" Noticias del jefe de fenecimientos"
Autor: Víctor Bustamante Cañas

 
         Con cuidado cerré la puerta del apartamento. Me disponía a iniciar el día en la oficina, cargaba mi valija con los proyectos sobre la manera indicada de darle más rapidez a mis funciones. Era el encargado de conformar la lista de fenecimientos en todas las comunas de la Villa. Debía rematar a quienes tomados por muertos ya no les quedaba un soplo de vida, ir a los más apartados rincones, esquinas, botaderos de escombros, basureros, a la llamada Vuelta del diablo donde los que ajustaban cuentas tiraban sus muertos de baja estofa, a la Cola del zorro donde la mafia luego de interrogar a sus faltones los dejaban con letreros. También visitaba casas de familia, salas de velación, morgues, hospitales para comprobar si las personas pasaban las siete pruebas necesarias para darles vía libre al otro lado.
        Cumplía ha cabalidad mis funciones, pasé de ser un simple encargado en hechos estadísticos y recolección de cadáveres a director de la misma. Ahora dirijo veinte empleados a mi disposición y solo en casos difíciles se corre el peligro de enterrar a una persona viva. Es cosa bien difícil aguantar mandatos y requerimientos judiciales por no haber propinado el puntapié último, el cachiporrazo preciso o haber colocado las manos en la nariz al occiso para registrarlo como caso fortuito.
        Pasé frente al dependiente de la tienda y le dije, buenos días con una amplia sonrisa, apenas miró y dio la vuelta. Pensé entrar a saludarlo de mano pero la premura del tiempo obligaba a tomar el bus lo más rápido posible. Uno no se alcanza a imaginar la serie de asesinatos durante la noche, los casos judiciales de la página roja que con tanto deleite saborean las amas de casa inmediatamente pasa el diario baja la raya de la puerta. Con tal de que los muertos sean lejanos, me dije, son una excelente comidilla para el día.
       Faltaban cinco para las ocho, decido tomar un taxi que me dejaría en el tiempo preciso y precioso frente al edifico. Por más que hice la señal de pare con mi mano libre, los autos pasaban vacíos y no se detenían o se detenían ante alguna persona que estuviera delante de mí. Incluso me situaba detrás pero se aproximaban al futuro pasajero y se lo llevaban. Me adelanté un poco del grupo que en cada momento cambiaba de registro según la cantidad de los que tomaran un bus o de los que recién llegaban, pero era imposible que el auto se detuviera. Llegué a pensar que los taxistas preferían llevar los grupos a un aburrido transeúnte cogido del día.
       Ante tan inútil diligencia debí protegerme en el grupo. No había una fila respectiva para tomar el bus. Cada uno quería tomar su ruta deseada en el menor tiempo posible sin importarle los demás. Debí acogerme a esas reglas preestablecidas y como pude me dejé llevar por la marea que me empujaba a ir con ellos. No tuve más remedio que tomar una ruta no deseada, daba un recorrido innecesario que me haría gastar más tiempo del necesario. Me así a la varilla de un costado y vi a la hermosa Brigida, nunca frígida, que miraba desde la ventanilla. Me miró un instante. La saludé: ¿De viaje? Miró de nuevo a la calle sin contestarme. Callé e hice ademán de llamarla con las manos. Por supuesto no se volvió hacia mí. Disgustado porque los demás creerían que estaba chalado me aproximé como pude y la llamé de nuevo por su nombre, agregué sus apellidos y volví a preguntarle, tratando de intimar, si iba de paseo. No hizo el más mínimo gesto de conocerme. Su rostro continuó impasible. Desistí y llegué a pensar que era una confusión de mi parte. Podría tratarse de una persona gemela o a lo mejor yo estaba viendo verdaderas visiones. 
       El bus tomó la calle Colombia hacia el Centro de la ciudad, y ya en el puente recordé haber visto al ilustre doctor Horacio Gotah. Lo miré fijo a los ojos y saludé con el buenos días. Ni me miró. Era seguro que hoy había amanecido casi similar al hombre invisible; nadie me quería saludar o todos estaban de mal genio. En el caso del abogado me parecía injusta su conducta. La noche anterior había estado en casa donde hablamos largamente de la conveniencia de elaborar leyes y más leyes para que el mundo fuera más justo.
      Furioso me fui al rincón o mejor fui llevado por la turba que sólo espiaba desde la ventanilla. Luego de un rodeo el bus se aparcó cerca a mi oficina. Timbré dos veces pero de igual manera el chofer arrancó. Volví a timbrar y pareció no hacerme caso, tomó de nuevo la ruta de regreso. Ahora el bus era ocupado por dos personas conocidas y tres o cuatro pasajeros más. Ahora recordaba que tenía el dinero del pasaje en la mano empuñada junto al maletín y por esa razón el chofer no había querido detenerse. Fui a la registradora y le toqué con cuidado el hombro para indicarle que me quería bajar pero igual continuó, arrojé la moneda al canasto para reclamarle el devuelto y supiera que era por haberme equivocado, igual siguió sin detenerse. Iba quedando solo con los desconocidos. Las demás personas se habían bajado del bus y apresurado salí tras de ellos. Opté por hablar a una muchacha, le golpee el hombro para que esperara pero igual siguió. La tomé de la mano y era como si fuera sola. Me dejó plantado. Era indudable que era misma muchacha, Brigida, pues tenía los cinco anillos de gitana que siempre utiliza, además su lunar sobre el labio y esa manera de andar suelta.
      Como pude llegué a la oficina. Los dependientes preparaban los utensilios para salir a inspeccionar. Hacían vaho en el espejo y limpiaban con el pañuelo el fino martillo para el golpe final, se disponían cada uno a cerrar el maletín. Llegué a mi escritorio, no lo pude abrir; comprobé que había dejado las llaves en casa. Fui donde mi secretaria y le pedí el duplicado, no me respondió. Di dos golpecitos en el escritorio, parecía no observarme, definitivamente todo mundo quería jugarme una broma. No recuerdo si era mi día de cumpleaños o el de mi santo, al fin y al cabo un día común. Marqué el número de casa, quería contarle a mi esposa lo que ocurría. El teléfono repicó y, cuando por fin ella, repitió varias veces, aló. Parecía no escuchar lo que quería decirle. Hablé de corrido acerca de las coincidencias y apenas obtuve el clic del teléfono, repetí la llamada y apenas conseguí unos insultos. Marqué el teléfono de mi otra secretaria que estaba en un amplio salón en frente, parecía esperarme por la forma apresurada en que fumaba y miraba el reloj. Respondió como si esperara mi llamada, no contestó a mi saludo y ocurrió como había ocurrido con mi llamada a casa. La vi escribir una nota en la cubierta y cerrar la oficina diligentemente y marcharse con los otros secretarios. Tomé la libreta: no entendí lo que estaba escrito; podría ser un carácter en alguna lengua oriental o alguna lengua muerta. No reconocí letra alguna. Marqué, acto seguido, cualquier numero telefónico con la esperanza de que algún desconocido me dijera alguna palabra, que atendiera y preguntarle si me jugaban una broma. Descolgué la bocina y, dije, hola, varias veces con el deseo de que alguien me respondiera. La voz dijo las mismas palabras. Marqué al azar varios números y sólo escuchaba sonidos ininteligibles como respuesta al colgar el teléfono; no podía creer que me pasara eso. Encendí al radio con la esperanza de escuchar un poco de música, de solazarme mientras regresaba de esa pesadilla. Había escuchado decir que la música era el lenguaje de los dioses. Yo no era ningún dios pero igual me daba. Sabía que eso hacía parte de una exageración humana con la música se entendían los orientales y de otras regiones remotas. No entendí compás alguno; era como si la balada que escuchaba estuviera puesta al revés en la máquina de música. Intenté concentrarme aguzando mis oídos. Fue inútil los violines sonaban desafinados, las maderas se interrumpían en un compás de oboes; daban la impresión de retornar a los stacatos disponibles. 
       Molesto me asomé a la ventana: la muchedumbre se sobrepasaba en sí misma, nadie hablaba, apenas el ruido de los autos era la música más tierna que los acompañaba. Fui al lavabo y me miré al espejo: era el mismo. Cachetee mis mejillas para despertar, creía que estaba atrapado en algún sueño, patee la pared. No desperté. Era obvio que soñaba y no deseaba despertar, hundí mi cabeza en el aguamanil. Lo cual no surtió efecto, debía comprobar con algo más rotundo: abrí la barbera y me hice una pequeña herida en la palma de la mano. La sangre empezó a fluir inútilmente. Sentí dolor, no estaba encerrado en el celofán de algún sueño.
       La sangre comenzó a manchar el lavamos y la línea siguió hasta mi escritorio; no quería detenerse con las servilletas que me apliqué. Miré al cielo raso; había recordado que la tela de araña poseía la costumbre de ser un emético. Coloqué varias sillas una sobre otra y debí sacrificar la casa de la arañita que al verme de cerca se descolgó por un hilo invisible. Cogí el hilo pegado al vientre y comencé a enrollarlo para que el flujo de sangre se detuviera.
       Los secretarios llegaron sudorosos con sus herramientas. Ahora el secretario mayor portaba un estilete en el hueco de las junturas de la parte alta de un cráneo de imitación que le servía de guía; con el martillo le daban el golpe final. Le decían el Torero por la forma de hundir esa especie de banderilla. Otros sacaron una cuerda para ahorcados y el otro dejó deslizar un cuchillo, aun sangriento y un revólver con el cual hizo señas de apuntar hacia mí. Salí de inmediato y me colé bajo mi escritorio. Ninguno se apartó de mi presencia. Era obvio que ellos remataban a sus víctimas e iban más allá: buscaban empleados desprevenidos que no habían pasado el periodo de prueba o que no querían jubilarse para causar desconcierto en la oficina de Registro de fenecimientos públicos. Había comprobado ahora que era incapaz de que me escucharan, ellos mismos asesinaban cada noche o durante las horas de oficina para no perder la costumbre y su jubilación.