Mª Teresa Gil de Gárate
La familia y su primer trabajo

María Teresa recuerda a sus abuelos. 
A sus abuelos paternos, Fausto Gil de Valdivieso, abogado, y a Luisa Gárate, -ambos de La Rioja, de Leiva y de Briones respectivamente- confiesa que no los conoció. Sí, y mucho, a los abuelos maternos, Roberto Abad Sancho-Miñano, natural de Torrijo de la Cañada (Zaragoza) y a Isabel Ayala Gil, natural de Logroño. Farmacéutico el primero, “hombre de barba y bombín”, y maestra nacional la segunda, de título, aunque no de ejercicio. 
“Eran sencillos, de nobles sentimientos, religiosos y humildes. Les gustaba vivir bien, con refinamiento”; pero también se mostraban “dadivosos, caritativos con los pobres”. 
Sus padres.
A través de las páginas de las que va desvelando sus recuerdos, aparece Milagros Abad como mujer encantadora. “Su amor a los pobres era de admirar. ¡Cuántas caridades le vi practicar!; y los pobres la querían de verdad”. 

Milagros se había educado en el colegio de la Compañía de María, denominado de La Enseñanza, en Logroño. Sus profesoras la consideraban modelo en todo. Era humilde, sencilla, sincera, algo tímida. “Lo mismo hubiese sido yo de tímida, si la vida no me hubiera azotado”.

El padre de María Teresa, Carlos Gil de Gárate Valdivieso, cursó sus estudios en la Academia Militar de Toledo. Con el grado de Teniente de Infantería, se vino a Logroño. “De la infancia y juventud de mi padre nada sé, pues en el transcurso de mi vida lo más que habré vivido con él son quince días”.  Milagros, sin embargo, le hablaba bien de él. “Decía que tenía muy sanas costumbres, era de vida muy arreglada y sin vicios, muy generoso, lleno de detalles y delicadezas”. 

María Teresa nació el 16 de Octubre de 1906, en Logroño, en casa de sus abuelos. “Eran las doce del mediodía. Celebra ese día la Iglesia la Pureza de Nuestra Señora, virtud que siempre he amado mucho y que guardo con voto”. 

El domicilio de los abuelos se encuentra en la llamada Plaza de la Constitución 9; hoy Plaza del Mercado, 7, junto a la iglesia de La Redonda en la que María Teresa recibió el sacramento del Bautismo con el nombre de la santa abulense, cuya fiesta litúrgica había tenido lugar el día anterior, y “por llevar ese nombre mi madre”. De lo que se deduce que la madre fue bautizada con doble nombre: Milagros Teresa.

Tragedia familiar.
Poco tiempo duró la felicidad conyugal de Milagros y de Carlos. Éste abandonó a su esposa “teniendo mi padre veintiocho años. ¿Causas?. Dios lo sabe. Él juzgará”. La separación debió ser muy dolorosa para ambos”.

“Mi niñez fue triste, si bien en casa procuraban mimarme y llenar el vacío del cariño paternal. Yo oía que mi padre me reclamaba y tenía que ir con él de acuerdo con las leyes. Mi madre lloraba. Todo abría mella en mi corazón y sufría viendo, además, que los padres de mis amiguitas tanto amaban a sus hijas. Ello hacía que yo volcara mi amor con locura sobre mi madre y mi tía Jorja que se desvivían por mí”. 

En el Colegio de la Compañía de María. 
El mismo que había frecuentado su madre. Allá la matriculó cuando la niña cumplió cuatro años. Como las educadoras estaban al tanto de la tragedia familiar, “me mimaban”, dice ella. A los ocho años, recibió la Primera Comunión, el 1 de Mayo de 1915. 

Entre los ocho y doce años, menudearon las faltas de asistencia de María Teresa a las clases. “Solíamos pasar largas temporadas con unos tíos en Tarragona, Zaragoza y Vitoria”. 

Su tío oficiaba de magistrado, y pensamos que sus permanencias en dichas ciudades obedecieron al cargo que ejercía. 
En el colegio anotaban las ausencias; y la superiora, o alguna otra religiosa, habló con Milagros sobre el perjuicio que suponían para la niña. La enmienda llegó inmediata. Desde entonces, tan sólo los veranos se solazaban en la sierra o la playa. 

“Me fui aficionando -escribe María Teresa- al colegio. Era obediente y sumisa. Muy atenta con las Madres. No me gustaba mofarme de ellas. Obtenía siempre los primeros puestos. Decían que era lista. No lo creo, sino que me querían mucho. En mi casa no omitieron gasto para mi educación”. Recibió clases especiales de música, de pintura, de decoración y de idiomas. Su educación cristiana alcanzó cotas nada corrientes. “Comencé a ser algo más piadosa”, dice ella: Ejercicios Espirituales, director espiritual fijo, junto a cierto rigorismo en el estilo de vida. 

“Mis últimos años de colegio fueron ejemplares, y gané las Bandas de Excelente Conducta”. Veía el interés que por mí se tomaba una Madre de La Enseñanza para que adelantara en piedad y letras. Yo la amaba mucho. Ella se dio cuenta de lo sensible y apasionada que yo era, y encauzó estas dotes hacia Dios. Pienso que el Señor, en su infinita misericordia, me preservó así de otros amores en los que sin duda hubiera caído. Tan feliz me sentía yo en el colegio que no echaba nada de menos. Estaba en mi centro. Era muy infantil e ingenua. 

Comienzo de su apostolado.
Desde jovencilla, se entregó al apostolado. En la iglesia de San Bartolomé impartía catequesis a las niñas. Se las ingeniaba hábilmente para que las chiquillas acudieran a sus lecciones. El Hno. Irigoyen la bromeaba diciéndole: “Vales para abadesa”. Si alguna vez se imaginó que podía verse religiosa profesa, la idea resultó efímera y no cuajó en su mente. 

“Me gustaba mucho ir al colegio y siempre he creído que iba a ser monja de la Enseñanza. A mi madre se lo decían y ella se disgustaba mucho porque era su única hija. Pero, yo quería ser monja de pobres. Porque en aquella época había ricos y pobres. Y me gustaba mucho dedicarme a los que no tenían nada. Por eso no veía clara mi vocación. Y antes de morirse mis abuelos, ya estaba yo metida con los pobres pobrísimos, de esos de culito al aire. Y dije: esto es lo que quiero”. 

Muerte de Milagros.
“Nuestra situación económica empeoraba de día en día. El Señor nos probaba. La casa que la tía había edificado para mi se convirtió en una ruina. Meses y meses desalquilados los magníficos pisos...”.  La casa, regalada por tía Jorja a María Teresa, se levantaba en la Avenida de la Paz. 

“Como no cobrábamos rentas, no podíamos pagar los intereses semestrales del Banco Hipotecario. Era horroroso. Vendíamos alhajas que yo estimaba mucho y objetos de plata. Llegó día en que nos vimos en la necesidad de pedir prestadas algunas cantidades a personas amigas, abonando intereses; y de este modo, empeoraba la situación. ¡Cuántas desilusiones nos llevamos de amigos que creíamos fieles y verdaderos!. 

Mi madre padecía del estómago. Sufría mucho, y en silencio. ¡Era una mártir!. Habiéndosele declarado una peritonitis y, después de un corto tratamiento inútil, murió el 3 de marzo de 1932.  Su ausencia me dejó deshecha. Enfermé. Mi sistema nervioso se desequilibró. Creí no resistir”. 

María Teresa escribió a su padre. Le rogaba que no se casara de nuevo, que volviese a Logroño para vivir definitivamente juntos. “Ni caso. A los veinte días contraía matrimonio”.

Duro trabajo para ganarse el pan.
Su naturaleza se debilitó. Los víveres escaseaban en Logroño, como en todo el Estado, tras la terminación del lamentable conflicto bélico, la guerra civil. “Me puse a trabajar en Marrodán y Rezola como encargada de la centralita de teléfonos”. 

Su abuelo y la tía Jorja estaban desolados. “Salían al mirador cuando ella se dirigía al trabajo, a despedirme hasta perderme de vista”. Y así todos los días. Ella fingía una sonrisa de despedida, “pero mi pena era tan grande, tan honda viéndoles a ellos sufrir...”. 
Este continuo padecimiento, unido a su debilidad física, la hizo enfermar. Cuando se repuso un tanto, comenzó a trabajar en Correos, en el departamento de Censura de Cartas. Le abonaban 75 pts. al mes; y en Profidén, 100 pts. como salario de su trabajo vespertino. La casa que la tía Jorja le había regalado fue vendida, quedándose ella con su piso en alquiler por 150 pts. de renta. 

Hasta la muerte del padre. 
El 25 de Noviembre de 1941 moría su abuelo; y dos días más tarde, su tía Jorja. Dolorosa soledad se cernió sobre ella. Y con la soledad llegó pareja una casi extrema penuria económica. 

Contra el consejo de varios amigos suyos, no levantó el piso. “Me resistí con tesón, confiando en Dios”. 
Y llegó una solución imprevista y providencial. Una amiga suya deseaba que su hijo cursara los estudios en los Escolapios; y se estableció en el piso de María Teresa. “Me sentí acompañada, y me abonaba 125 pts. al mes”. Esta situación se prolongó hasta que María Teresa se vio robustecida en su tan precaria economía. 

Otra feliz coincidencia. Los Srs. del Val ocuparon el tercer piso del inmueble y trabaron con ella íntima amistad. “Para poder pagar las deudas de mis pobres abuelos, me proporcionó José Antonio del Val libros de alemán”. Un tal Sr. Romero los traducía, y María Teresa los mecanografiaba. 

Severo sacrificio incorporaba este plus de trabajo a los que ya ejercía: el de la Censura y el de Profidén. “Estábamos hasta las 11 de la noche sin cesar en nuestro trabajo. Me dolían las espaldas; pero así gané muchas pesetas. Con ellas iba pagando las deudas”. 
Finalmente, se vio libre de ellas; y comenzaron los ahorros. Sentía profundamente la soledad. Pero en el desierto de su vida, brotó un esperanzado manantial. Entabló amistad con un joven de altas cualidades humanas y de vida cristiana profunda. Tomás Lázaro proporcionó a María Teresa colocación como mecanógrafa en el Frente de Juventudes. “Allí -afirma ella- comenzó mi optimismo. En medio de mis penas y desamparos, no me sentía amargada, ni mucho menos!”. 

Además, desde algún tiempo, recibía cartas de su padre. Ella ansiaba verle, aún cuando la realización de su deseo le causaba cierto reparo o vergüenza. “Fui a Madrid, por primera vez, a su casa. Me temblaban las piernas sólo de pensar que había de ver a la mujer que había hecho desgraciada a mi madre”. Efectivamente, fue ella quien salió a recibirla. Tras el saludo, “yo enmudecí”. 

Volvió luego a ver a su padre en varias ocasiones en las que la esposa hurtaba siempre su presencia. Había comprendido que la primera escena de encuentro había resultado desgarradora para María Teresa. Pasó el tiempo. “Mi padre enfermó, y mandó que me llamaran”.  María Teresa regía ya su colegio de Los Boscos en la calle del Doctor Múgica. 

“Me mandó llamar precisamente el día en que celebrábamos la fiesta de San Juan Bosco. Lo que tuve que vencerme, sólo Dios lo sabe. Comprendí que mi actitud había de ser la de perdonar, y así lo hice. Permanecí en casa de mi padre tres días, viviendo con ella con toda naturalidad y con afecto. ¡Lo hice por Cristo!. Y tuve el consuelo de oír a mi padre en sus últimos días: “Tu madre era un ángel”. 

La interpretación de esta confesión de su padre apareció nítida en la mente de María Teresa: “Mi madre tuvo razón”. El 20 de Septiembre de 1957, fue requerida de nuevo. Cuando llegó, el padre ya había muerto. No quedó sola. Millares y millares de muchachos la quisieron como a una madre: los chavales de Los Boscos. 
Introducción Ambiente de su trabajo Deja su casa para estar con sus alumnos
Testimonios Fechas de su vida


Datos facilitados por: José Luis Bastarrica y Santos Sastre escritores del libro ""Los Boscos, una obra social".