" Lo más parecido a una casa"
Autor: Joaquín Alberto Conesa Quiñonero
 
«Ni Dios ni Amo tus Ideas», «No más trabajo sin más justicia»,«Me cago en tu puta madre negra», «Alcaldesa, vuélvete a tu tierra». 
No corría sangre nueva por las lunas de la parada del autobús –porque para las palabras, la tinta es la sangre que corre por quien las lee -. Todavía la misma tinta indeleble, las mismas pintadas de a saber cuándo - es lo bueno de una pintada: ahí queda la impresión, aunque después se cambiara de opinión -. Cacho seguía las líneas que describían las palabras, se montaba en ellas con el dedo, y lo dejaba muerto dejando que la propia corriente lo llevara delineando los contornos. Podría dibujar aquellas siluetas sobre cemente fresco, la arena de un solar o el casco de una cerveza. Pero no sabía lo que dibujaba. Conocía parte del alfabeto, mas no la diferencia entre vocales y consonantes. No, claro que no sabía leer ni escribir. Cacho no acudía a ese tipo de escuelas oficiales a los que van los jóvenes desoficiados. Cacho era sólo un niño; un niño de, digamos, unos diez años; y años, de, pongamos, trescientos sesenta y cinco días terrenales. Uno de esos días despertaba a la noche, rompiéndole, de nuevo, uno de tantos sueños. Las estrellas empequeñecían su resplandor al mismo tiempo que veían llegar a lo lejos, ¡uy, que cerca!, a la más grande y torpona de todas. El frío huía despavorido por la cuesta, atemorizado por los rumores sobre un sol que se acercaba. El gélido grito congelaba de miedo a quien lo sintiera, empapándole de la piel a los huesos, sin miramiento con el alma. Cacho esperaba agazapado en una esquina interior de la mampara, contracorriente. Tomaba aire, y hundía la cabeza entre los brazos. Estrechado a sus rodillas, permanecía esperando a que lo imposible sucediera. El corazón de una manzana podrida reposaba mordisqueado a su izquierda; a la derecha, una lata de refresco aplastada y agujereada, y papel de plata que el viento en globo le arrebata. En los bolsillos cargaba con todas sus posesiones: un par de mecheros que le encendían ilusiones. Para ser un desposeído, no iba mal peinado, si no despeinado, y sus cueros mojos se asemejaban a despojos vueltos, revueltos, devueltos, y en los que él miserablemente quedó envuelto. Diría que el rocío de la mañana le cubría el cabello, refulgiendo fresco como en hojas de limonero, pero no sería cierto. El sudor empapaba los mechones que le caían por la frente, y los temblores, aunque cada vez menos frecuentes e intensos, le mantenían caliente.
Al otro lado de la calle se abría una explanada, un enorme solar sobre el que se libró alguna estoica batalla, y en donde ahora sólo perdura la metralla de tanta férrea lucha. Toneladas de escombros, bidones, autos quemados, vejados, mutilados. En su costado de la calzada empezaba una serie de hogares marginales en serie, donde vivían gentes descalzadas a muy bajo coste. Casas de protección oficial, las llaman, pero allí había de todo menos protección. A cualquier hora, en cualquiera de los edificios siempre te encontrabas, al menos, una luz encendida en donde se jugaba con las sustancias susceptibles de malgravamen, y más de mil una bocas que alimentar. Durante toda la noche el tráfico fue intenso, pero fluido – ni con orden público se podría haber conseguido mayor organización -. En el intervalo de tiempo que se dan sábado y domingo para turnarse guardia, por la carretera no dejaban de subir y bajar coches desde las cuatro o cinco de la tarde hasta las seis o siete de la mañana – incluso hay quien no amanecía hasta el lunes - . Daba igual que fuera verano o invierno, lo importante era que ya era sábado por la noche, y mi dinero yo me lo gané... Y allí se lo gastaban. Como si de bondadosos ciudadanos se tratara, solidarios, invitándose unos con otros, se dejaban la mitad de la paga - y la otra también si es menester - a cambio de todo tipo de placeres infernales. Como el que acudía al mercadillo del pueblo, allí se elegía de la muestra, te lo pesaban y te cobraban hasta el más mínimo gramo. Había mercadillos en bajos, primeros, quintos y azoteas; en el parque que daba la bienvenida al viajero, o en la misma acera si te: “Ven, despistado”. Te atendían en el salón de la casa, en sus sillones, en las mesas donde comían con sus hijos. O lo mismo en un despacho, o tras una puerta de metal, por un ventanal enrejado, en una habitación vacía. Lo mismo estaban descansando tumbados en un sofá, que estresados por la cantidad de cola que tenían ese día. Y en todos estos peculiares lugares te ofrecían siempre la misma mercancía: la mejor. Daba igual que tuvieras claro a por lo que ibas, que no. Los que atendían en su casa sacaban un jarrón de una vidriera, luego un peso de un cajón, otra bolsa que trae la mujer de otro lado... Y acabas teniendo en la mesa del comedor de su casa lo mismo que el que te ofrece tras las rejas con un enorme cuchillo en la mano: chocolate y polen de diferentes categorías, hierba, coca, espí, pastillas y tripis, incluso, a veces, algo de caballo, pero es que este material se manejaba en el centro de la ciudad. Por lo demás, todos solían vender lo mismo, aunque quienes conocen la zona siempre hablan de que tal o cual es mejor para comprar eso o lo otro, o que si había ofertas en tal sitio, o que desde el tiroteo en el Maca pasan fatal. Porque eso sí, como en todo buen mercadillo se hablaba en tono familiar de cosas familiares, y siempre rodeados de esbirros que miraban por las ventanas y silbaban en las esquinas, por si había que echarles agua a los monos o no sé qué leyenda urbana. Todo tan serio y tan familiar. En pleno trajín, te viene la hermana de la que te vende, en su casa, y la vendedora realmente tampoco es la oficial, está supliendo a su marido que ha ido con el cuñado a por más mercancía, y los niños con el perro y sin cenar, y tú allí, pillando. Así que mientras discute con la hermana, pues no te pesa los gramos, y los niños te están jodiendo con pistolas de agua, o coches autodirigidos, y tienes que hacerles unas gracias que no te hacen gracia, pero como son los hijos del jefe, pues se les respeta. Había también quienes sólo querían la casa como local comercial, porque no tenían familia, y vivían tres o cuatro solterones entre paredes desconchadas y cubiertas de humedad y polvo, pero solían ser los menos. A fin de cuentas, sus padres, y su madre, vivían, en el piso de abajo. Y a ellos en absoluto les preocupaba que el muchacho se encontrara partiendo la placa de cuarta con una asombroso tizona, o dándole el último corte a la coca, entraba la madre en plena brega a echarle una bronca porque no llevó a la hermana a tiempo. ¡Cómo les iba a preocupar! En todos lados hay que cocer habas, y eso cuesta lo suyo si le arrebataron las tierras a los abuelos. Ellos, sin embargo, lo conseguían. Se llenaban bolsas y bolsas de basura con billetes. Si es que, allí mismo, te vendían el papel de fumar de los estancos, en sus cajas de quinientos... si hasta te regalaban un cable-precinto para que no se abriera la bolsita del gramo entre raya y raya, sin necesidad de hacerte destrozar los calcetines para cerrar bien el pollo. En aquellos hogares marginales, empero, sabemos que había quienes intentaban llevar su casa, a pesar del negocio, como una casa normal. Todos tenían las puertas abiertas para que corriera bien el aire, o bien porque, simple y llanamente, las puertas las perdieron en alguna redada equivocada. Todos sabían a qué ibas a sus pisos, pero todos también te comprenderían.
No les importaba que en su día les hubieran ubicado en construcciones de paredes débiles, sin aislamientos en techos ni ventanas – y en alguna, ni ventanas -, sin servicios de limpieza ni alcantarillado. ¡Cómo se le puede dar una casa a quien no tiene nada y exigirle que la mantenga! Eso es casi peor que no dársela. Si al tiempo les dieran trabajo, o dinero, pero no, sólo se les
entregaban las casas presupuestadas – y ni eso - para que el resto del pueblo estuviera contento, y ahí se olvidaba todo. Eran pocas y malas, así que en los pequeños habitáculos se acumulaban familias de hasta diez miembros, y la casa no aguantaba. A pesar de todo, muchos preferían no moverse de allí. Si no salías del barrio no molestabas, y entonces tampoco se quejaban, ni obligabas a que los maderos acudieran a buscarte, e importunar así a tus vecinos, y lo que esto conllevaría. Estaba todo muy bien establecido sin ley de por medio. Los desposeídos allí, en Casuchas; los poseedores en la ciudad. Sin embargo, y es lo que más molestaba a Cacho, los de la ciudad se movían por los suburbios como pez en el agua, y nadie los podía denunciar por entrar en territorio ajeno. ¡Cómo hacerlo!
Todo el gueto era la mayor superficie de venta de drogas de la región, un gran centro turístico y de ocio en el que nadie decidía invertir. Dejaron de la mano aquel conglomerado de moradas, olvidándose de que allí habitaban niños, padres, señores, gentuzas, casas, ancianos, delincuentes y honrados, todos marginados y ninguno teniendo nada que ver con Cacho. A él poco le importaba este hecho. No se encontraba en esa edad de querer saberlo todo de tus padres. No le interesaba de donde provenía su nombre, si eso era un nombre o sólo un cacho. Por no hablar del apellido. Si lo tenía, no sabía por qué se lo debía. Cree recordar que nació en un chatarrero, porque allí pasó con unos perros la mayor parte de su vida, pero no sabía ni cómo ni quienes le concibieron. De su vida sólo recordaba el chatarrero abandonado y los perros. Esos perros eran increíbles. Cuando Cacho llegó a sus vidas no dudaron en criarlo como a un hijo suyo. Recogían todos lo posible de los contenedores, e incluso de la cercana ciudad, y se lo llevaban la camada, incluido Cacho. Pero un día despertó de entre las chapas, y no encontró a nadie. Ninguno de los perros, ni padres ni hermanos, parecieron. Al día siguiente tampoco apreció ninguno.
Cachito decidió ir a buscarlos, y salió por la misma verja por la que se despidieron la última vez. 
Ahora, en cambio, su única preocupación era que llegara ya el número cuatro y le llevara a la ciudad. No tenía más ganas permanecer en aquel barrio, pertenecer y perecer muerto de frío con la corriente en tu contra. ¡Cualquiera diría que finalizaba la primavera! Aquel frente inesperado, que ya terminaba, pilló a todos desprevenidos, y jodió bastante a Cacho. Creyéndose aquello que le contaran de que con la primavera empezaba el calor, no buscó abrigo y sólo vestía una camiseta con el siete de Beckham en el pecho, por donde se filtraba el frío que su sudor helaba. ¿Para qué querría volver a ese mundo del que tan aparte le hacían sentir?
Simplemente reventaba por salir de allí, para después poder irse de allá. No ser, trataba ya de dónde no estar, de poder escapar. Se trataba de intentar no estar, aunque no se pudiera evitar seguir siendo Cacho, un niño de edad olvidada, un niño que se habría ido caminando a la ciudad si no fuera porque no le quedaban más fuerzas que su inteligencia, esa cosa por la que el homínido decidió apostar y que tantos dolores de cabeza está acarreando. Y en el epicentro de aquellos dolores, el ruido del motor del autobús. Se le podía escuchar rebuznar de dolor, como jumento que tira del carro, pero nadie se acercó a recoger la cruz que arrastraba. Seguiría con su eterna condena de ida y retorno a la vida en la ciudad. Ahora estará girando en la plaza del barrio, y allí atracaría si no lo atracaban antes. Pasaría por la parada en cinco minutos. ¿Qué son cinco minutos en la vida? ¿Y en una vida de cinco minutos? En cinco minutos puedes ducharte y secarte, hacerte un café y bebértelo, amar a dos mujeres distintas y darle por culo a sus maridos y padres, e incluso esperar cinco minutos. Cacho alzó la cabeza en pos de encontrar una sincera respuesta que le limpiara el
espanto de vivir. Dos enormes ojos se abrieron. En la noche, herida de muerte, mortal de necesidad, los faros que no encendían del autobús daban luz desde la carita de Cacho. Los ojos le brillaban, pero no eran cristalinos por haber llorado, ni rojos por querer canjearlos por dientes, ni ojos de ser buen cubero, o culero. Eran unos ojos enormes y preciosos, algo achinados, y quizá, dirían, demasiado alejados el uno del otro. Unos ojos tan grandes y
separados sólo podían convivir en una cara también enorme, en una cabeza grande y deforme que en nada correspondía a lo que debía ser. Para su edad, sus extremidades eran más pequeñas y regordetas de lo que los demás querían; y su cabeza, como se pueden imaginar ya, pues bastante desproporcionada, tanto al cuerpo como a la costumbre. La base del cuero cabelludo era casi plana. Hasta las orejas, algo atrofiadas, la cabeza se extendía más o menos uniforme, pero en cuanto llegaba a las mejillas tomaban un acusado ángulo que ovalaba la mandíbula para terminar en la
barbilla, oculta entre el volumen de sus mofletes. Tampoco hablaba con fluidez, y solía tartamudear cuando alguna palabra se le atascaba entre los labios. Cacho, como la gente suponía nada más verle, debía sufrir algún tipo de enfermedad congénita, una extraña variación del síndrome de Down que a pocos interesa. 
Unos pasos se escucharon persiguiéndose, adelantándose y intorpeciéndose. Eran sólo dos pies que corrían, pero como si fuera la primera vez. El autobús ya bajaba por la cuesta, los pies pararon en la parada, muy contentos de llegar a tiempo. Entre discordes respiraciones, inhalando y exhalando el aire que otros ya respiraron, el sujeto se dirigió a Cacho. 
- ¿Qué, muchacho, jugando al escondite? Aunque si te quieres esconder en un buen sitio súbete al autobús. Menos mal que me ha dado tiempo, porque el cabrón de este autobusero no espera. Ya ves lo que le costará. Menos mal que nadie, nadie, nadie, jeje… Y me lo han pasado bien, bien, bien. Hasta me han regalado un par de porricos, jeje, por venir hoy tres veces. Bueno, niño, ya nos vemos.
El que le hablaba no era otro que el Lara, una persona a la que Cacho ya conocía nada más escucharla correr, porque le recordaba que él también era torpe corriendo. No le sorprendía que cogiera el autobús para ir a pillar a cualquier hora, de hecho, como acababa de hacer el Lara, podías bajarte y pillar en el tiempo que el autobús da la vuelta en la plaza – si, es que, cinco minutos dan para mucho -.
En realidad, Cacho casi no le prestó atención. Normalmente no entendía de lo que hablaba, ni lo que decía, y cuando lo hacía: ¡para lo que decía! Seguro que le habían vuelto a dar el palo en todo.
Pero bueno, como estaba medio ido, y vuelto... ¡Uy!, que el autobús se nos escapa. Menos mal que Cacho tenía un buen plan: en cuanto arrancó, salió raudo de su escondite y se empotró al transporte encima del parachoques. Hacía frío, era pequeño y era gratis.
Subido al guardabarros trasero fácilmente se podía coger una pulmonía con la fresca que amanecía. Pero los humos del tubo de escape no lo permitían. Le envolvían cuidando de que un mal aire se lo descarriara. Al mal tiempo, buena cara, o lo que es lo mismo, que como comida más importante del día se desayunaba una buena ración de humos de invernadero.
Sentado en aquel infrautilizado asiento, mientras tomaba desayuno y almuerzo a bocanadas, se despedía, al pasar por la redonda que daría acceso a la avenida del puerto, de las mujeres putas – como él las entendía – que aún tenían que aguantar en su dolorosa jornada de sábado. Eran de las pocas personas a las que apreciaba, y en las que, afortunadamente nunca confió. Se alejaba, y saludaba con una mano y una mueca. Las putas le despidieron con sarcasmos y tonterías varías, engrandeciendo su hombría e ingenuo ingenio. Con esa sonrisa que producen las mujeres alegres en la mente de un niño, recorrió el puerto y a los trasnochados que
bailaban sin música en las puertas de los bares cerrados. « ¿Por qué? », se decía así porque sí, Cacho. Al final del paseo, en la parada en la que la gente empezaba a subir, Cacho se bajó. No sería la primera vez que alguien avisara al conductor de que llevaba un polizón, y fuera él, del transporte.
A estas horas las calles seguían deslucidas. Los obreros encargados de su aseo, personal de limpieza, están dando los primeros bostezos de la jornada, y recién salidos del bar, o entrados en el carajillo, discuten qué zonas sudaran cada uno. Cacho deambulaba por esas calles sucias dando patadas a las latas y resto de mierdas que rodaran. Se imaginaba que le acababan de dar un gran pase al hueco, y chutaba con toda su alma. El esférico sale disparado del ¡menudo chupinazo!, golpea en el interior del larguero y entra, batiendo con maestría al cancerbero. El ruido que hacía contra las persianas, cristales o coches lo devolvían a su solitaria realidad. Más enfadado entonces, golpeaba con más fuerza y más rabia, marcando un gol en la final del mundial, haciendo enloquecer a multitudes en todo el planeta. A pesar de sus inusuales medidas, lograba desmarcarse con soltura y se sentía a gusto entre líneas.
Afortunadamente tenía muchas latas, y con todas ganó no sé cuantas copas.
Así llegó a la plaza principal, pero no puedo explicarles cómo es sin antes comentarles algo de la susodicha ciudad. En su favor reconoceremos que era una villa, si no destacable, mencionable capital de distrito y provincia. Pero no albergaba excesiva población, así que menos esperanzas. Se trataba de una ciudad, sí, pero de una ciudad con un solo parque, una universidad, un pabellón, un estadio… Tenía un gran edificio de oficinas, un gran teatro y una gran plaza. Tenía de todo lo que se necesita para ser considerada ciudad en vez de pueblo, y no más que uno. Presumían de no tener mendigos o vagabundos, pero como siempre, en proporción a la ciudad; y sólo había un único niño vagabundo, listo o tonto, normal o raro, pero sólo uno, parido a propósito para las estadísticas de Estado. Tampoco hacía falta orfanato, pues el error, como de costumbre, era despreciable. No existían comedores para indigentes, ni casas de acogida. Era simplemente una ciudad, un consorcio de edificios, un acuerdo de bancos en común.
La plaza principal se llamaba así, pero no porque fuera la principal entre varias, si no que, como sabemos, sólo había una, ésta. Una vez aquí escuchó el despertar de los miles de pájaros que en aquella época poblaban las alturas a lomos de los olmos. El cielo clareaba, la máquina que limpia el pavimento empezaba a funcionar.
Cacho eligió el banco de siempre, en el que había puesto una marca secreta que sólo él conocía y que le hacía propietario de por vida.
Era un banco que nadie quería, un banco partido por la mitad a manos del vandalismo de siempre, pero que lo hacía de las proporciones adecuadas para un cacho de persona. Bajo un pequeño árbol que nacía oculto en la base de otro aún más imponente, se acostó. Los párpados se le cerraban, tapándole de cuerpo entero, arropándolo con devoción. La realidad empezaba a desvanecerse: el gran foso central que hacía de patio, los paseos que lo circundaban, el kiosco allá al fondo, los soportales de más acá, terrazas engalanándose de mesas y sillas bajo las tiernas hojas de la primavera. Los párpados de Cacho tocaron fondo.
- ¡Eh, chico! ¡Chico, despierta!
Cacho abrió los poros. Su cuerpo destemplado se estremecía con el golpeo de aquellas palabras. 
- Muchacho, vamos, levanta. Sabes que no está permitido dormir en el parque.
Cacho, al final, sucumbió ante la implacable insistencia del despertador. Abrió los ojos, y un picor exasperante se apoderó de ellos. Para rascarse bajó y subió los párpados, y luego se frotó con las manos. Al separar los brazos del cuerpo notó cómo, de nuevo, el sudor se empapaba del frío de la mañana.
- Yo tengo que seguir trabajando, pequeño. Te he dejado dormir mientras limpiábamos la plaza, pero ahora nos vamos, y vendrán los agentes, ya sabes.
Aquel barrendero parecía ser nuevo, si no en la ciudad, en el oficio. Como buen educador, al principio, se le notaba con interés en enseñar a los pupilos, en ejercer con corrección la tarea. Cacho, incrédulo, seguía frotándose los ojos. No se lo podía creer. Se trataba de un tipo entrado en la treintena y de estatura similar a la suya, pero bastante mejor proporcionado. Era un tipo de adulto que le causaba sensación. ¿Cómo se podía ser mayor y tan bajo? Así que pensaba que estaba enfermo, como los viejos con su vejez, o como él. Pero parecía tan sano. Tenía un pelo rizado y castaño como el de los altos, unos dientes gastados y sucios como los de los altos, y un uniforme que brillaba en la oscuridad como los de los altos cargos. A Cacho eso de los uniformes le liaba mucho. Era pequeño, muy joven, y nunca nadie le explicó nada. Tampoco sabía qué preguntar, ni cómo se hacía. Sabía que si obedecía primero a los de uniforme, de cualquier tipo, no tendría problemas. Esta sabiduría no era innata, y simplemente la adquirió por mimetismo, imitación directa de lo que hacían los adultos.
- Bueno, chaval. Lo dicho, nos marchamos. ¡Suerte! 
- ¿Suerte? En su vida nadie jamás osó desearle suerte. ¿Quién era ese barrendero tan ocupado y temerario? ¿Se le puede desear el bien así, sin más, a cualquiera? Si hasta a los autistas les está prohibido. ¿Por qué va a ser sólo a ellos? A un vagabundo, si se es decente, no se le da nada, y se le desea de todo menos suerte.
Nadie verá nunca al zorro desearle suerte a la liebre, o al cazador. Aunque puede que sea eso, precisamente, lo que diferencia al humano del resto de especies: en que es un hijo de puta con suerte
natural. 
Cacho no habría llegado a dormir media hora, pero él quiso pensar que llegó a una hora entera. El pequeño barrendero y el que montaba la máquina salían por uno de los arcos que circundaban la plaza – bien se podría decir por la puerta grande, pues la faena fue enorme -. Quizá, en su momento, se quedara durmiendo pensando en conducir una máquina como ésa, yendo de una a otra parte de la ciudad, dejando flipados al resto de niños y a sus padres. Pero ahora, pese a lo pequeño que era – pero no olvidemos, no le gustaría, que casi tan alto como un adulto -, la detestaba desde lo más hondo de su corazón. ¡Qué maneras de despertar!, qué ansias por ser tan buena gente. Además, ¿para qué querían aquellos trastos? ¿A qué la excusa de tanto gasto en esos cacharros, y, sin embargo, no encontrar una buena para darle a él un bocadillo todos los días?
El resentimiento le desapareció enseguida. Bordeando la plaza principal, divisó a una pareja de municipales en sus relucientes motos de domingo. Por casualidad, según él, los domingos no había que preocuparse de pagar por salir a la calle, pero como tampoco estaba muy seguro de esto, se alertó, levantó y andó, aparentando que paseaba como un buen cualquiera en el parque. Este miedo nunca se lo contó a nadie, y era su gran secreto, como toda su vida.
Él veía a todos los ciudadanos pagando en esas maquinitas de la calle, y no sabía que pagaban la ORA del aparcamiento del coche.
Él, en su ingenuidad, creía que pagaban para salir a la calle.
También les veía subirse a un coche y huir en cuanto veían a alguno de uniforme cerca. Para él era lógico. Cuando llegó a la ciudad descubrió que no todos los perros tenían familia. Más aún, que habían más como él, que perros. Los humanos no le dieron miedo, de hecho parecía conocerlos ya, incluso entender algo de su lengua.
Lo que sí descubrió fue que para todo lo que hacían necesitaban dinero, y que ese mismo dinero te libraba de los problemas. Desde que se enteró, vivía con miedo de que destaparan su caso, y vieran que nunca pagó por vivir en la ciudad. Lo encarcelarían, o a saber qué peor condena, y no le dejarían estar más en su casa, la calle, pues concluirían que jamás podría pagar por usar la acera. Para lo único que se había acercado a las máquinas que despachaban los tickets era para ver si alguien se había dejado las vueltas. Para desgracia suya, lo de encontrarse dinero por fortuna eran historias de otros, pues aún hay quien cuenta eso de que en tal o cual dispensador se encontró un par de euros. Pero de los números nada más conocía lo que era la moneda de un euro, y la de dos; y que la de dos, al ser más grande, valía el doble que la otra. Vamos, que con dos de una tenía una de dos. Luego iba el billete de cinco, pero no sabía por qué dos monedas de dos euros no eran un billete de cinco. El tres y el cuatro no eran más que leyendas para su mente. 
¡Qué mundo extraño este en el que le tocó convivir!
Los pocos conocimientos que tenía los adquirió en ese colegio del que tantos hablan y al que pocos acudimos: la escuela de la calle – y no digo de la vida, porque eso no es vida -. A la hora que iba siendo, el portero ya debería haber abierto la puerta principal. En esa escuela, para quien no asista, no existen los días festivos ni las vacaciones. Allí todos y cada uno de los amaneceres son lectivos. 
Cacho tampoco se perdería la clase del domingo.
Si hubiese sido miércoles, quizá hubiera hecho pellas – porque esto no está prohibido en ningún instituto -, y se habría marchado al rastro. Cómo no, habría llegado el primero a las inmediaciones del estadio. Se metía bajo uno de los pilares de hormigón y, tras unos segundos, salía con un enorme y ajado trozo de tela - puede que el viejo mantón de una vieja loca -, que en poco le serviría de mucho. 
Lo extendía a modo de mantel en el aparcamiento que bordeaba las instalaciones, y empezaba a colocar lo que iba encontrando por la rambla que se habría paso justo al oeste. La mercancía que ofrecía, podría considerarse en su conjunto de: cosas. Le preguntaban por el precio de cables, trozos de cables, trozos de trozos, de partes de ordenador, candelabros, pomos de puertas, botones, tornillos, pilas usadas, espejos rotos, escaleras, tostadoras, motores de batidoras y en general todo tipo o parte de electrodomésticos – aunque más bien parecían electrosalvajes -, algún que otro gato quemado que se pensaba disecado, o páginas sueltas de libros y diferentes residuos escritos. Para esto último su sistema de venta era muy peculiar. Tomando una vara por medida, ponía en fila los libros - si el azar le hacía encontrarse con varios - y los vendía por metros – a lo ancho, no se crean que era tonto -. Todo, absolutamente todo estaba era vendible, lo inevitable de la economía de mercado. Incluso alguna vez le preguntaron por el precio del mantón que usaba de mantel.
Pero él lo tenía claro: si se deshacía del tapete, le sería muy difícil conseguir uno en condiciones. Si lo vendía tendría que mostrar sus productos en el suelo, directamente sobre el asfalto, y ahí no había ningún identificativo de propiedad. Y no sólo eso, si no que puede que perdiera a gran parte de su clientela, pues creía fielmente que aquel manto era mágico, y hacía que la gente se fijase en lo que había sobre él, de manera que, pusiera lo que pusiera, al final se vendía.
Más o menos arreglados, representantes de todas las clases y familias circulaban por el rastro, en busca de repuesto, o puede que algún original, si sabías moverte. Quien en su casa no tenía rota, perdida o robada tal cosa, la tenía el otro, y todos, contradicciones de la vida, consideraban que recuperarlo en el eficiente y económico sistema de mercado era un robo. Lamentablemente, tanto los mercaderes como Cacho, como los acreditados por el ayuntamiento - con su puesto de por vida - ofertaban productos en su mayor parte procedentes de algún hurto. Nada se había sudado, igual, igual, que en cualquier otra gran superficie. Por eso se sentían todos tan a gusto en aquel rastro, porque se basaba en lo mismo, en robar y ser robado, pero más a la cara. Y si el destino intercedía, hasta podías negociar con quien te robó la radio del coche un buen precio. 
Durante las horas de mayor ajetreo Cacho se colocaba en mitad de su sábana y alzaba los productos uno a uno a quienes pasaban: « Tome, tome, seguro que le hace falta ». Si nadie se lo llevaba en cinco minutos, lo tiraba hacia atrás por encima de su hombro y tomaba otra de sus atracciones, que bien podía ser un pedazo de lo que se acababa de romper. Recoger la basura de la rambla y ofrecérsela de nuevo a quien la desechó, parecía contentarle, y ya que a él nunca acudieron los reyes magos, ¿a ver si es que iba a ser él un rey mago? Al fin y al cabo, nadie nunca los ha visto, y no se sabe cómo son. Así se tiraba seis o siete horas, hasta que, sin aviso, el lugar empezaba a desalojarse. Los puestos recogían para marchar al pueblo de al lado por la tarde, el resto para ir a comer.
Pero antes, sin embargo, siempre había tiempo para un vistazo de última hora. Empezaba un mercado más sutil, menos dialéctico y en el que más dicha trae la ganga: el mercado de los restos. Sobre el suelo se dejaba todo lo que los vendedores no supieron liquidar. Se podría decir que se quedaba tirado el talón de Aquiles de cada vendedor. Ahí entraba entonces la mano dura del capitalismo. Los comparadores más duros habían esperado a que los precios estuvieran por el suelo, y entonces acudían a ellos como moscas a la mierda, hasta que no dejaban ni rastro del rastro. Ahí sí podía ocurrir alguna movida, cruces de palabras muy serios y discusiones tensadas hasta romperle algún diente a otro. Es fantástico ver como, al final, la naturaleza del humano se revela a su sistema, rivalizando por la carroña que no querían ni los más pobres. Turistas, empleados, jefes y jefazos se paseaban entre los restos de la escena dándole pataditas a cada cosa, tanto para inspeccionar si estaban enteros, como para husmear lo que había debajo. Curioso ver que, si se agachaban, cogían el producto y ya no lo soltaban.
Tenían un poder especial que les facilitaba descubrir, desde la cota de su mirada, si era una gran adquisición o una estafa. Sandalias, chancletas, zapatos y tenis golpeaban sin desánimo los objetos allá abandonados, pudiendo, muy bien, dar dos o tres vueltas al estadio a base de amables pataditas que se clavaban en los objetos como dardos. Cacho subía por una de las rampas del estadio, y, desde lo alto, veía la marabunta de adinerados intentando hallar entre los despojos ese tesoro que se había puesto allí para ellos. A veces se fijaba en alguno de esos productos que abandonó, esperando a que alguien se lo llevara. Si esto ocurría, seguía a quien se lo llevaba y lo espiaba hasta que entraba en su casa. Sentado en la acera, mirando los pisos, se imaginaba en dónde colocaría su cosa y qué utilidad se le podía dar dependiendo del barrio en que se encontrara. A pesar de la felicidad que le causaba proporcionarle un hogar a sus cosas, también sentía grande tristeza al desprenderse de ellas.
Los días de sol solían ser los peores, y ya no por la solanera, si no porque en la mayoría de puestos disfrutaban de algún mal menor que les servía de sombrilla. Él nunca tuvo la oportunidad, o la capacidad, de hallar una de la nada, aunque lo más seguro es que la hubiera vendido, porque, a decir verdad, tampoco eran tantos ese tipo de días. ¿Cómo cargaría con aquel armatoste después de desmantelar el circo? Bastante hay con vivir. Si venían guardias, él, disimuladamente ya los tenía vistos hace rato, mucho antes de que los vigías de otros dieran el primer aviso. Sobrevivía, sí señor.
Además, no hacía mucho había conseguido ganarse la confianza de una abuela gitana que se hacía cargo de diez o veinte nietos, dependiendo del día. Uno no puede sospechar la cantidad de chiquillería que allí se escondía. De hecho, se encontraba el medio hijo que le falta a cada mujer para facilitar el recambio generacional.
Así de primeras sólo se vería al diez por ciento. Pero si te quedas parado y en silencio, observando, al igual que en el campo surgen de la nada los bichos, lo mismo ocurría en el mercado con los niños.
Aparecen ojos detrás de alguna pierna, piececitos en cajas; pequeños y pequeñitos entre las ropas que venden los padres, tras los jarrones, dentro de furgonetas, durmiendo junto a la mascota de turno y sus cachorros… Pero nunca ninguno de ellos había hablado con Cacho. Era una ley no escrita y de la que no se hablaba ni preguntaba. Él era un chico raro, y no importaba que fuera más pobre que ellos, ni lo huérfano que estuviera. De todas maneras, para los chavales, Cacho no era un niño por otra razón: porque, para ellos, Cacho era todo un adulto. Disponía de su propia manta, no tenía padres que le obligaran a estarse quietos, y podía fumarse las chustas que encontrara antes de la hora de comer – porque siempre es antes de la hora de comer -. A Cacho tampoco le interesaban. No entendía a esos niños, no entendía qué era ser niño, no entendía por qué era niño. Sin embargo, pese a tanto distanciamiento, una de esas mañanas de miércoles, a la abuela gitana se le escapó un gitanillo, y andaba por ahí vagando, jugando a meter la manita en los bolsillos de otros. Lo hizo de una manera tan tonta e infantil que acabó robándole a quien no debía de robarle
la cartera. Cacho se percató de todo ello; de cómo el señor lo tomaba de un brazo y empezaba a armarla; de cómo un policía se acercaba; de cómo se empezaba a abrir un círculo en torno a ellos.
Cacho, torpe pero rápido, corrió en su dirección, y antes de que pudiera parecer una interpretación, se dejó tropezar con el chaval, birlándole la cartera, e introduciéndola de nuevo en el bolsillo del desafectado al apoyarse en él para levantarse. Con las pintas que tenía, a nadie le extrañó su aparente inutilidad. Cuando llegó el guardia, Cacho ya había desparecido entre la multitud, y aunque la mano del delito estaba bien agarrada por la víctima, ¡cuál fue su sorpresa cuando descubrió que todo estaba en su sitio! El chaval, que tampoco era tonto del todo, dedujo en seguida que el chico raro había sido el autor del enmiendo. Sabía que Cacho no se movía de su puesto para nada, y que nunca en su vida había tenido contacto de ningún tipo con él. Y, sin embargo, todo se solucionó cuando él se movió. Sabía perfectamente lo que había hecho, lo que no parecía, y de la que se había librado – ya no sólo por las fuerzas de seguridad, si no por la de la abuela -. El chaval, con muy buen corazón, se lo contó a la abuela, arriesgándose a un buen castigo, pero no saben en que cuantía mucho menor que el que hubiera sufrido si le llegan a pillar. A cambio, todo ese dolor que dejó de ganar se lo transfirió a Cacho en forma de afecto y bondad. La gitana madre, como agradecimiento, le dejó que pusiera la manta junto a la suya, y si alguna vez los municipales le pedían papeles o algo, ella saldría en su defensa exponiendo que era un nieto también, por muy payo que fuera, pues lo que había hecho el ignorante de su otro nieto no se podía agradecer de otra mejor manera. Para mayor gloria del nombre de Cacho, el acontecimiento se comentó largo tiempo entre los chavales, y lo tomaron como al mejor carterista que habían visto nunca. A Cacho, quizá le hubiese gustado más tomar un plato de sopa, aunque seguro que podía pasar otro día sin caldo. De todas maneras, cuando se hacía la hora de marchar, todos empaquetaban sus cosas, junto a sus niños, y desaparecían sin dejar rastro.
Siendo domingo, por tanto, no había rastro que seguir para sacarle unas monedas. Es cierto también que podría haber apostado por ir a cualquiera de la multitud de iglesias y capillas que inundaban la ciudad, pero es cierto también que esa apuesta era fija a caballo perdedor – como el de Casuchas -, pues ya anteriormente, al igual que le había ocurrido en el ayuntamiento, entró las mismas veces que lo echaron, mas nunca de menos. No, lo único certero era que no podría librarse de acudir a la escuela. Un poco más retirado que su banco-cama, bordeando la circunferencia de paseo más lejana, se abrían los bancos-pupitre, bajo un ficus centenario. A clase habían llegado ya un par de emigrantes del este con su penoso perro, y no menos lamentables petates jipis. Eran altos, alguno metido ya en los cuarenta, rubios, largos y sucios. Les gustaba mirar. Miraban a la gente pasear, a los camareros, a los árboles, y al suelo. Sí, se pasaban la mayor parte del tiempo sentados mirando al suelo. Lo que más les gustaba, sin duda, era el suelo. También había llegado ya Sebas, nativo adulto, bajo y moreno, pero no por ello menos sucio. Sebas siempre iba afeitado, o mal afeitado, no como los jipis, y siempre llevaba pinta de medio dormido, o más bien, medio colocado. Cuando estaba contento se reía sobremanera, pero si le pillaba la depre mejor no estar cerca.
Se dejaba influir mucho por su estado de ánimo. No es tan normal, no se piensen. Por muy desgarradora que sea la situación, no es para estar dándole la brasa con lo mismo a cada uno que pillas por delante. El Lara, quien descubrió a Cacho en la parada, entraba por otra de las puertas. Podrían haberlo confundido con un profesor, ya no sólo por la edad o por la grandeza de su cabeza y manos, acabadas también en cinco largas y anchas falanges tan arrugadas y magulladas como su cara. No, nada de esto nos llevaría a confundirlo con un profesor, si no fuera porque, al igual que ocurre con los verdaderos maestros, no se le entendía un pijo lo que hablaba. Sin embargo, no era más que otro alumno. Tampoco tardarían en llegar a la escuela una pareja de indigentes que, aunque no eran pareja, formaban un buen par. Se dedicaban a pedir a to quisque, en las puertas de los supermercados, cines, bares, máquinas de la ORA, a cualquier hora y para cualquier causa: que si para el autobús, o para un bocadillo, o para ir a ver a su madre, que lo acaban de soltar… Generalmente pedían dinero, pero si no llevabas te pedían tabaco, y si no el ticket de autobús para intentar revendérselo a otro en la misma parada. Les valía cualquier cosa, lo
necesitaban todo. Era extraño que aún no hubieran acudido, pues, entre el resto de alumnos, eran considerados los empollones.
Cacho, que en los últimos tiempos los veía con un comportamiento desacostumbrado, se daba razones para dar rienda suelta a especulaciones sobre que algo llevaban entre manos.
Mientras esperaban en sus asientos, los eslovacos mantenían una discusión al igual que Sebas con el Lara. Inevitable que en toda clase se vayan formando grupitos. Sebas era de los que se llevaba bien con todos, aunque no le dejaban estar con ellos más de cierto tiempo, y es que hay gente que no tarda mucho en ser pesada. 
Cacho se acercó, y tomó asiento en un extremo del banco que ocupaban los del este. Sinceramente, le caían bastante mejor que los vagabundos oriundos. Veía en ellos, en la parte despoblada de sus barbas, en la dulce manera que cuidaban a sus animales, unos aires que a él le gustaría tener en un futuro. Le gustaría ponerse a andar e irse lejos, muy lejos, y conocer otras escuelas y los alumnos que en ellas estudiaran, cambiar de pupitres y compañeros. Iría al norte, para subir de curso; y luego al sur, para bajar del burro. 
Balanceaba los pies que le colgaban por el filo del banco, y miraba al perro retozar feliz patas arriba, cara al sol. Le recordó al chatarrero, y los perros que le cuidaron. ¿Qué le impedía a él ser tan feliz? ¿Cuál era la causa de que los animales vivieran con la divina necesidad de no sentirse muertos en ningún momento? Se bajó del banco y se tumbo junto al perro, cara al sol. Volvió a mirar al chucho, y éste seguía feliz, incluso más que antes, pues apreciaba su compañía – a juzgar por los lametones que le dio -.
Por fin alguien le limpiaba las legañas.
- ¿Qué?, chico. Al final has venido, ¿eh? ¡Qué bien!, ¿no? Y así, ¡ala! A disfrutar de la mañana. Qué, de domingo, ¿eh? ¿No te habrá sobrado nada de ahí arriba? Y luego vamos a la playa, ¿no? Je, je, je. ¿No?, ¿ni un poquito?
- Déjale, hombre. Deja al pobre crío. No ves que no te hace caso.
Déjalo ya.- Interrumpió Sebas el fluir incongruente de las palabras del Lara. Como vemos, para la paciencia que exigía, mostraba escasos ejemplos de a qué se refería. No sabemos qué sucedería, pero por alguna razón el Sebas no podía soportar al Lara, su forma de hablar grave y desorientada, distorsionada, desafinada. 
- ¿Y tú qué?- Le reprochó inmediatamente.
- A mí déjame en paz, colgao.
- ¡Loco!, ¡como mucho loco!- Propuso indignado.- Pero nunca colgao. ¿O piensas ponerte a hacer política? Mira el censuras este, un canijo como el “otro”. Yo a los políticos los colgaba a todos del mástil más alto, y luego que sea otro quien lo bote, porque a mi no me pillan.
- Loco, pues loco. Si a mí me da igual, si estás colgao, como tus políticos.
- Pues hablaré con el perro.
- Tú al perro no hablar.- Se le opuso uno de los jipis.
A Cacho la interposición le satisfizo en grado sumo, pues en su interior aquella discusión por la educación del perro la asociaba con él, que entonces se encontraba tirado en el suelo acariciándole el pecho. El perro del que verdaderamente hablaban era Cacho, y el jipi era su protector frente al loco imperio del Lara.
El foso de la plaza comenzaba a llenarse de los pequeños enseres de cada linaje: balones, patines, globos, elásticos… Y desde la vaya que se asomaba a lo alto, miraban los orgullosos padres, que al poco se aburrían de sonreírles, y vagaban por la plaza oteando y ligando. Mira, por allí va el gitanillo al que ayudó aquel día. Antes de bajar al foso con sus “primos”, le hizo a Cacho un gesto para que se acercara a jugar con ellos – o al menos con él -, pero Cacho no se movió de donde estaba. ¿Cómo explicarle que en la escuela de la calle tampoco hay recreo? Discretamente, por el otro flanco, surgía la gitana madre. Había dejado a los chavales, como el resto de tutores, en el foso, mientras ella se dedicaba a su trabajo. Acudía a la escuela como si fuera a dar una charla, una lección maestra sólo para los de postgrado. Cuando pasó por delante de Cacho le saludó con la mano, y él le devolvió educadamente el saludo. Todos los demás quedaron quietos y
callados, incluido la Lara, quien ya se había llevado más de una hostia por hablar en mal momento – sin duda, sobrado de talento no estaba -. La gitana se fue al último banco, y allí se encontró con un negro y un magrebí. A pesar del idioma y de la visceral y agresiva gesticulación de cada uno, a su manera, parecieron entenderse a la perfección.
- Hasta hace dos días estaban matándose entre ellos, y ahora, míralos, pactando.- Comentó el Sebas. 
- Los negros no saben con quién están acordando, pero yo sí sé de quién se van a acordar mañana.- Respondió al aire el Lara.
- ¿Y por qué mañana? 
- ¿Qué le pasa a mañana?
- Que mañana ya no volverá.- Explicó Sebas, alardeando de la poesía que hace tiempo descubrió en los libros.
- - Mañana volveremos todos, ya lo verás. Y los jinchos, también.
Hoy no han venido.- Los jinchos a los que se refería el Lara eran una pareja de estudiantes pijos malcriados con problemas de padrastros, internados y cosas de esas que sólo les suceden a los ricos. Decidieron escaparse de casa hace tiempo, y en las calles se conocieron.
- ¿No has tenido bastante aún con las hostias que te han dado?
Deja de perseguir a la yonqui esa.- Le reprochaba el Sebas, brindándole la oportunidad de aprender de una vez la lección.
- Si no por jincha, borracho. Por negros.
- ¿Qué negros?
- Los de gitana, tío.
- Con ella sólo hay un negro, el otro es moro.
- Pero blanco no es.- Veía, por momentos, el Lara.
- Y tú tampoco. Pero hasta la gitana es más negra que el moro.
- Lo sé.
- A ver, ¿qué es lo que tú sabes?
- Pues que dos negros, cojones.
- A ti da igual cómo se te hable. Como las bolsas, que les das la vuelta, y bolsas otra vez.
Entonces los jipis se miraron y rieron, y el Sebas les miró y rió, pero como los eslavos no querían que se les acercase más, se olvidaron del comentario y volvieron, junto a sus tatuajes, a la tarea cotidiana. Se mantenían ocupados en ordenar y reordenar las mochilas, sin sacar nada y la mayor parte del tiempo con las manos hundidas en ellas. No eran graciosos, ni mucho menos tampoco, y no lo intentaban. No eran amables no lo querían ser, y a ser posible evitaban todo contacto con el exterior. Pero lo inevitable es eludible, y si había que compartir clase, el mundo no se acabaría. Cacho tampoco sabía cómo se las arreglaban para tirar pa lante, pero sabía que eso de ser extranjeros les facilitaba el trato con los forasteros, estableciendo un colectivo en el que se ayudaban conjuntamente. A Cacho le emocionaba ver cómo, cuando aparecía algún vagabundo de otro país, siempre se abrazaban, compartían, hablaban, disfrutaban, y luego le enseñaban esa fantástica diversión que era mirar al suelo. Entre los oriundos, en el mismo el país, sólo se dan patadas. Por eso no quería ser de ningún sitio, porque no te trataban bien.
El parque y la plaza comenzaban a tomar vida conforme el día proseguía su camino. La plaza principal era un parásito, un enorme parásito que no sólo se quedaba con la sangre de los que allí se entrompaban, si no que vivía con sus vidas, y en la espera hibernaba. Pero, siendo domingo se iba a hinchar. Unos llegaban al tiempo que otros se iban, quedando a dar de comer a las palomas, o a los peces de aquel simpático estanque que separaba el asfalto de los peatones. Cacho se había colado dentro de un jardincito rodeado de setos, buscando entre el ramaje interior alguna botella
escondida del botellón de la noche anterior - los de la limpieza no solían preocuparse de rebuscar entre los setos -. Mientras paseaba en derredor de uno de los jardines periféricos, pensó en los animales que habitaban la plaza. En otro tiempo adoraba a esos animalitos, e incluso jugaba con ellos, pero ya no sentía igual. ¿Qué divina virtud los creó que había que adorarles antes que echarle un trozo de pan a un pobre? ¿Por qué no hacían, como pasatiempos, echarles comida a los pobres en una plaza? Ellos volarían si fuera menester, y harían mil tonterías más por un poco de saciar el hambre. ¿Por qué no eran divertidos? ¿Por qué, incluso, les prohibían pugnar con palomas y peces por pan y maíz, por un trozo de bollo o chocolate desperdiciado que el animal no sabría apreciar en su plenitud? No, esos animales se estaban comiendo una comida que debía ser suya. Tampoco obtuvo para él botella desperdiciada de la que sacar tajada. Así que volvió a su asiento, y allí intentó aprender a estimar el suelo, pero no le resultaba fácil. Algo le impedía quedarse relajado, centrarse únicamente en el suelo: la llamada de la multitud. No pudo evitarlo, el ingente flujo de gente en la plaza era mucho más llamativo, y dirigió la mirada a ellos. Entre la maraña de caminos que ahí se enlazaban, se abría paso el de una anciana de cuarenta años. Era una mujer largamente maltratada por las vicisitudes de la vida, y de la droga, y de los maridos, y de las enfermedades, y de los médicos. Cacho se quedó mirando a Teresa, la madura anciana, magullada y coja, viendo cómo aquel domingo tampoco solicitaba plaza en la escuela. Nunca tuvo el placer de compartir mesa con ella, ni nada. No sabía si era una antigua alumna, o se encontraba en un colegio mayor cursando cualquier atrocidad, ni tampoco tenía pinta de profesora. Cacho no entendía cómo podía seguir viva aquella persona. ¡Había empeorado tanto en tan poco tiempo! En meses pasó de ir coja, a llevar una, y luego dos muletas. Las piernas vendadas hasta la rodilla y el resto de la piel acartonada. No le quedaban dientes, y le desteñían una sin finitud de brechas y llagas. Había sufrido de tantos males, y tanta droga por meterse que parecía ser no la dejaban relacionarse con nadie, con ninguno de los de la escuela, ni con su propia hija - según alguna autoridad creyó pertinente -.
Cacho prefería seguir estando libre antes que bajo la mano protectora de cualquier autoridad impertinente. Todos los días vagaba por la ciudad. Todos los días recorría cada una de las calles, bares, taxis, oficinas, sin que nadie supiera por qué razón aún no expiraba. Era de esas personas a las que les das algo porque piensas que en seguida se van a morir, pero nunca se mueren ni se las llevan, y entonces les tienes que seguir dando, y entonces dejan de serte simpáticas, porque no desaparecen. Un día mueren, y piensas que debiste haberle dado algo más, aunque se lo hubiera
gastado en lo menos indicado, pues a ti, como queda demostrado, ese euro no te salvó la vida. Ella, según parecía - y si es que de todo esto se puede sacar alguna conclusión - había formado su propia escuela, o una academia en la que al menos nadie se apuntaba – aunque cuan bien le habrían venido esos dineros -. A veces, si algún ingenuo consentía en hablarle, se lamentaba de ello, y en consecuencia, de su vida. No buscaba con quien hablar, sólo una manera de caer bien, de no rechazo, para que todos los días le dieran unas monedillas, y así hacerlos fijos de la rutina. Con aquella 
calderilla rellenaba su caldero mágico de ilusiones por renovar, de polvos marrones y blancos que sólo los valientes aceptan como derrota.
Para poder contemplarla, salió de clase y se sentó en el borde del estanque. Desde allí aún divisaba su cojera, alejándose con pasmosa lentitud hasta el final de la calle. En el trayecto los peatones tuvieron oportunidad de apartarse de su camino, y ninguno la desaprovechó, cambiándose todos de acera en cuanto pudieron. 
El ruido de un chapoteo en el agua captó la atención de Cacho, desvaneciendo así el recuerdo de lo más parecido a una abuela que había conocido. El chapoteo era tan directo, tan real, y lo provocaban dos grandes peces que peleaban por un trozo de sándwich que alguien prefirió tirar antes de dárselo a Cacho, como de costumbre. ¿Por qué no podía coger uno de aquellos peces, o el trozo de pan? ¿Porque no tenía licencia de caza o pesca? ¡Ah, si pudiera pagarla! Todo sería distinto para esos estúpidos peces, o las palomas. El estómago de Cacho no es que se hiciera agua, si no que se autodestruía. Cada uno de los retortijones que sentía era un grito de las tripas al corazón, como si éstas lo hubieran tomado de rehén y amenazaran con aniquilarle si no le daban algo de comida ya. ¿Qué sabrá un pez? ¿Y un pescado? A pesar de ser un mendigo, y vagabundo, tenía sus caprichos de niño. El problema, entonces, estribaba en encontrar fuego, más aún, un buen sitio donde hacerlo y asar el pez – lo de la sal era lo de menos -. Pero en una ciudad no se pueden encender fogatas sin un pertinente permiso, si no, en cualquier momento te pueden prender. Lo que
tenía claro es que crudo no se lo podía comer. Aquella vez que lo intentó, bien lo aprendió. Como siempre, aquella anécdota, y lo que llevó a ella se recuerda con humor, aunque, en mi opinión, muy malentendido por el propio ser que lo siente, pues en aquellos días era igual de pobre, tonto, mísero y abandonado. En aquel entonces aún tenía la ventura de haber vivido muchas menos penas y experiencias lamentables. Fue poco deseable, aunque hay que reconocer que gracioso, cuando aquella tarde le cagó la paloma. 
Los niños de alrededor, y algunos estúpidos adultos, se reían del pobre niño pobre, y subnormal. Se acercó al estanque a limpiarse, pero como no llegaba, se agachó un poco, con tan mala estrella, que acabó por caerse de cabeza. Si lo de la cagada fue vergonzoso, la caída resultó lamentable, y el público vio, y rió como hienas, y a punto estuvo de aplaudir, pero la rutina se los comió, y viendo que nada nuevo hacía más que salir e irse a esconder, volcaron de nuevo las miradas en sí mismos esperando a que alguno se tropezara en un mal paso.
Cacho, sin nada que echarse a la boca, sólo se había tomado su tiempo para salir, pero luego lo recuperó al escapar como un furtivo.
Los viandantes, plazapaseantes, pensaron que fue por vergüenza, mas, afortunadamente, a Cacho no le quedaba de esto, ni honra, ni orgullo, ni virginidad con la que excusarse - y es que masa fortuna no da mente -. Allí en el agua, una vez vista la oportunidad, no podía dejarla escapar, y menos si llevaba un hermosísimo pescado bajo el brazo. Una vez a salvo de miradas se mantuvo oculto, con el pez vistiendo la camisa que ya no llevaba – quizá para disfrazarlo -, esperando a que la noche le facilitara las cosas. En la demora, no obstante, comprobó que no todo iba a salir tan bien como pensaba.
¿Acaso lo ilegal para los humanos es castigado por lo divino, al igual que un penalti mal pitado se falla? ¿Es la ley igual de extrapolable al fútbol para Dios? Me explicaré: con lo del chapuzón no sólo se mojó él, si no que también lo hicieron su ropa y los mecheros que llevaba en ella. Como no podía moverse del sitio, tampoco pudo ir en busca de fuego. ¿Y cómo encontrarlo? Con las prisas no se acordó de tomar unas monedas del fondo, ya no para pan, si no para algún imprevisto como éste. Temeroso, además, por
si algún gato, perro, o rata salvaje se acercaba atraído por el olor a muerte, permaneció alerta, confinado en su guarida hasta que al fin anocheció. Es una pena que el hombre, como carnívoro que es, no sienta en las venas la voracidad del tiburón o la pantera mientras persigue a su presa. Ese placer, empero, lo saborea cuando piensa en la manera en que lo va a cocinar, aliñar y aderezar, acompañado a ser posible con un buen vino y postre, pero nos olvidamos por completo del animal crudo, vivo o muerto. Cacho, en un principio, y como nadie le había explicado ni comentado nunca nada al respecto, cuando ya no pudo esperar más desgajó una moya de aquel pescado y se lo introdujo en la boca. Evidentemente, no pudo comérselo, más aún, le hizo vomitar lo poco que le quedaba dentro.
En ese momento comprendió lo importante que era un mechero, por lo menos para calentar los trozo a trozo. Pese a todo, no se desanimó, y en cuanto cayó la noche se dispuso a encontrar unas maderas para hacer una discreta hoguera, y cualquier cacho de metal que le sirviera de plancha, como recordó ver en el escaparate de una tienda de jardinería.
Clandestino en un escondido callejón del centro, entre casas descarriadas y abandonadas, tras ver que uno de los mecheros funcionaba, encendió unos papeles de periódico que se fue guardando en la cintura. Pero las hojas se quemaron en un plis – plas, y no dieron, ni a la sombra, el calor suficiente para hacer arder el enorme madero que encontró. De hecho, se quedó en aquel callejón porque aquella pieza de poste de teléfonos era imposible de mover, así que dispuso los materiales debajo, presionando hacia adentro. La plancha de metal que se apoyaba en oblicuo, por tanto, permanecía igual de fría que la muerte del pez. ¿Por qué no pasaba su amigo el cartonero por allí? Hubiera sido un buen momento para aparecer y sorprenderle. No es que se tratara de un gran amigo, pero sí se cruzaban de cuando en cuando, y entonces el cartonero, acérrimo devoto de los niños, le invitaba a subir encima del carro, mejor dicho, carretilla con ruedas de bicicleta, sobre los cartones que acumulaba. El cartonero era un personaje singular, pero disperso. Como decía, le gustaban mucho los niños, y de hecho en cuanto pudo se casó para tener tres o cuatro. Su padre también había sido cartonero, y su abuelo, y sus tíos, pero ninguno de sus hijos quería seguir la profesión. « ¡Que no tiene futuro! », les gritaba colérico el padre, orgulloso de su trabajo. « Así ha sobrevivido la familia que os ha dado el apellido, un respeto », y zanjaba tajante la cuestión. Seguro que al cartonero no habría puesto pega en quemar uno de sus cartones para que Cacho se hiciera la cena; y Cacho seguro que no habría tenido inconveniente en darle la mitad, si no más. Incluso le habría pedido que cocinara él, y habrían hablado, y le habría contado mil y una historias a cambio de esas mil y una noches en que no se verían. A Cacho no le hubiera importado descender del cartonero, y al cartonero le hacía ilusión imaginar que algún día pudiera tener un aprendiz. Pero aquella noche no se vieron, ni en adelante tampoco. Los hijos del cartonero tenían razón. 
El negocio iba mal, y, al menos en esa ciudad, ya no se podía sobrevivir de los residuos de los demás. Se marchó a montar el negocio en alguna ciudad más acogedora, pues no pensarán que se le ocurriría dedicarse a otra cosa. A sus años, y con sus valores, nada sabría hacer mejor.
Todo sucedía quieto, en silencio claustral. Allí abajo, sentado, abrazado a las rodillas, miraba al pez muerto sobre la plancha oxidada, entre los escombros y paredes sin habitación, azulejos y pinturas, tuberías y cristales rotos. La luna y las estrellas brillaban, pero por encima de las luces de neón. Además, una tupida capa de nubes le impedía ver su luz y olvidarse del mundo. ¡Sólo quería un poco de fuego! Irritado, mechero en mano, fue probando a ver si ardía lo que encontraba por alrededor, pero ni el yeso, ni el vidrio, ni la porcelana son materiales adecuados. Hasta que se quedó sin
gas. Entonces odió, odió con odio a la más absoluta de las nadas. Ylloró, lloró por nada, sin que nadie le escuchara, sin una piedra caliente a la que abrazar su hambre. ¡De nuevo obligado a ir a Casuchas! Él no quería, no quiso, y nunca había querido. ¡Pero lo hacía tanto! Emprendió el camino andando a los pequeños pasos que daban sus cortas piernas, directos a la ciudad del vicio. Por el camino recogía las colillas, agrupándolas en su bolsillo. Luego sacaba un papelillo. Como estaba mojado, la pegata no pegaba,pero tampoco importa si los sabes prensar bien. Para cuando llegaba a la circular del puerto ya lo tenía liado. Allí las putas le dieron calor, le secaron y dieron fuego para el cigarrillo, pero de ninguna manera pudieron disfrazar la peste a pescado que desprendía. Ya le tenían preparado para el primer cliente. Él se alejó de la zona hacia Casuchas. Una puta, la buena puta, antes de que se marchara, le regaló una magdalena que guardaba para su hijo. «Al menos mi niño tiene madre », se decía. Por el corto camino que le separaba de las casuchas, seguro que alguien le pararía por la carretera, y en alguna u otra fachada de las naves abandonadas, o en el jardín desahuciado, o en el descampado de la muerte, comparecería en algún trabajillo, recibiendo a cambio la dosis necesaria para saciar el hambre de todo un día, y no una simple magdalena.
Sentado sobre las piedras que bordeaban el falso estanque recordaba todo esto, perdiéndole la vista a Teresa y su cojera. La verdadera realidad le asaltó y le mantuvo ocupado. No, él, ese día tampoco quería volver a Casuchas, ¿Pero cómo encontrar una oportunidad para dejarlo todo atrás, cómo buscarla? ¿Dónde encontrar comida, entonces? A pesar de engendrar toda esta extensa biodiversidad en la que ahondamos, el ecosistema donde se manifiestan estas conductas y relaciones no era grande de dimensiones. La ciudad era tan pequeña que les salía más rentable vender la basura antes que hacer un vertedero o dar trabajos en reciclaje público. La empresa que se llevó el contrato dispuso en las calles contenedores de todo tipo, forma y color, y la gente recicló tanto que no dejaron ni las sobras para sus restos. Al no tirar basuras, cristales, papeles o cartones, ni residuos, ni mondas lirondas que repelar, la vida en lo más bajo se volvió mucho más dura y competitiva. Quién sabe si alguna de estas razones no fue la que llevó a su amigo el cartonero a desaparecer sin despedirse.
Buscar comida se volvió tarea difícil, y más cuando se pusieron de acuerdo en no sacar las basuras fósiles hasta la noche. Hubo un tiempo en que se podía vivir con las enseñanzas de la escuela: los tipos de bolsas de basura, consistencia y transpiración; el aroma de los alimentos podridos, y el de los que era mejor dejarlos para mañana; qué fragancia engañosa guardaba un manjar suculento o dónde no acudían perros, gatos o ratas. Incluso cuál de ellos, en un momento adecuado, podía resultar delicioso. Sobrevivir siempre se puede, lo difícil es vivir con uno y no convivir con él. Vivir y no participar de la vida. Sobrevivir ya lo hace el cuerpo sin ayuda, no nos necesita para respirar, ¿verdad? Por ahora, con la basura bajo llave, todo cambiaba. Pocos eran los malos ciudadanos, y muchos los camuflados. Hubo épocas, incluso, en las que a las puertas de cualquier vieja o farmacia podía conseguir, de los medicamentos desechados – por defectuosos o caducados -, el remedio para alguna inoportuna enfermedad. No es que le curaran los medicamentos, pero al menos le sedaban y pasaba la semana.
Gripes y resfriados se le curaban con medicinas para dolor menstrual, viagra, o ginseng triple fuerte. Nunca sufrió de dolencia grave o de mortal necesidad, salvo vivir. Él vivía en la calle, y allí, con tanta desinfección es difícil que ocurra algo. Quizá también debiera agradecer no tener mayores problemas de salud a lo poco que alternaba con tipo alguno de niño, o quizá a que no se lavaba muy a menudo y la capa de roña le protegía como una armadura. 
Como mucho se lavaba la cara, si las autoridades consideraban adecuado que la fuente de la plaza funcionara. Pero como todos bebían bien en sus casas, sólo funcionaba una semana por año. La lluvia, pues, siempre era agua de abril en mayo, y sacaba una pastilla de jabón que guardaba en un paño como oro. Tenía cacharros esparcidos en donde almacenaba aquel agua de lluvia, porque, si los perros podían beber, ¿por qué no él? Pero esta no era su única fuente de ingresos, sólidos o líquidos, en el estómago.
Solía pasear por las calles de la ciudad, discreto, en silencio, como la noche sucede al día. Paseaba entre las mesas de quienes comían y bebían, y cuando lo consideraba oportuno, después de ser abandonada alguna mesa, si el ajetreado camarero no podía acudir y nadie miraba, tomaba los vestigios de las tapas o bocadillos, y bebía de los vasos que quedaban. El menú, pues, cambiaba todos los días, y ya podía ser una punta de queso, o pan sólo con vino y cerveza de desayuno, o pellejo de salchichón con requesón y refresco, o una anchoa con batido de chocolate, ¡o carajillo con puro! Nada se le escapa al paladar. Pero esto sólo lo hacía una vez por semana, o dos, si no había más remedio. No quería que le descubrieran. A ningún mendigo le dejaban pasear por aquella manzana, y él no quería ser el primer gusano. No molestaba a la clientela, y como era así, rarito, pues daba más pena que un viejo borracho, y le permitían deambular mientras él lo permitiera. Si no era idiota, se mantendría bien aparte de los comercios, para bien disfrutar después de los manjares de los otros. Había cuando se chocaba con algún extraño turista y le birlaba la cartera. Llegó a ser tan bueno que no merecía la pena, ya no sólo por el asunto de la discreción, si no, más bien, porque ser bueno no significa no comer rodillas, así que lo hacía una vez por semana como mucho. Un día u otro conseguía bebida y alimento, logrando pasar las jornadas y las semanas, pero no el tiempo. Al menos hasta que marchara a lugares donde exista gente como él. Otra ciudad donde hablar con niños mendigo, deformes e ilusorios, con quienes jugar a vivir. ¡No podía ser el último de su especie! Dios no podía dejar que sucediera. Cacho, al final, debía encontrarse con los suyos, y con alguna de su clase se casaría. Tendría hijos, y les enseñaría todo eso que, en la escuela, le decían que sería tan importante en el futuro. Futuro, siempre un paso por dar, un paso que para algunos se transforma en portada y les lanza de nuevo al pasado, atormentando con dolor, recordado que estás al límite, siempre colmado de pasado, sin presente o futuro que llevarte a la boca. 
Bajó del estanque y se metió por la calle que hizo desaparecer a Teresa. Un bar, una sala de máquinas, una tienda de juguetes, una inmobiliaria, otro bar, un banco, otro bar, otra inmobiliaria, otro banco, otro bar, contenedores de basura vacíos, calles limpias sin colillas, una bolsa, un pie que la pisa, un aparcamiento en un edificio. ¿Tampoco hay sitio para un cuartito para él allí? Un lavadero de coches. A él no le vendría mal que le lavaran la carrocería, pero ese agua era sólo para los coches, y él era peatón; y el jabón para los cristales, y las chapas, pero él era chapero. Bien se lo recordaron la imagen de aquel padre y su hijo al salir del lavadero. Esa persona que ahora llevaba a un niño del brazo, Cacho juraría que era el mismo al que más de una vez - y la primera no fue a la que anteriormente se hizo referencia - le agradeció los dineros para gastarlos en Casuchas. Le tocó y acarició en más de una ocasión en más de una noche, por nada de dinero en realidad, y por muy poca droga en cantidad. ¿Querrá a su hijo de la misma manera que a Cacho? No, a él sólo lo compraba con regalos. En esta ocasión el niño traía entre manos la última novedad que le lloró a papá, el “Pompipompas”. Jo, las pompas que se hacían con el “Pompipompas” eran fantásticas, cien mil veces mejores que las que se pueden hacer con agua y jabón, o eso era lo que escuchaba comentar a los niños por el parque, o cuando discutían por las calles de camino al colegio o de vuelta a casa, porque a saber dónde aprenderán esas criaturas. Las hacía tan redondas, tan cristalinas, tan consistentes, tan brillantes, tan efímeras, frágiles, cadentes y decadentes. A veces se decoraban con los colores del arco iris, como hacía el agua que salía del lavadero. Buscó en una obra cercana. Encontró un trozo de alambre muy fino, y una ramita de árbol flexible, quizá de alguna hiedra seca, dócil y, al parecer, apropiada. Llegó y se sentó en el bordillo de la acera, donde se almacenaba el agua con jabón que salía desde la otra parte de la calle. Primero tomó la ramita y la dobló en la punta hasta hacer un círculo, pero como no se mantenía cerrado lo mantuvo con la punta de sus dedos. Lo hundió en el agua enjabonada y sopló, pero no salía ninguna pompa. Luego probó con el alambre, pero tampoco funcionó. Sabía que la guerra era injusta, de las bondades de las religiones, de la realeza, de los oficios, y de lo mal que está últimamente el bien. A fin de cuentas, sabía que era malo robar, y también qué era malo robar, y a quién sí era justo, pues había escuchado algo hablar de la justicia. Sabía de las buenas y malas épocas, por el número de billetes que sacaba de las carteras, aunque también es cierto que había quiénes a los que nunca se les vaciaba la cartera de tarjetas y billetes. Las tarjetas no las comprendía, ¡cómo que dinero de plástico!, y las tiraba si antes no se las revendía a cualquier mendigo, o a la pareja de jinchos, que seguro le sacarían mayor provecho. Pero no sabía nada de ingeniería de pompas, y en vez de traerle la dicha, parecían querer hundirle en una pompa fúnebre. Allí se quedó, maldiciendo nuevamente en este nuevo maldito día. Por la calle, a esas horas, sólo cruzaban viejos, parejas de viejos, inmigrantes, parejas y grupos de inmigrantes, y todos degenerados y desgeneracionados.
Sentado en el bordillo de la acera, volvía la vista a llorar. ¿Por qué a Cacho no le estaba permitido hacer pompas? ¿Ni por casualidad? ¿Qué pasa, que aunque fuera imposible no se podría dar la casualidad? ¿El hijo de quien le vejaba si podía, y él no? ¿Eso fue casualidad? ¿No fue casualidad que el hombre no le viera, o fingió que no le había visto? ¿Quizá sudaba por dentro? ¿De vergüenza o de placer? ¿Se lo habría follado quizá allí mismo, oculto en la obra? ¿Y con su hijo mirando? A veces es tan dura de asumir la vida, pero un niño es capaz de eso y mucho más. Un niño puede caerse de un piso y sobrevivir, puede permanecer dos días en un contenedor de basura, y sobrevivir; sufrir un accidente en el que muere toda su familia, y sobrevivir. Así era Cacho, algo, algo le pasó de pequeño, algo de esto anterior o peor aún, pero con alguna explicación.
Sin saber cómo, de repente, ya no estaba en el bordillo de la acera. Estaba de pie, y andando, perdido por las calles de la ciudad, por el camino que de costumbre le llevaba al Tiempo, al amparo de la rambla, a dos pasos de comisaría. Por ahora, sólo estaba en camino, en el camino que el subconsciente le guiaba. Pero entonces, una voz se le lanzó por la espalda: « Chico, chico, párate, por favor. Para hombre, que estoy fatal para correr. Sólo quiero hablar contigo, chaval ». ¿Que querían hablar con él? ¿Cómo era eso? ¿Y además alguien que le llama chico, hombre y chaval?
- Gracias, muchacho.
- ¿Po q.. q.. qué?- Preguntó Cacho, con la estúpida cara bobalicona que Dios le regaló.
- Por parar.- Y el hombre, apostemos ya que grandullón, regordete, de pelo rizado canoso y, por qué no aclararlo ya, cubierto de manchas de sudor en axilas, pecho y espalda. Un guarrete con bigote y barba desarreglados que se paró a respirar profunda y repetidamente.- Te importa que te pregunte cuándo naciste.- Le cuestionó algo brusco.
- ¿C… c… cuánno?
- Sí, ¿en qué año?
- ¿Añ… ño?
- ¿Sabes responder, hijo?
- ¿Hij… jo?- Preguntaba, tonto de sí.
- ¿Cómo es que no estás en ningún colegio? ¿Seguro que no tienes familia?
- ¿Po q… q… qué quiee sabe c… c… cuánno n… nací?- Le cuestionó esta vez Cacho al hombre. 
- Porque soy director de una escuela nueva, en la que hay más gente como tú, y ahora mismo todos estarán aprendiendo algo, o en el almuerzo. ¿No te apetecería pasarte por allí un día? Mira, como te veo indeciso, te dejo aquí una tarjeta con mi teléfono, por si quieres que quedemos cualquier otro día. Espero que pronto. Gracias por atenderme.
El tal director retrocedió a la plaza y desde allí tomó su camino.
¿Quién era realmente? ¿Un ojeador de retrasados? Si hasta había cambiado su camino sólo para hablar con él. Qué ser tan insólito. 
¿Sería cierto eso de que había gente preocupada por los demás? Normalmente siempre había tenido que huir de todos los que le hablaban, pero es que esta vez, Cacho, querían hablar contigo.
Bueno, ahí tenía la tarjeta.
Llegó a la puerta del bar Tiempo. A ambos lados de la entrada se extendía una fila de punkis agarrotados, sentados, respaldados en la pared del bar y en las cocheras de los aledaños, y uno de pie.
Parecía que los vendiera al mejor postor: miren que bien beben de las litronas, qué alta ponen la música, con qué arte no paran de fumar y acudir a Casuchas a pillar. En sentido contrario se acercaba el Momo, o Guspi, dependiendo de quien lo viera. Llegaba, como de costumbre, algo chepudo, pero sin chepa, curvándose hacia abajo conforme se ascendía a su altura. Todas sus formas eran redondeadas, la cara ovalada, cuerpo de barril. Parecía no poder cerrar la boca, pero no metafóricamente, y del labio superior solía colgarle un hilillo de saliva. Los ojos, pequeños, incrustados en su cara de pan, se mantenían casi cerrados, y desprendían fuego por la pequeña abertura que dejaban los párpados, proporcionándole el complemento necesario para decir que se trataba de un completo zompo. Causaba rechazo a casi todos los del bar, menos a Cacho, que lo veía como a una persona con mayor discapacidad que la suya, aunque con mucha mayor capacidad económica.
La barra, a la diestra, ocupaba todo el lateral en perfecta línea recta, unos quince metros hasta toparse con la pared de los aseos.
A la siniestra, mesas y sillas que se iban rellenando con los asistentes, encajándose como piezas de un intrincado puzzle. No faltaba nadie. En la barra, los de la barra; en las sillas los de las mesas, y en ambos jugaban con sus vidas, al ajedrez, a las cartas, a leer el periódico, a fumar y beber. No habría, en ese momento, más de una veintena de tipos en el interior: Xela, la camarera guerrera; Joseba, el excamarero, junto a un par de amigos de este; el Lara, que se juntaba en la barra con un par de colegas mendigos. Uno era de espesa barba que crecía en todas direcciones. El otro iba escrupulosamente afeitado, trajeado, y repeinado, aunque como no
tenía dinero para gomina y cosas de esas, en poco se le bufaría el pelo. Su nariz era larga y puntiaguda, no como la del barbas, pequeña y achatada. También había dos nuevos prejubilados que iban de bar en bar tomándose una copa, y cinco nuevos parados, y el Momo que recién entraba y tropezaba con Cacho que se había quedado en la entrada sin moverse. Cacho eligió caerse a la izquierda, zarandeándose al perder el equilibrio, hasta poder caer en una silla libre. Entonces escuchó una risa rotunda y escandalosa, justo en el otro lado de la mesa a la que se sentó por casualidad. 
Era una risa ensordecedora y no muy aguda, aunque pareciese un caso grave. No le molestó, más bien le agradó, porque la reconocía, y conocía también a quien cabalgaba sobre aquella risa salvaje. No era otra que Esther, la puta loca artista, quizá realmente la única de todo el bar. Cualquiera es una puta, ¿y cuál no está loca?, pero el arte, llevarlo con arte, hacer arte sólo con llevarlo. Sin duda, Esther lo hacía. Pintaba, escribía, hacía historia, idiomas, escupía, no tenía maridos, novios ni hijos. No le caía bien a mucha gente, ni a su psiquiatra, aunque con los que hablaba ya tenía suficiente. A Cacho le caía muy bien. Hablaba con él de la vida, del presente y del pasado, y como los dos no querían el futuro, se lo pasaban bien esperando. Se trataban de igual a igual, y pocas veces se sabía cuál de los dos llevaba razón, o cual se lamentaba o reía.
En esas, mientras ella divagaba en su absurdo, en su vaso de zumo – pues no tomaba alcohol -, a Cacho le tocaron en la espalda. 
No era otro que el Momo, que le pedía que se liara un peta. Cacho, a pesar de todo, tenía un tipo de retraso que no le impedía ser ágil y dinámico con las manos y la mente, aunque por fuera no aparentara eso, y ni pudiera contarlo. Al Momo le sucedía todo lo contrario que a Cacho: aunque se suponía – y no sólo por la contribución que percibía del ministerio – y estaba certificado que era inútil, sabía leer y escribir, e incluso consiguió el carné de conducir, pero realmente no era hábil en absoluto. A Cacho le daba pena, y accedió a liarlo viendo que ninguno del bar accedió, incluso creyó oír como alguna voz recriminaba aquel acto de bondad, no por el acto, si no por la bondad para con el Guspi. Éste le dio una enorme piedra de chocolate – porque, según él, por muy de moda que se ponga el polen, el chocolate de toda la vida es lo mejor -, le pasó el tabaco y el papel. Parecía estar bastante bien acostumbrado a que al final alguien le hiciera los petas, y sabía que nadie pondría de su parte.
Comprendía que: ¡ya sólo faltaba eso! Esther miraba a Cacho como diciendo: « A esto te tengo enseñado ». Al terminar de liarlo, se levantó y se dirigió a Joseba, el excamarero, que en esos momentos se encontraba a mitad de una intensa partida con su mayor rival. Le pidió el mechero que posaba sobre el paquete de tabaco, ahí al lado del tablero. Por suerte no movía José, y le venía muy bien que se molestara en el ambiente. Joseba, con una gran sonrisa y muy dicharachero, le ofreció amistoso el encendedor junto con una proposición: « A ver cuando nos echamos una partidita, que me han dicho que eres la hostia ». Y así era. Cacho, no hacía mucho, fue invitado por la camarera a jugar. No se sabe si porque el bar estaba vacío, porque estaba sumamente aburrida de hacerse solitarios, porque la gotita de crema de licor que cayó en el café tuvo un efecto extraño, o, porque de tanto verlo, le dio pena, o todo lo contrario. 
Xela no hablaba mucho de las cosas que hacía, y tampoco explicaba las causas. Ella le enseñó a jugar – aunque no es del todo cierto, pues él, de pasarse horas y horas mirando, comprendió sin dificultad las instrucciones -, y en pocas partidas ya había perdido.
Poco a poco, por el impresionado relato de la propia Xela, le fueron retando los jugadores más borrachos, y uno tras otro les fue venciendo. No llegaba a hacerse amigo de nadie, tampoco lo pretendían ninguno al jugar. Trataban de pasar el mal rato apoyados en la barra de un tedioso tiempo. En aquel bar le trataban bastante bien, quizá porque nuca acudió allí pidiendo ni vagabundeando. O quizá no pedía porque le trataban bien. No sabemos quien pondría el huevo, pero resultó salir un gallo.
Volvió a su sitio agradeciéndole el fuego y el juego. Tras un par de profundas y meditabundas caladas, largas como pasos de gigante, Cacho se lo pasó a Esther, quien también quedó saciada.
Al Guspi le llegó el peta a la mitad. Como de costumbre, debía llevar más chocolate que tabaco, todo bien fundido y disuelto. Guspi no se podía quejar. Los demás hubieran fumado más, y además ni se lo hicieron, salvo Cacho. Salió del bar, no sin recordar pedirle lo que sobró de la piedra.
- ¿Sólo esto?- Preguntó asombrado Momo.
- ¿Cómo que sólo?- Salió en su defensa Esther.- ¿Acaso no has visto la barbaridad que le ha echado? ¿No has visto qué humo más espeso, niño?- Le reprochaba Esther, con su voz cortada y grave, aunque siempre femenina.- Dale otra calada.
El Guspi así hizo, y no pudo decir más que: « Sí, es verdad. Cómo pone esto tío. Qué zompo, jeje ». Tras salir, Cacho le enseñó a Esther el trozo de piedra que le había birlado al primo. Esta se puso a reír como una descosida, posesa, y sólo se le pasó cuando, en un abrir y cerrar de ojos, Cacho le pasó uno recién sacado de sus manos. Entretanto, el bar se rellenó con gentes también asiduas. El Lara y sus amigos mendigos andaban descarriados con el coñá, como el resto. El Rizo, un tipo majo, bajo, corpulento y explosivo, le gritaba a Joseba, cojera en pie, que le pusiera otro tercio, y si no, que opositara. Joseba le volvía a explicar que ya no trabajaba allí, y él decía que sólo bebía si se la ponía Joseba. La Xela le ponía un tercio para que se callara, y la Peque se reía, como casi todos los de alrededor. La pareja de jinchos habían entrado sin llamar la atención y hablaban en la barra delante del trío calavera, uséase, el Lara y sus amigos. Los jinchos no hablaban solos, aunque solían, y me refiero a cada uno consigo mismo. Hablaban con un negro y un magrebí. El negro era un negro de esos muy negro, de los que asustan a las viejas cuando pasea; y el moro, uno de tantos que apestan nada más salir de su casa. Si los chinos son todos iguales, no digamos los negros y los moros. A nadie le importó, ni se fijaron, ni les llamaba la atención. Pero Cacho, sin embargo, los reconoció. Esa pareja de inmigrantes eran los mismos que discutían en la escuela con la gitana madre. ¿Qué tramarían? 
Ahora entraba Jesús, el Cacerolo. Un antiguo indigente, entablado en los cincuenta desde los treinta, que no hablaba, sólo gesticulaba, y de cuando en cuando soltaba una palabra amable, como: amigo, o gracias. Vestía harapos, quizá del mismo bidón en el que Cacho se informaba de la moda, o quizá en las sobras del mercadillo. Se le veía afeitado una vez al mes, y con la misma ropa todos los días al mes. Tenía pinta de haber sabido hablar, moverse, relacionarse, incluso de haber tenido familia, y después haberse vuelto perdidamente loco por una causa que le dejó así. Como el
Momo, pero de otra manera, pedía cortésmente un cigarrillo a los parroquianos. Gesticulaba con los dedos, el índice y el corazón, con la uve de victoria acercándosela a los labios y alejándola, rebotando gracias a un muelle invisible, y siempre con un: « Amigo, amigo », por bandera. Aunque varios pasaron de él, al final, también Joseba, accedió a darle uno de sus enfiltrados americanos. Si había suerte, mirando por el suelo del bar, podría encontrar algún papelillo o, lo que es mejor, alguna china o algún cogollo caído de alguna malamanera del árbol beodo. Por el fuego no había que preocuparse. De él fue de quien Cacho aprendió a llevar siempre a mano uno o dos mecheros, o cerillas, en su defecto. Observó que casi nunca pedía llama, y es que si tienes que quemar una china de improviso, no te puedes ir preocupando de encontrar fuego. Por lo demás, el Cacerolo era muy agradecido. Cuando le dabas algo, lo que fuera, si era para quedarte tú sin algo, el también se quedaba sin algo. Me explicaré, si, por ejemplo, al pedir el cigarro, tú se lo dabas, aun siendo el último, él miraba en sus bolsillos a ver qué poseía, y te ofrecía algo maravilloso: un diamante de plástico, una piedra de color, una moneda antigua… Y si la rechazabas, tampoco se enfadaba.
No todos los del bar eran pobres vagabundos. Mientras allá se respetara el bienestar del vecino, sin problema. Y mucho mejor si se pagaba. Por alguna estúpida causa de estas, o por ambas a la vez, vete tú a saber, Sebas se hallaba al otro lado de la puerta, hablando con los punkis, en vez de dentro. Yo estoy seguro de que quería entrar, porque los punkis no querían darle cerveza, ni comprarla por él. Por lo demás, todos eran bienvenidos. De políticos a políglotas, de policías a ladrones, de burócratas a anarquistas. Incluso muchos eran varios a la vez. Muchos eran imposibles, sí, pero ahí estaban.
Teníamos solteros, divorciados, tíos de cuarenta que los padres acababan de echar de casa y vivían en la más completa miseria en pensiones de mala muerte. Otros lo hacían en cajas de ahorros, como el Lara, que se reía con sus compañeros. Ellos estaban serios y callados, tomando sorbitos del último chato de vino que se podían permitir. El que tenía la horrible barba de pirata vestía andrajos, y no le importaba balancearse en la música con la copa en la mano. Al trajeado sí que le importaba, pero sencillamente bailoteaba con el brazo extendido, alejado de su cuerpo. Los tres interpretaban una secreta danza, bajo la cual alguien quedaría embaucado, se animaría a bailar y les pasaría el peta. Así se sucedía todo, hasta que de la calle entró la Lupe, la pareja de Joseba. El niño que llevaba en sus entrañas debía estar sanísimo, porque menudo barrigón. Cacho se imaginaba en el vientre de su madre, si sería así cuando estuvo dentro, o si no ocupó nada, como en su corazón. Lo mismo la madre ni se enteró de que lo llevaba, y un día, caminando por la calle, el rastro o el mercado, se cayó del vientre sin que lo percibiera, y así se perdió.
La Lupe entró enérgica, apartando de sí a todos los que seinterponían en su camino, como buena punki que era. « Joseba », gritaba nada más entrar, alardeando con los brazos en el aire, golpeando sin consideración al pobre repeinado, quien se tropezó con su propia pierna y no pudo evitar volcar el vino sobre el jincho.
Éste estaba detrás con la jincha, ultimando algo de lo que acababan de acordar con los inmigrantes – que se habían marchado disimuladamente hacía nada -. De por sí, ya era nervioso, pero algo había pasado que le agitaba aún más, lo que tampoco es excusa.
Fue mala suerte pillarle en tal estado. El barbas, quien de verdad le golpeó, se había tropezado y trataba de levantarse del suelo, de manera que entre el jincho y el Lara no había nadie. Al jincho, a quien no le gustó nada que le molestaran, ni que se le volcara el vino por encima, sin mediar palabra, se giró y le dio un puñetazo al primero que vio: el Lara. Como buen jincho supuso sin pensar, y la hostia se la soltó a éste, en vez de al repeinado, sobre quien cayó el Lara. En un santiamén ya se había levantado, como un tentetieso – no así el repeinado, que yacía aún más dolorido que antes -. La
mejilla en donde golpearon al Lara no pareció sufrir daño alguno, quizá demasiado acostumbrada a buenos y malos entendidos. El sonido de la hostia y el golpe del Lara contra el repeinado, y el grito del repeinado al dar de nuevo con el piso, alertaron a la camarera, siempre atenta cuando entraban los jinchos. Sabía que algún día la iban a armar, y así lo hicieron. Como el Sebas anteriormente, los jinchos fueron expulsados y calificados como non gratos de perpetuidad. El resto de los asistentes ni se enteraron, y nada más que seguían atentos al espectáculo que protagonizaba la Lupe. Le recriminaba algo relacionado con autos, o aparcamientos, de que se lo llevó sin avisar, de que tenía trabajo y la dejó tirada. « El coche es mío, así que si quieres algo, preocúpate tú de enterarte qué hago yo », respondía Joseba con la suficiencia de sentirse rodeado de sus amigos. En realidad, no parecía tan mala persona como lo pintaba la Lupe. De hecho, de entre los que estaban dentro del bar, sin excepción, todos preferían a Joseba antes que a Lupe. Entre los no punkis, es que lo de no limpiarse no está bien visto, ni lo de no depilarse, ni lo de… Entre los de fuera quizá eligieran a la Lupe, porque Joseba no les pasó una en su época de camarero. A Cacho esta pareja le parecía encantadora, y le hubiera gustado ser hijo suyo. Él, aunque despreocupado, parecía tenerlo todo bajo control.
La futura madre era muy inestable, y estaba loca. Trabajaba haciendo la estatua, o recogiendo verduras. Joseba solía llevar un servicio de encuestas que le encargaba el ayuntamiento, y jugaba en algunos campeonatos del municipio. Si Cacho fuera hijo suyo podría aprender muchas cosas, incluso de la máquina que se pilló de segunda mano, Con ella se entrenaba cuando estaba solo, y que a veces la llevaba al bar cuando iba muy temprano y no tenía a nadie con quien jugar. Ella, por su parte, tenía pinta de ser una madre amantísima, quizá demasiado protectora, pero a Cacho no le importaría, ¿acaso podía ser peor que no tenerla? Esto fue lo más parecido que tuvo a querer formar parte de una familia. 
Esther seguía atenta al culebrón, sitiada por el humo fantasma del último peta hincado a cara perro. Entonces ella se ríe de algo que escucha de boca de Joseba:
- Pues tú me dices, mira Joseba… Y yo… Pero como entenderás, aquí no estamos para los deseos de la señora. Y si no, cómprate otro coche, o sácate el carné, y así no te quitarán los coches.
- Me lo inmovilizaron por no llevar seguro.- Respondía ella como si hubiera puesto una mejor excusa. 
- Pero, ¿a que no te dejan conducirlo?
- Como siempre, pero es que antes se me rompió.
- Claro, si supieras conducir no irías como vas y te duraría más.
Además, ¿no tendrías que estar en casa descansando?
- Claro, como tú ganas tanto dinero. ¿y quién aguanta en esa casa llena de moscas? Mira al vecino que bien está dejando la suya.
- Pues cásate con el vecino, y luego le pides el coche a él también.
Pero yo de aquí no me voy hasta que no acabe la partida.
Así se tiraban la tarde, discutiendo ante los amigos, los de él o los de ella, y ahora tocaba en el Tiempo. La Lupe salió diciéndole más de una malsonancia, pero esperando a que acabara la partida.
El Rizo dio dos o tres gritos cagándose en la mierda de música de los punkis, y se metió dentro a cambiarla. Esther seguía extasiada.
El Cacerolo cantaba sin voz, con un peta en la mano. Sin que Esther lo supiera, Cacho le había guardado otro trozo que le quitó al Momo.
A cambio, Jesús sacó un dado del bolsillo y se lo regaló, dándole las gracias y pronunciando despacio y mudo: amigo, dos o tres veces muy agradecidas y consecutivas. Ahora bailaba, cantaba para sí, reía y fumaba. Esther se reía de lo que veía, de lo que el Cacerola hacía, incluso Xela, que disfrutaba de un momento sin que nadie le pidiera nada, se quedaba viéndole bailar con unas enormes gafas de coña rosas que alguien le ofreció. Entonces hubo un momento en que la gente se puso a bailar sin percatarse de que lo hacían, incluso Nuria había tomado prestado un pañuelo árabe y se había puesto a dar vueltas y a reír. Levantó de su silla a Esther, cruzaron por el grupo del Lara que les habría paso, y llegaban al de la Peque y el Rizo, y el Joseba se reía sentado, dejaba caer su rey, y se iba bailando. Muy posiblemente se había dejado perder para no molestar más a Lupe. Al pasar al lado de Cacho, que bailaba también entre las piernas de los santimpunkis, le dio un toque de cariño en la cabeza, y se despidió de Xela. Casualmente, ese momento en el que todos bailaban fue lo que tardó en poner su música el Rizo. En ese espacio de Tiempo, todos bailaban la música que sonaba en sus cabezas, pero cuando el Rizo puso su rock de toda la vida, poco a poco, las risas, que no concluían, bajaban el volumen y regresaban a sus sitios de partida.
Una vez sentados, Cacho, conmovido por el sociable entorno establecido, le contó a Esther, aún con las últimas carcajadas en la boca, el encuentro que tuvo con el director, y le enseñó la tarjeta – pues le dijo que se lo entregara a su madre, y ella era lo más parecido a una madre que conocía -. Inmediatamente, Esther tornó el aspecto de su cara, y se puso seria como una priora.
- ¿No habrás pensado ir allí?
- N… no s… sé.
- Malditos cabrones. Hay que ver cómo intentan captar a to quisque. No te dejes cazar, Cachito. Sólo quieren barrerte, como han intentado hacer con nosotros. Fíjate en los demás, fíjate.- Acompañándose con el gesto del brazo señalando a los del bar.- ¿Los ves? ¿Nos ves? A todos nos cuidaron desde pequeños, y menos mal que no nos dejamos manipular del todo. Fíjate cómo nos han dejado, a pesar de todo, todos locos. Pero mejor, porque para hacernos conscientes de su realidad, prefiero no creerme ninguna. ¡Abajo con los opresores! ¡Sí, abajo con esos cabrones! 
- D… dic… ce q… que hay ot… tos com… mo y… yo.
- Y como yo, no te fastidia. ¿Quién te crees que nos parió? Ellos, ellos nos parieron, y luego a agruparnos como a las gallinas. No, señor, no, no me vale.- Le devolvió la tarjeta.
- M… me d… d… dahán d… de c… com… m… mé.
- Y cuando no quieras, te obligarán tragar.
- M… me d… dahán ab…b… b… b… igo.
- Para luego despojarte de él, hacerte sentir frío, peor aún, desnudo. ¿Y entonces a quién echaras de menos? Y te harán tragar más.
- Y… y…. yo estoy c… cansad… do d… d… de t… trag… gar aq…
q… quí, Est… t… th… hé.
- Te matarán. No te darás cuenta, pero estarás muerto en cuanto estés con ellos. Tú sabrás, Cacho. Bastante tenemos los demás con nuestros problemas. Mi consejo ya lo tienes. Ahora, ¿vas a subir a Casuchas?
- S… sí.
- ¿Pero vas a volver?
- ¿V…. vo… v… vé a q… q… qué?
- Volver aquí, Cacho, volver aquí.
- ¿C… c… cuán… no?
- Ahora
- N… no q… q… queo, m… m… me m… m… macho y… ya.
- Ten cuidado, Cacho.- Pero Cachó no se levantó. Aún tenía una pregunta:
- Hoy m… me han d… d… desead… do sue… t… te. ¿Q… qué ha… go?
- No te dije que no te la desearan… Ahora ya nada, anda con cuidado.
- ¿P… po q… qué q… q…. quiehen q… que t… t…. ten… n… ga sue… te?
- Ellos no lo entienden, no entienden para nada lo que es la suerte.
Suerte es no tener nombre, como tú Cacho. No dejes que te nombren, Cachito, que no cambien tu suerte.
Y así fue como Cacho salió con mucho cuidado de no tropezarse con nadie, que ya es alguien. De camino a Casuchas, esta vez no echó por el camino del puerto, si no que tiró por el centro de la ciudad. Ya había anochecido, y la gente salía de sus puestos de trabajo agobiados, agotados, escocidos, lastimados y muy, pero que muy quemados. Para apagar tanta rabia, qué mejor que una buena cervecita en las terrazas del centro. Allí, además, probablemente se encontraran con sus hijos, o con sus mujeres e hijas que iban de venir de compras, y si no, pues seguro que había algún que otro culito que seguir, de hijo o hija, tanto me da que sea de su padre que de su madre. Lo importante era que ya no había inmigrantes, ni pobreza, ni vejez por las calles. Estas características debían permanecer ocultas a ciertas horas, eso fue lo pactado. Para Cacho, contra pronóstico, sí era buena hora para camuflarse por la ciudad.
Aunque no le gustara reconocerlo, a él también le apasionaba eso de quedarse mirando los escaparates, y verse, por ilusión del reflejo, que no suya, dentro entre toda la multitud de cosas que no quería. 
Sí, era domingo por la tarde, pero un domingo por la tarde en que las tiendas abren – eran los locos años -. Así estuvo embobado un buen rato, hasta que los retortijones le volcaron la mirada a las mesas de los mesones, restaurantes y bares de tapas. Una gran familia de ejecutivos se levantaba de una de ellas. Sabía que no le tocaba, que no era día. Cacho no perdió tiempo, pues si antes no se daba cuenta un cliente, algún camarero se percataría, y él no cataría. Tomó un trozo de pan que se había caído, lo hundió en el culo de un vaso de vino y se lo comió bajo una papelera. Viendo que todos seguían perdidos en sus mundos, le pegó los últimos tragos a unas cañas y saboreó el rebozado suelto de unos calamares. Se lo
comió y marchó corriendo, si así podemos llamar a su torpe manera de huir, pues parecía galopar a lomos de un caballo que trotar sobre dos piernas. Llamaba más la atención así, pero no le importaba, en un segundo tropezaría con un despistado, y le limpiaría el bolsillo de carteras. Luego seguiría corriendo, esta vez sin tonterías, y no pararía hasta desparecer por un abandonado repecho que desembocaba al final del puerto. Pero que no parara no quiere decir que no se fijara. La calle por la que escapó era como las demás: iluminada y concurrida, pero al poco se dejó invertir, y no más que una muralla de piedras vadeaba el asfalto de una senda yerma y sórdida. Sin embargo, entre tanta desolación, un ligero aliento de vida se manifestaba. En la orilla contraria se colaban, por una puerta oculta tras unas chapas, los jinchos, el negro y el magrebí. Se estaban colando en un solar que, más que probablemente, ellos mismos, los jinchos, habían habilitado para cobrar luego un alquiler - al parecer, no habían olvidado del todo la manera de hacer negocio, quizá así empezaron sus padres –. En poco, y me refiero, en muy poco, esa misma noche, en unas horas, se llenaría a reventar de compañeros desconocidos de los inmigrantes, y él no percibiría nada de ellos – la furia que desbordó el jincho en el Tiempo se debió, sin duda, a que no pudo convenir una renta mayor -. Cacho siguió su camino, olvidándose de las putas al llegar a la redonda, o lo mismo fueron las putas quienes estaban demasiado ocupadas – ya se sabe que las noches de los domingos son las más difíciles de llevar, sobre todo si pierde tu equipo -. Con las últimas energías que le quedaban - fuerzas de flaqueza inimaginables si lo comparamos con el aspecto en que se nos presentaba esta mañana -, subió la cuesta que llevaba finalmente a Casuchas, pero no se paró allí. No, no tenía pensado pillar, ni trabajar para nadie, ni mamársela, ni dejarse follar por unas dosis. Siguió adelante, más arriba de la cuesta, por el camino que el día anterior descubrió. Se había quedado dormido en el parachoques trasero del autobús de camino a Casuchas. El conductor, en vez de girar hacia la plaza del pueblo, siguió recto pensando que no había nadie. Se ve que ya había pillado antes, e iba a meterse un tiro para soportar la insoportable jornada. Al frenar se la cabeza de Cacho se volcó hacia atrás, golpeándose sin más remedio, despertándolo de a saber qué sueño – y no esperen que nos inmiscuyamos en un sueño, pues resulta ciertamente indiscreto -. Entonces se vio en una explanada de asfalto gastado, como si se tratara de un viejo aparcamiento que ya nadie utilizaba. Con el sigilo que le caracteriza, se escabulló entre los pinos y setos que flanqueaban el aparcamiento, cruzó el viejo muro de piedra al que daba paso, y se encontró, entonces, en un lugar lleno de nichos, sepulcros y tumbas. Como luego entendió, se trataba del viejo cementerio, de donde se habían mudado todos los huéspedes, y muchos con las lápidas, flores y floreros. Allí quedaban los huecos que dejaron en los corazones - el mismo
hueco que guardaban sus esqueletos - y los mármoles partidos, las vírgenes rotas, las cruces invertidas. Era la misma calma de siempre la que gobernaba el viejo cementerio. Estuvo merodeando, como un crío con zapatos nuevos merodeando en el viejo cementerio. Para él encontrar aquello fue como para el explorador adentrarse en la jungla. Era tan emocionante reparar en que no toda la ciudad estaba descubierta. Por entre los escombros corrió como cabra montesa en el prado, y disfrutó de la noche como hacía tiempo no hacía. Pero una vez superada la novedad, volvió a la realidad, ¡y estaba tan cerca de Casuchas! ¡Y tenía tanta hambre que calmar, y sin dinero! Pero ayer ya pasó, y hoy había decidido que no iría a Casuchas.
Hoy, de pillar, simplemente le pillaba de paso. Además, las llamadas de las sirenas las tenía más que controladas, y como las de cualquier cuerpo de policía, le ahuyentaban. Tenía muy claro lo que iba a hacer. El día anterior había visto una hermosa cripta, muy bien conservada a pesar del trasiego de la mudanza. Algún hueco que dejaron los féretros lo rellenaría de hojas y le serviría de cama; y la puerta rota de la de enfrente le vendría de perlas para hacerse una mesa con un par de pedrolos que crecían por doquier. A la mañana siguiente tenía pensado acudir a la dirección, y si no podía llegar, encontraría alguna manera de contactar con el número que venía adjuntado con tan buena impresión. Adquiriría el material que le dijeran, aprendería a leer y a escribir, jugaría con otros como él, y comería, y lo mismo se lo llevarían de aquella apestosa ciudad de una vez.
Desgraciadamente, cuando los ciudadanos se despertaron el miércoles con la noticia de que, antes de ayer, durante las obras de acondicionamiento del antiguo cementerio, se encontraron el cuerpo de un chaval, nadie prestó atención. Como comprenderán, el cuerpo del niño no apareció así porque sí. Ocurrió que las máquinas, sin mayor miramiento, echaron abajo todo lo que quedaba en pie – el futuro proyecto iba con retraso -. Cacho, el pobrecito, que llevaba un par de días casi sin dormir, ni se enteró del ruido que armaban las excavadoras, y permaneció hecho un angelito en aquel su
improvisado pesebre, cuando el mundo se le vino encima.
Nadie le echó de menos, nadie preguntó por él en causas perdidas, ni en objetos justos. Esther fue la única que, por momentos, se acordó de él. Sentada en el Tiempo, deseaba que viniera Cacho y le proporcionara de alguna mágica manera, algo de fumar. Pero entendió que había decidido seguir su camino, irse a aquel colegio para deficientes. Ella no lo sabía, pero si no hubiera elegido acudir a prepararse un lugar de estudio, no habría dormido allí esa noche, dando por zanjada su vida. ¡Por qué le desearon suerte! Ella ya le aconsejó que no se fuera con ellos, que desde el
primer momento se arrepentiría, que le matarían. Y así sucedió. Las madres suelen tener razón en estas cosa.