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–Toma, come, triunfa, que para ti es el mundo: ¡mejor vida tienes que
el Papa!
"¡Tal te la dé Dios!", decía
yo paso entre mí.
A cabo de tres semanas que estuve con él, vine a tanta
flaqueza, que no me podía tener en las piernas de pura hambre.
Vime claramente ir a la sepultura, si Dios y mi saber no me
remediaran. Para usar de mis mañas no tenía aparejo, por no tener en
qué dalle salto, y aunque algo hubiera, no podía cegarle, como hacía
al que Dios perdone (si de aquella calabazada feneció), que todavía,
aunque astuto, con faltarle aquel preciado sentido, no me sentía, mas
estotro, ninguno hay que tan aguda vista tuviese como él tenía.
Cuando al ofertorio estábamos, ninguna blanca en la concha
caía que no era de él registrada: el un ojo tenía en la gente y el
otro en mis manos. Bailábanle los ojos en el casco como si fueran de
azogue. Cuantas blancas ofrecían tenía por cuenta, y
acabado el ofrecer, luego me quitaba la concha y la ponía sobre el
altar.
No era yo señor de asirle una blanca todo el tiempo que
con el viví, o, por mejor decir, morí. De la taberna nunca le traje
una blanca de vino, mas aquel poco que de la ofrenda había metido en su
arcaz, compasaba de tal forma, que le duraba toda la semana.
Y por ocultar su gran mezquindad, decíame:
–Mira, mozo, los sacerdotes han de ser muy templados
en su comer y beber, y por esto yo no me desmando como otros. Mas el lacerado mentía falsamente, porque en cofradías
y mortuorios que rezamos, a costa ajena comía como lobo, y bebía más
que un saludador.
Y porque dije de mortuorios, Dios me perdone que jamás fui
enemigo de la naturaleza humana, sino entonces; y esto era porque comíamos
bien y me hartaban. Deseaba y aún rogaba a Dios que cada día matase el
suyo. Y cuando dábamos sacramento a los enfermos, especialmente la
Extremaunción, como manda el clérigo rezar a los que están allí, yo
cierto no era el postrero de la oración, y con todo mi corazón y buena
voluntad rogaba al Señor, no que le echase a la parte que más servido
fuese, como se suele decir, mas que le llevase de este mundo.
Y cuando alguno de éstos escapaba, Dios me lo
perdone, que mil veces le daba al diablo, y el que se moría, otras
tantas bendiciones llevaba de mí dichas. Porque en todo el tiempo que
allí estuve, que sería casi seis meses, solas veinte personas
fallecieron, y éstas bien creo que las maté yo, o, por mejor decir,
murieron a mi recuesta. Porque viendo el Señor mi rabiosa y continua
muerte, pienso que holgaba de matarlos por darme a mí vida. Mas de lo
que al presente padecía, remedio no hallaba, que, si el día que enterrábamos
yo vivía, los días que no había muerto, por quedar bien vezado de la
hartura, tornando a mi cuotidiana hambre, más lo sentía. De manera que
en nada hallaba descanso, salvo en la muerte, que yo también para mí
como para los otros, deseaba algunas veces; mas no la vía, aunque
estaba siempre en mí.
Pensé muchas veces irme de aquel mezquino amo, mas por dos
cosas lo dejaba: la primera, por no me atrever a mis piernas, por temer
de la flaqueza que de pura hambre me venía; y la otra, consideraba y
decía:
"Yo he tenido dos amos: el primero traíame
muerto de hambre, y dejándole, topé con estotro, que me tiene ya con
ella en la sepultura; pues si de éste desisto y doy en otro más bajo,
¿qué será sino fenecer?"
Con esto no me osaba menear, porque tenía por fe que todos
los grados había de hallar más ruines. Y a abajar otro punto, no
sonara Lázaro ni se oyera en el mundo.
Pues estando en tal aflicción, cual plega al Señor librar
de ella a todo fiel cristiano, y sin saber darme consejo, viéndome ir
de mal en peor, un día que el cuitado, ruin y lacerado de mi amo había
ido fuera del lugar, llegóse acaso a mi puerta un calderero, el cual yo
creo que fue ángel enviado a mí por la mano de Dios en aquel hábito.
Preguntóme si tenía algo que adobar.
"En mí teníades bien que hacer, y no haríades poco
si me remediásedes", dije paso, que no me oyó.
Mas como no era tiempo de gastarlo en decir gracias, alumbrado por el
Espíritu Santo, le dije:
–Tío, una llave de este arca he perdido, y temo mi señor
me azote. Por vuestra vida, veáis si en ésas que traéis hay alguna
que le haga, que yo os lo pagaré.
Comenzó a probar el angélico calderero una y otra de
un gran sartal que de ellas traía, y yo a ayudarle con mis flacas
oraciones. Cuando no me cato, veo en figura de panes, como dicen, la
cara de Dios dentro del arcaz, y abierto, díjele:
–Yo no tengo dineros que os dar por la llave, mas
tomad de ahí el pago.
Él tomó un bodigo de aquellos, el que mejor le pareció, y dándome
mi llave, se fue muy contento, dejándome más a mí.
Mas no toqué en nada por el presente, porque no fuese
la falta sentida, y aun porque me vi de tanto bien señor parecióme que
la hambre no se me osaba llegar. Vino el mísero de mi amo, y quiso Dios
no miró en la oblada que el ángel había llevado.
Y otro día, en saliendo de casa, abro mi paraíso panal, y
tomo entre las manos y dientes un bodigo, y en dos credos le hice
invisible, no se me olvidando el arca abierta; y comienzo a barrer la
casa con mucha alegría, pareciéndome con aquel remedio remediar desde
en adelante la triste vida. Y así estuve con ello aquel día y otro
gozoso. Mas no estaba en mi dicha que me durase mucho aquel descanso,
porque luego, al tercero día, me vino la terciana derecha.
Y fue que veo a deshora al que me mataba de hambre sobre
nuestro arcaz, volviendo y revolviendo, contando y tornando a contar los
panes. Yo disimulaba, y en mi secreta oración y devociones y plegarias,
decía:
"¡San Juan y ciégale! "
Después que estuvo un gran rato echando la cuenta, por
días y dedos contando, dijo:
–Si no tuviera a tan buen recado esta arca, yo dijera
que me habían tomado de ella panes; pero de hoy más, sólo por cerrar
la puerta a la sospecha, quiero tener buena cuenta con ellos: nueve
quedan y un pedazo.
"¡Nuevas malas te dé Dios!", dije yo entre mí.
Parecióme con lo que dijo pasarme el corazón con saeta
de montero, y comenzóme el estómago a escarbar de hambre, viéndose
puesto en la dieta pasada. Fue fuera de casa. Yo, por consolarme, abro
el arca y, como vi el pan, comencélo de adorar, no osando recebillo.
Contélos, si a dicha el lacerado se errara, y hallé su cuenta más
verdadera que yo quisiera. Lo más que yo pude hacer fue dar en ellos
mil besos, y, lo más delicado que yo pude, del partido partí un poco
al pelo que él estaba, y con aquél pasé aquel día, no tan alegre
como el pasado.
Mas como la hambre creciese, mayormente que tenía el estómago
hecho a más pan aquellos dos o tres días ya dichos, moría mala
muerte; tanto, que otra cosa no hacía en viéndome solo sino abrir y
cerrar el arca y contemplar en aquella cara de Dios, que así dicen los
niños. Mas el mismo Dios, que socorre a los afligidos, viéndome en tal
estrecho, trujo a mi memoria un pequeño remedio: que, considerando
entre mí, dije:
"Este arquetón es viejo y grande y roto por
algunas partes, aunque pequeños agujeros. Puédese pensar que ratones,
entrando en él, hacen daño a este pan. Sacarlo entero no es cosa
conveniente, porque verá la falta el que en tanta me hace vivir. Esto
bien se sufre".
Y comienzo a desmigajar el pan sobre unos no muy costosos
manteles que allí estaban, y tomo uno y dejo otro, de manera que en
cada cual de tres o cuatro desmigajé su poco. Después, como quien toma
gragea, lo comí, y algo me consolé. Mas él, como viniese a comer y
abriese el arco, vio el mal pesar, y sin duda creyó ser ratones los que
el daño habían hecho, porque estaba muy al propio contrahecho de como
ellos lo suelen hacer. Miró todo el arcaz de un cabo a otro y viole
ciertos agujeros, por do sospechaba habían entrado. Llamóme diciendo:
–¡Lázaro! ¡Mira, mira qué persecución ha venido
aquesta noche por nuestro pan!
Yo híceme muy maravillado, preguntándole qué sería.
–¡Qué ha de ser!–dijo él–. Ratones, que no dejan cosa
a vida.
Pusímonos a comer, y quiso Dios que aun en esto me fue
bien, que me cupo más pan que la laceria que me solía dar, porque rayó
con un cuchillo todo lo que pensó ser ratonado, diciendo:
–Cómete eso, que el ratón cosa limpia es.
Y así, aquel día, añadiendo la ración del trabajo de
mis manos, o de mis uñas, por mejor decir, acabamos de comer, aunque yo
nunca empezaba.
Y luego me vino otro sobresalto, que fue verle andar solícito
quitando clavos de las paredes y buscando tablillas, con las cuales clavó
y cerró todos los agujeros de la vieja arca.
" ¡ Oh Señor mío! ", dije yo entonces. "A
cuánta miseria y fortuna y desastres estamos puestos los nacidos, y cuán
poco duran los placeres de esta nuestra trabajosa vida! Heme aquí que
pensaba con este pobre y triste remedio remediar y pasar mi laceria, y
estaba ya cuanto que alegre y de buena ventura. Mas no quiso mi
desdicha, despertando a este lacerado de mi amo y poniéndole más
diligencia de la que él de suyo se tenía (pues los míseros por la
mayor parte nunca de aquélla carecen), agora cerrando los agujeros del
arca, cerrase la puerta a mi consuelo y la abriese a mis trabajos.
Así lamentaba yo, en tanto que mi solícito carpintero,
con muchos clavos y tablillas, dio fin a sus obras, diciendo:
–Agora, donos traidores ratones, conviéneos mudar
propósito, que en esta casa mala medra tenéis.
De que salió de su casa, voy a ver la obra, y hallé
que no dejó en la triste y vieja arca agujero ni aun por donde le
pudiese entrar un mosquito. Abro con mi desaprovechada llave, sin
esperanza de sacar provecho, y vi los dos o tres panes comenzados, los
que mi amo creyó ser ratonados, y de ellos todavía saqué alguna
laceria, tocándolos muy ligeramente, a uso de esgrimidor diestro. Como
la necesidad sea tan gran maestra, viéndome con tanta siempre, noche y
día estaba pensando la manera que ternía en sustentar el vivir. Y
pienso, para hallar estos negros remedios, que me era luz la hambre,
pues dicen que el ingenio con ella se avisa y al contrario con la
hartura, y así era por cierto en mí.
Pues estando una noche desvelado en este pensamiento,
pensando cómo me podría valer y aprovecharme del arcaz, sentí que mi
amo dormía, porque lo mostraba con roncar y en unos resoplidos grandes
que daba cuando estaba durmiendo. Levantéme muy quedito, y habiendo en
el día pensado lo que había de hacer y dejado un cuchillo viejo que
por allí andaba en parte do le hallase, voyme al triste arcaz, y, por
do había mirado tener menos defensa, le acometí con el cuchillo, que a
manera de barreno de él usé. Y como la antiquísima arca, por ser de
tantos años, la hallase sin fuerza y corazón, antes muy blanda y
carcomida, luego se me rindió, y consintió en su costado, por mi
remedio, un buen agujero. Esto hecho, abro muy paso la llagada arca y,
al tiento, del pan que hallé partido, hice según deyuso está escrito.
Y con aquello algún tanto consolado, tornando a cerrar, me volví a mis
pajas, en las cuales reposé y dormí un poco.
Lo cual yo hacía mal y echábalo al no comer. Y así sería,
porque, cierto, en aquel tiempo no me debían de quitar el sueño los
cuidados de el rey de Francia.
Otro día fue por el señor mi amo visto el daño, así del
pan como del agujero que yo había hecho, y comenzó a dar a los diablos
los ratones y decir:
–¿Qué diremos a esto? ¡Nunca haber sentido ratones
en esta casa sino agora!
Y sin duda debía de decir verdad. Porque si casa había de haber en
el reino justamente de ellos privilegiada, aquélla, de razón, había
de ser, porque no suelen morar donde no hay qué comer. Torna a buscar
clavos por la casa y por las paredes, y tablillas a a tapárselos.
Venida la noche y su reposo, luego era yo puesto en pie con mi aparejo,
y cuantos él tapaba de día destapaba yo de noche.
En tal manera fue y tal prisa nos dimos, que sin duda por
esto se debió decir: "Donde una puerta se cierra, otra se
abre". Finalmente, parecíamos tener a destajo la tela de Penélope,
pues cuanto él tejía de día rompía yo de noche. Que en pocos días y
noches pusimos la pobre despensa de tal forma, que quien quisiera
propiamente de ella hablar, mas "corazas viejas de otro
tiempo" que no "arcaz" la llamara, según la clavazón y
tachuelas sobre sí tenía.
De que vio no le aprovechar nada su remedio, dijo:
–Este arcaz está tan mal tratado, y es de madera tan vieja y
flaca, que no habrá ratón a quien se defienda. Y va ya tal, que si
andamos más con él nos dejará sin guarda. Y aun lo peor que, aunque
hace poca, todavía hará falta faltando y me pondrá en costa de tres o
cuatro reales. El mejor remedio que hallo, pues el de hasta aquí no
aprovecha: armaré por dentro a estos ratones malditos.
Luego buscó prestada una ratonera, y con cortezas de queso
que a los vecinos pedía, contino el gato estaba armado dentro del arca.
Lo cual era para mí singular auxilio. Porque, puesto caso que yo no había
menester muchas salsas para comer, todavía me holgaba con las cortezas
del queso que de la ratonera sacaba, y, sin esto, no perdonaba el
ratonar del bodigo.
Como hallase el pan ratonado y el queso comido y no cayese
el ratón que lo comía, dábase al diablo, preguntaba a los vecinos qué
podría ser comer el queso y sacarlo de la ratonera y no caer ni quedar
dentro el ratón y hallar caída la trampilla del gato.
Acordaron los vecinos no ser el ratón el que este daño
hacía, porque no fuera menos de haber caído alguna vez. Díjole un
vecino:
–En vuestra casa yo me acuerdo que solía andar una
culebra, y ésta debe de ser sin duda. Y lleva razón, que, como es
larga, tiene lugar de tomar el cebo, y aunque la coja la trampilla
encima, como no entre toda dentro, tórnase a salir.
Cuadró a todos lo que aquél dijo y alteró mucho a mi
amo, y dende en adelante no dormía tan a sueño suelto, que cualquier
gusano de la madera que de noche sonase pensaba ser la culebra que le roía
el arca. Luego era puesto en pie, y con un garrote que a la cabecera,
desde que aquello le dijeron, ponía, daba en la pecadora del arca
grandes garrotazos, pensando espantar la culebra. A los vecinos
despertaba con el estruendo que hacía y a mí no dejaba dormir. Íbase
a mis pajas y trastornábalas, y a mí con ellas, pensando que se iba
para mí y se envolvía en mis pajas o en mi sayo, porque le decían que
de noche acaecía a estos animales, buscando calor, irse a las cunas
donde están criaturas y aun morderlas y hacerles peligrar.
Yo las más veces hacía del dormido, y en la mañana decíame
él:
–¿Esta noche, mozo, no sentiste nada? Pues tras la
culebra anduve, y aun pienso se ha de ir para ti a la cama, que son muy
frías y buscan calor.
–Plega a Dios que no me muerda–decía yo–, que
harto miedo le tengo.
Desta manera andaba tan elevado y levantado del sueño,
que, mi fe, la culebra o culebro, por mejor decir, no osaba roer de
noche ni levantarse al arca; mas de día, mientras estaba en la iglesia
o por el lugar, hacía mis asaltos. Los cuales daños viendo él, y el
poco remedio que les podía poner, andaba de noche, como digo, hecho
trasgo.
Yo hube miedo que con aquellas diligencias no me topase con
la llave, que debajo de las pajas tenía, y parecióme lo más seguro
meterla de noche en la boca. Porque ya, desde que viví con el ciego, la
tenía tan hecha bolsa, que me acaeció tener en ella doce o quince
maravedís, todo en medias blancas, sin que me estorbasen el comer,
porque de otra manera no era señor de una blanca, que el maldito ciego
no cayese con ella, no dejando costura ni remiendo que no me buscaba muy
a menudo.
Pues así como digo, metía cada noche la llave en la boca
y dormía sin recelo que el brujo de mi amo cayese con ella; mas cuando
la desdicha ha de venir, por demás es diligencia.
Quisieron mis hados (o, por mejor decir, mis pecados) que
una noche que estaba durmiendo, la llave se me puso en la boca, que
abierta debía tener, de tal manera y postura, que el aire y resoplo que
yo durmiendo echaba salía por lo hueco de la llave, que de cañuto era,
y silbaba, según mi desastre quiso, muy recio, de tal manera que el
sobresaltado de mi amo lo oyó, y creyó sin duda ser el silbo de la
culebra, y cierto lo debía parecer.
Levantóse muy paso con su garrote en la mano, y al tiento
y sonido de la culebra se llegó a mí con mucha quietud por no ser
sentido de la culebra. Y como cerca se vio, pensó que allí, en las
pajas do yo estaba echado, al calor mío se había venido. Levantando
bien el palo, pensando tenerla debajo y darle tal garrotazo que la
matase, con toda su fuerza me descargó en la cabeza un tan gran golpe,
que sin ningún sentido y muy mal descalabrado me dejó.
Como sintió que me había dado, según yo debía hacer
gran sentimiento con el fiero golpe, contaba él que se había llegado a
mí y, dándome grandes voces llamándome, procuró recordarme. Mas,
como me tocase con las manos, tentó la mucha sangre que se me iba, y
conoció el daño que me había hecho. Y con mucha priesa fue a buscar
lumbre, y llegando con ella, hallóme quejando, todavía con mi llave en
la boca, que nunca la desamparé, la mitad fuera, bien de aquella manera
que debía estar al tiempo que silbaba con ella.
Espantado el matador de culebras qué podría ser aquella
llave, miróla, sacándomela del todo de la boca, y vio lo que era,
porque en las guardas nada de la suya diferenciaba. Fue luego a probarla,
y con ella probó el maleficio.
Debió de decir el cruel cazador:
"El ratón y culebra que me daban guerra y me comían
mi hacienda he hallado".
De lo que sucedió en aquellos tres días siguientes
ninguna fe daré, porque los tuve en el vientre de la ballena, mas de cómo
esto que he contado oí, después que en mí torné, decir a mi amo, el
cual, a cuantos allí venían lo contaba por extenso.
A cabo de tres días yo torné en mi sentido, y vime echado
en mis pajas, la cabeza toda emplastada y llena de aceites y ungüentos,
y espantado dije:
–¿Qué es esto?
Respondióme el cruel sacerdote:
–A fe que los ratones y culebras que
me destruían ya los he cazado.
Y miré por mí, y vime tan
maltratado, que luego sospeché mi mal.
A esta hora entró una vieja que ensalmaba, y los
vecinos. Y comiénzanme a quitar trapos de la cabeza y curar el
garrotazo. Y como me hallaron vuelto en mi sentido, holgáronse mucho, y
dijeron:
–Pues ha tornado en su acuerdo, placera
a Dios no será nada.
Y tomaron de nuevo a contar mis cuitas y a reírlas, y yo,
pecador, a llorarlas. Con todo esto, diéronme de comer, que estaba
transido de hambre, y apenas me pudieron remediar. Y así, de poco en
poco, a los quince días me levanté y estuve sin peligro -mas no sin
hambre- y medio sano.
Luego otro día que fui levantado, el señor mi amo me tomó
por la mano y sacóme la puerta afuera, y puesto en la calle, díjome:
–Lázaro, de hoy más eres tuyo y no
mío. Busca amo y vete con Dios. Que yo no quiero en mi compañía tan
diligente servidor. No es posible sino que hayas sido mozo de ciego.
Y santiguándose de mí, como si yo estuviera
endemoniado, tórnase a meter en casa y cierra su puerta.
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