'VIVIR PARA CONTARLA'   

 09 Oct 2002

Las memorias de García Márquez llegan a las librerías 

La actriz Lola Herrera lee algunos fragmentos de las memorias de García Márquez. (EFE) 

MADRID.- "No hay nada de este mundo ni del otro que no sea útil al escritor". Ésta es una de las confesiones que Gabriel García Márquez hace en sus memorias, "Vivir para contarla", un libro que sale hoy al mercado y en el que el Nobel colombiano recorre su infancia y su juventud, la materia que ha nutrido su obra.

Maestro del realismo mágico y casi un mito viviente de la literatura, García Márquez repasa, con el mismo talento que desprenden sus ficciones, una vida que no siempre fue fácil, pues hubo un tiempo en el que no tenía ni los cinco centavos para comprar el periódico en el que publicaron su primer cuento.

"No me interesaban la gloria, ni la plata, ni la vejez, porque estaba seguro de que iba a morir muy joven y en la calle", recuerda el Nobel, que ahora ve cómo a sus 75 años, se disputaban, con ofertas multimillonarias, los derechos para editar este primer tomo de sus memorias.

Un libro del que hoy se distribuirán un millón de ejemplares en todos los países hispanos y que, en España, fue ayer presentado en un acto en Barcelona en el que la actriz Lola Herrera leerá algunos de sus fragmentos. 
"Gabo" comienza sus memorias contando cómo a los 23 años su madre le fue a buscar, para pedirle que le acompañara a Aracataca para vender la casa familiar, un viaje en el que se vio en la obligación de revelar que había desertado de sus estudios de Derecho para ser escritor y periodista. 

La escritura, una forma de vida


A la vuelta de aquel viaje, que sería el germen de su primera novela, "La hojarasca", aquel joven amante de las juergas, las borracheras o las tertulias y que por entonces dormía en parques, en las bodegas del periódico en el que trabajaba o en pensiones, sintió cómo "cada cosa, con sólo mirarla me suscitaba una ansiedad irresistible de escribir para no morir".

"Desde entonces no me gané un centavo que no fuera con la máquina de escribir, y esto me parece más meritorio de lo que podría pensarse, pues los primeros derechos de autor que me permitieron vivir de mis cuentos y novelas me los pagaron a los cuarenta y tantos años".

El escritor repasa una infancia plagada de anécdotas y gentes que, más tarde, cuando las inmortalizó en novelas como "Cien años de soledad", parecerían sacadas de una portentosa imaginación. 

El calvario de la ortografía

Cuenta que le costó mucho aprender a leer -"no me parecía lógico que la letra m se llamara eme"-, pero que, cuando lo hizo, la lectura se convirtió en "mi droga feliz", hasta el punto de que su forma de contestar a los maestros infundió sospechas de que el muchacho no estaba bien. 

"El médico de la escuela me diagnosticó paludismo, amigdalitis y bilis negra por el abuso de lecturas mal digeridas", una enfermedad que sólo acertó a curar un hermano de padre que dijo que lo que le hacía falta era "una buena pierna" y le dejó una trastienda para que estuviera con amigas suyas "de todos los pelajes". 

Las lecturas le abrieron las puertas de la universidad, donde volvió a toparse con "mi drama personal con la ortografía", un "calvario" que "sigue asustando a los correctores de mis originales" que, aún hoy, le "honran con la galantería" de corregirlos "como simples erratas". 

Los recuerdos de "Gabo" repasan, además de su vida, la de su conflictivo país y un mundo que ha quedado atrás porque a ningún niño hoy puede asustarle tanto usar por primera vez un teléfono, y también la formación de un escritor que leyó "El Quijote" por primera vez "como purgante a cucharadas". "Me aburrían las peroratas sabias del caballero andante" hasta que un amigo le recomendó que lo pusiera "en la repisa del inodoro" y allí lo disfrutó "hasta recitar de memoria episodios enteros".

Como el mayor de once hermanos, "Gabo" ayudó a la precaria economía familiar repartiendo propaganda de jarabe, pintando letras en carteles o en concursos de canciones, pues la música -"un arte útil para todas las otras"- es otra de sus pasiones. 

Las memorias concluyen en 1955, cuando las amenazas tras la publicación del reportaje "Relato de un naufrago" fuerzan su salida de Colombia con destino a Europa, en un momento en el que ya había encontrado una voz propia que permanecería en la historia de la literatura del siglo XX. 


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