería el relato.
- ¿Le dijiste...?
- ¿Y qué? Cuando lo leyera sabría que es sobre
ella, ¿o no?
Medité bastante acerca de esto. Ponía en una balanza las
cosas positivas y las negativas. Tenía cierto temor a la reacción
de Clara. Aunque ella debería entender qe esto es sólo
ficción. Que su historia fue un disparador y nada más.
No quería reconocerlo pero, lo que en realidad me preocupaba
era la veracidad de la historia. Cuando uno se imagina algo y ese algo
adquiere la corporeidad que este relato significó en nuestras
vidas termina creyendo que esa es la verdad revelada. Que Clara, como
no podría ser otra manera, deshiciera esa verdad me provocaba
una turbación bastante importante. Lilita, que me conoce como
si me hubiera parido, me dijo:
- Bueno, después de todo es un relato, nada más. No pretende
ser la verdad. Una cosa es la vida y otra es la literatura, mi amor.
No te hagas tantos problemas.
Pasó una semana, como un calvario, durante la cual no teníamos
noticias de Clara. Pero, eso no podía durar, pensaba yo. Dicho
y hecho, un martes avisó que pasaría a tomar el té.
Me corría un frío por el cuerpo. - Al mal trago hay que
apurarlo rápido - pontificaba Lilita.
Clara llegó, puntualmente, con una coqueta bolsita de panadería.
Yo la esperaba, aún débil, en el silloncito ubicado junto
al ventanal. Saludó a Lilita con bastante afecto - no sé
porqué me pareció exagerado - y me dirigió una
mirada tierna y comprensiva. Estaba cambiada. Y mucho. No sólo
por el paso de los años, aunque, a decir verdad, no se le notaba
demasiado. Quizás, visto desde mi particular manera, estaba bastante
hermosa. Había, en los ojos, un brillo diáfano, alejado
de cualquier pulsión erótica, pero sumamente atractivo.
Tenía un aire magnánimo, algo así como el que ostentan
los negros cuando envejecen. ¿Sería el aire de una ex
convicta?, me pregunté, mientras Lilita servía el té.
Clara no se anduvo con rodeos.
- Leí tu libro - me dijo, sin percatarse de mi actitud defensiva
-. Me gustó mucho. Estás escribiendo muy bien, muy sensible.
Te felicito.
No dijo nada más, por el momento. Quedamos en un embarazoso silencio.
- ¿Cómo te trató el...? - no sabía de qué
manera aludir a la cárcel.
- Bien. Pero no quiero hablar de eso - me dijo, suavemente.
Lilita me miraba de reojo. Clara depositó la taza vacía
sobre la mesita y dijo todo lo que sigue. Prefiero transcribirlo sin
interrupciones y sin comentar nada:
- Respecto a lo de Alfredo, entiendo que tus ideas o percepciones pueden
ser correctas. Eso es lo que los demás veían y están
en su derecho. Pero, las cosas no fueron así. Nunca hablé
de este tema y esta será una excepción. No me importa
si lo divulgan o no. Tampoco quiero hacer un gran discurso, sino simplemente
explicar los hechos. Yo quería mucho a Alfredo. Pero, para cuando
tomé esa decisión - la segunda, en realidad - sabía
perfectamente que uno de los dos partiría. El día aquel,
traté de suicidarme, con la jeringa, casi siete veces. Pero,
algo me detenía. No era miedo. Eso... ni contaba. Yo estaba vacía,
muy vacía. Muy triste. Yo era injusta con Alfredo. No, no quiero
decir así tan, tan preciso. Yo amaba la pasión de Alfredo.
Alfredo tenía una pasión, independiente de los resultados.
Yo, no tenía ninguna. Yo disfrutaba con la pasión de Alfredo,
a solas. Pero, me molestaba que los demás no entendieran lo que
yo sí veía. Para los demás era una manía
y una impericia astronómica. Para mí, era la vida. Pero,
aunque lo intenté, nunca pude lograr una pasión como la
de él. Decidí matarme. Pero, si hacía eso, ¿qué
sería de Alfredo? ¿Ustedes saben lo dependiente que era
de mi cariño? ¿Lo mucho que me quería? Si yo me
hubiera clavado la aguja lo habría destruído. Por eso
lo maté. Porque la situación no tenía salida. Yo
era culpable, él inocente. Y por eso maté a Fido. Para
empezar, allí mismo, a purgar mi condena. En la prisión
aprendí que yo soy una de esas personas, raras, quizás,
que pueden vivir sin una pasión. Allí, entre toda esa
miseria, lo entendí. Ahora soy feliz. No me arrepiento de lo
que hice. Alfredo, en el fondo de su corazón, creía que
no terminamos al morirnos. Eso me sirve de consuelo. No tengo otra cosa
que decir. Quería que lo supieras. Ahora, me voy. No nos veremos
más. Pero no duden de mí. Los quiero mucho.
No tenía nada que decir y Lilita menos. Clara se levantó,
la acompañamos hasta la puerta y, cuando ya estaba saliendo,
con una extraña sonrisa se volvió y dijo lo último
que yo pensaba escuchar y lo último que escucharía de
ella.
- Lo que en realidad extraño, son las comidas de Alfredo.
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