María Teresa León Goyri
Fragmento de la novela "Juego Limpio"

De muchas cosas he de hablaros. Quiero decirlas a tapadas en estas hojas que nadie leerá. He salvado apenas unas cenizas alegres, vivido una lección. Estoy en ese punto doloroso que es como un gemido que avergüenza y que mis maestros de moral llamaban arrepentimiento. Llevo los ojos cargados de verdades, que no me pertenecen. No sé cómo hacerlas salir. Soy un navío atracado a la soledad de un puerto y sufro porque quisiera encontrarme con el marinero borracho que conoce las mejores tabernas y acompañarle muelle abajo, en silencio, pensando en las alegres cosas que se fueron. ¿Dónde están? ¡Oh, que vuelvan mis amigos con su risa clara y su fortaleza! Pero ¿soy yo o ellos los que se han marchado? Rezo mucho. Soy famoso por mi fervor. Quien lo dude puede preguntar a los que me rodean: al padre Superior, enemigo de los iluminados, o al padre Blas Torrero, ese santo que arranca páginas de su san Juan de la Cruz para leerlas en la iglesia, fervorosamente: "Pastores, los que fuerdes allá por las majadas al otero..." Todos los pastores que me guardan estarán conformes en que la prodigiosa experiencia que he vivido sirvió para multiplicar mi renunciamiento. ¡Ay, si supieran que la más estrecha disciplina no consigue arrancar la duda de mi corazón! ¡Si adivinaran que me horroriza la palabra matar y, sin embargo, he aplaudido al ver un avión enemigo caer envuelto en llamas! No, no creo en sus razones de orden, de jerarquía, de tradición, de buen sentido. Mi doblez, sí, mi doblez, el otro color de mi corazón, me lleva a negarlos, en cuanto oigo hablar de victoria. Yo he visto esa victoria. ¡Que poco tiempo se necesita para establecer el mal! Jamas creí que los mortales pudieran encontrarlo tan a mano, ahí con sólo inclinar la mejilla a derecha o izquierda, con solo emborracharse de poder. Y lo digo tristemente en la noche de mi remordimiento, en el túnel de lagrimas donde camino. Seré un ignorante, pero aun me pregunto: ¿quiénes, quiénes tenían razón? Porque mis hábitos, mis pobres hábitos negros de paño mal tostado de sol místico, se adelgazan, de pronto, sobre mis rodillas, hasta desvanecerse en el humilde color verde garbanzo de soldado de la República... 
Si, yo he sido soldado.
Aún no puedo explicarme como sucedió. Ya sentía de chico en mi ánimo que las grandes empresas humanas no se habían hecho para caber en mi cerebro. Al pobre le gustaba irse por los deslizantes caminos de la fantasía. ¡Que bien soñaba! "Este niño será un inútil", golpeaba en el suelo mi abuelo con su cayada pastoril entre las manos demasiado espesas, demasiado peludas, para cerrarse completamente mientras tendía sus pies hacia las brasas del enebro. "Es mozuco", le argüía su nuera, mi madre, la pasiega de oro que me dio esta existencia terrenal. "Será cura", sentenciaba mi abuela con las narices venteando deleites sagrados. Y así fue. Yo soy el producto de la ansiedad familiar al juzgarme inútil para la vida.. ".Será cura", ¡Dios mío! ¿Por qué te consagraran a los inútiles como yo? Perdone tu infinita misericordia esta confianza lugareña en los milagros que puede producir tu divino servicio. 
Y aquí estoy.
Yo nací, según me dijeron, según me entere mucho mas tarde, el año exacto en que un pintor sin nombre juraba en la cama de un hospital alemán raptar a Europa a los profundos infiernos. Por España, lugar de mi cuna, todo estaba neutral y tranquilo. No nos habían tocado las ratas, los piojos, los terrores nocturnos de las trincheras, la angustia de los ataques ni la muerte, por eso sapos y grillos alternaban cuando, en un si apenas entre prado y castañar que tenía mi abuelo, nacía yo. La paz dicen que era el venturoso vestido de aquel amanecer. Un estado de paz, una verdadera paz neutral sin alarmas ni quejas, una paz de pájaros cantores, murmullos de yerbas, susurro de árboles, una paz de aldea entreabriendo las pestañas del valle para despertar. Dicen que en esa paz bucólica el único grito de guerra lo di yo. En el misterioso origen de la llegada a la vida siempre los incautos recién nacidos se encuentran con alguien que los zarandea para que conozcan el misterioso resorte del llanto. La buena o mala mujer que asistió a mi madre, castigaba mi asombro antivital con sonoros azotes. De ahí mis gritos. De ahí mi afán constante por volver al sueño misterioso de donde me arrancaron.
Sospecho que a nadie le interesan estos latidos de mi sinceridad, por eso voy escribiéndolos. Me interesan a mi. Son mi memoria. Pobre fraile vivo en un convento donde los claustros y corredores parecen caminos sin estación terminal. Esto no es exacto: espero que terminen en el cielo. Tengo fe. Fe en que alguien con jurisdicción suprema allá en lo alto lea estos sollozos. Estos sollozos después de aquella alegría. ¡Jesús, Señor, qué hermosa risa grande y sana puede albergar el mundo de los malos! Yo no podía concebir que esa gente, pintada siempre ante mí con los colores más feos, fuera tan alegre. Señor, yo tuve un perro que no era mío, sino de los rebaños de mi abuelo, pero que reconocía mi voz y mis rodillas; un perro aleonado, trujillano, peludo, hirsuto, crespo, agrio, bronco que se erizaba en cuanto crujía una puerta; uno de esos perros a quien hay que llamar León, pero a quien nosotros bautizamos Prim. Pues bien, Prim, después de destrozar una oveja vecina, se acercaba a mi cariño, con los hocicos sangrientos. ¡Que crispas de ignorancia le relucían en los ojos, qué inocencia en el calor de sus fauces satisfechas! Lo siento como si ahora mismo se limpiase las huellas de su crimen en mi pantalón de pana, tan niño, tan sincero. Yo quisiera hacer como él apretado a tus rodillas misericordiosas y aquí estoy de rodillas ante ti, hablando.
Sigo, aunque comprendo muy bien que estas notas me pueden costar hasta esta pobre libertad de mi celda. Me Juego mi libertad por la verdad. ¡Pero si no las leerá nadie, tonto! No importa, hay un margen de probabilidades como el que tiene en el cajón de su mesa de trabajo una pistola cargada y le quita el seguro. Escribo porque sin esto me sentiría lleno de piedras, cobarde. Cobarde porque no me atreví a gritar mi aventura -¿mi ventura?- más impórtame para mí, pues que fue mía, que Jasón y el Vellocino de Oro, más hermosa. Pero no se hubiesen molestado en creerme. Me confesaron y no creyeron mi confesión. Les dije... Era inútil decirles, y si se hubieran dado cuenta de lo que yo decía en medio de su triunfo hubieran sido capaces de echarme a los leones. No hubiera podido convencerles nunca de que lo que yo llevo dentro no es la duda de mi fe sino la aventura de mi fe, las pruebas a que la sometí. Si yo gritase esto exigiría emigrar vestido con un traje distinto, perder mis costumbres, abandonar este texto de Lucrecio al cual pongo notas, unas en rojo y otras en azul, para dar unas al censor y reservarme otras para mi deleite. ¿Egoísmo? Sí, y también dejar de pasearme por este aroma de arrayanes que levantan nuestros pasos al tropezar los hábitos con los setos del huerto; y Madrid suspendido en la luz limón de los crepúsculos; y hasta, estas mínimas partículas de lo que me quedó, ya que entre los interrogatorios se me irían volando. Me quedo. Aquí permanezco acobardado y solo, confiándome al hilo negro de mi escritura de niño inservible, como aseguraba mi abuelo. ¡Pobre! Que en paz descanse. De él me viene este juicio exacto sobre la apreciación de mis fuerzas. Solo sirvo para deslizarme entre los sueños. 
Y eso hago.
Cuando llamaron a la puertecita me sentí más conforme con mi suerte. ¡Al fin iba a saber! Porque en aquella estrecha carbonera no había ni cucarachas para ejercitar mi paciencia. Dijeron mi nombre: "Camilo, Camilo" y una luz entró primero cerrando al bies la cara de Xavierito Mora. Detrás, mi cuñada convenciéndole de algo. Llevaba sobre el hombro un fusil. Empujé la puerta de la carbonera, y salí cojeando.
-Camilo, vengo a buscarte. ¡Mujer, déjelo ir! Es mucho más prudente que Camilo se incorpore a las milicias.
-¿Ya te volviste loco tú también? 
Yo zanjé la ristra de peros que ahogaban a Panchita:
- ¿Adónde hay que ir?
-¡Pero, Camilo, si tú no sirves para nada, si vas pregonando lo que eres con tus manitas de niña, si el pelo de la barba te salió para dentro, siii...!
-Pregunto que adónde hay que ir y tú me ofendes.
-Cerca, a la Inspección de Milicias -insistió Xavier Mora haciéndome guiños.
-Pues vamos, vamos pronto. Mi vocación tiene un límite. Soñé con celdas estrechas, con privaciones, pero jamás con carboneras donde la limpieza de Panchita no mantiene vivo ni las cucarachas. ¡Andando! 
Puede que un fusil pese menos que un breviario.
Panchita se quedo murmurando mientras salíamos.
-Sobre todo si se tira.
¡Si se tira! Junto a mí está en esta mesa acompañándome siempre. La traducción dormita y mi alma vuela para encontrarse entre los fantasmas queridos de aquellas horas. Es hoy una resplandeciente tarde de junio -1939, si queréis precisiones- y vuelan mis pensamientos hechos lárgalo de la acariciada cometa de mi infancia. ¡Oh, aquella cuerda sebosa entre los manoseados tesoros de mi bolsillo! Una carta de baraja, una piedrecilla, un clavo torcido, la misteriosa casa de un caracol... ¡Y los pensamientos! Con frecuencia cerraba los ojos y me veía abierto en canal. Otras veces eran mis brazos los que mostraban venas, músculos y arterias obsesionado por las láminas de la fisiología, tan desagradables con sus tonos carmesíes y azules, y de las que no apartaba los ojos hasta verlas moverse. Sobre todo el cerebro. El cerebro lo vi por primera vez en una vidriera como la orografía de un planeta blando, abollado, blancuzco, asqueroso, pero del que me dijeron que pregonaba la obra más grande de Dios................................