Manuel Antonio García Herreros Sáenz de Tejada
Ministro de Gracia y Justicia con Fernando VII (1820-1821)
Los cambios políticos no dieron tiempo a que García Herreros cumpliera su condena de 8 años. Apenas pasados cinco, la situación se transformó. A pesar de haber anulado Fernando VII la obra de las Cortes de Cádiz, la ideología liberal persistía sobre todo en determinados grupos sociales (profesionales, comerciantes, incipiente burguesía industrial). Una minoría particularmente activa de estos grupos se reúne en las logias masónicas, que constituyen desde finales del siglo XVIII, una de las principales fuerzas al servicio de la revolución burguesa; en las logias, comerciantes e intelectuales entran en contacto con jóvenes militares, impregnados ya de la mentalidad liberal y de la sensibilidad romántica, que pondrán a disposición de aquellos la fuerza indispensable para poder intentar una acción política contra el absolutismo. Durante los seis años que siguen a la Restauración se sucederán las conspiraciones seguidas de pronunciamientos, es decir, de iniciativas de militares, generalmente jóvenes y carentes de programa concreto, aunque idealistas, destinadas a resucitar la vigencia de la Constitución de 1812. 

Recordemos los pronunciamientos del general Porlier en 1815 en La Coruña, la «conspiración del Triángulo» de 1816 en Madrid; en 1817 se pronuncia en Barcelona el general Lacy; nueva conjura en Valencia en 1818. Finalmente, el 10 de enero de 1820 el entonces coman-dante Rafael de Riego proclamó en Cabezas de San Juan (provincia de Cádiz) la Constitución de 1812 al frente del ejército expedicionario que debiera haber embarcado en Cádiz para hacer frente en América al movimiento de Emancipación. Este pronunciamiento fue apoyado en las semanas sucesivas por La Coruña, Zaragoza, Barcelona, Pamplona y Cádiz. En Madrid el 7 de marzo la multitud rodeaba materialmente el palacio real y el ejército se había pasado al lado liberal. La Corte había perdido la partida y no tenía más reme-dio que ceder.
El 7 de marzo el rey tiene que convocar Cortes según la Constitución de 1812, disposición que se hizo pública el 22 de marzo. El 9 de marzo el rey presta juramento a la Constitución y se crea la llamada «Junta Provisional Consultiva» destinada a dirigir y controlar la actuación política de la monarquía hasta tanto tenga lugar la reunión de Cortes. El día 10 Fernando Vil daba a la publicidad el famoso «Manifiesto del Rey a la Nación Española», en el que decía la también famosa frase: «Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional».
El 17 de marzo la Junta Consultiva reclamó del monarca la formación de un Gabinete integrado por acreditados constitucionales. La primera propuesta específica, formulada en la noche del día 21, fue elevada al rey al día siguiente. Eran los candidatos, entre otros, Agustín Argüelles, García Herreros y Canga Argüelles, que apenas liberados del presidio, estaban todavía ausentes de Madrid. El nuevo equipo ministerial no llegó a constituirse sino en abril, quedando formado de la siguiente manera: Don Agustín Argüelles (Gobernación), Don Evaristo Pérez de Castro (Estado), Don Manuel García Herreros (Gracia y Justicia), Don José Canga Argüelles (Hacienda), Don Juan Jabat (Marina), el Marqués de las Amarillas (Guerra), y Don Antonio Porcel (Ultramar). Como se ve, a nuestro protagonista se le reconoció su valía en jurisprudencia asignándole la cartera de Gracia y Justicia. El vaivén político hacía que los «presidiarios» volvieran al poder y que los cargos ministeriales compensaran sus años de destierro.

A partir del mes de abril, en que se instaló el Ministerio que Fernando VII llamaría de los «presidiarios», la dirección de la política estuvo dividida entre éstos y la Junta que aún conservaba sus atribuciones iniciales. Durante este mes y el siguiente se continuó la emprendida tarea de restauración política, restableciendo la autoridad de los tribunales y el régimen jurídico previsto por la Constitución, autorizando la reaparición de la Milicia Nacional, al tiempo que se tomaban disposiciones políticas, como el decreto de 23 de abril que permitió el regreso de los afrancesados, la licencia de una parte del ejército expedicionario o la promoción de los pronunciados de enero al generalato. El Ministerio declaraba extinguido el voto de Santiago el 3 de abril y 6 días después restablecía el decreto de 8 de junio de 1813 sobre cerramientos de tierras.

El Gabinete, con la única excepción del Marqués de las Amarillas, gozaba de la confianza de los liberales, y aunque sus relaciones con el monarca no fueran cordiales, se ajustaban por entero a las normas constitucionales.
El 9 de julio tiene lugar la apertura de las Cortes y la disolución de la Junta Provisional. Tras la apertura de Cortes comenzó la sucesiva lectura de las memorias ministeriales por los titulares de cartera. Concretamente, García Herreros anunció haberse realizado ya la conversión de los tribunales al método constitucional, y en cuanto al clero, informó de las distintas causas instruidas contra eclesiásticos manifestados contra el régimen, así como de las diversas medidas adoptadas por el Gobierno en relación con los regulares y sus bienes.

La actuación del Gobierno en los meses siguientes resultó difícil. Tal vez lo más adecuado sería decir que intentaban gobernar en medio de una confusión política resultante de la interferencia, unas veces violenta y otras solapada, de varias fuerzas políticas, cada una de las cuales pretendía dirigir los acontecimientos a su propio aire. Los ministros de este primer Gabinete pertenecen a la tendencia liberal moderada, reconocidos como «doceañistas», y tienen que llevar una política de equilibrio, con grandes vacilaciones y temerosos del radicalismo de los militares liberales y de las sociedades patrióticas, sin el visto bueno del rey y con la oposición de los absolutistas.
Por una parte estaba la influencia de la francmasonería que había preparado el levantamiento de 1820. «El Gran Oriente», que se estableció en Madrid, coordinaba la acción de los logias del país.
Surgieron otras sociedades secretas como la de «Los Comuneros» y «Los Carbonarios». Comenzaron también las actividades de las «sociedades patrióticas», especies de tertulias políticas de café, que muy pronto se convirtieron en una réplica popular e incontrolada de las Cortes, por cuanto se permitieron adoptar iniciativas políticas que elevaban al ministerio y a las Cortes, destacan-do en ellas los más radicales y «exaltados»: recordemos la «Lorencini», la del café de San Sebastián, «La Pontana de Oro», «La Gran Cruz de Malta». Los ministros o eran miembros de estas sociedades o estaban muy influidos por ellas. García Herreros fue miembro de la sociedad más moderada llamada «La Templanza».

De otro lado el conflicto del rey con su Gabinete se empezó a manifestar pronto. Fue en Julio ante la dimisión que le presentó el Marqués de las Amarillas a instancias de Riego. La resistencia de Fernando VII a aceptar la renuncia condujo a un incidente generalizado en que se enfrentaron claramente el monarca con sus ministros. El rey reclamó la opinión de cada uno de los ministros, manifestándose todos en favor de la sustitución, momento en que Fernando VII estalló en denuestos contra el Gabinete al tiempo que rompía el escrito que contenía la dimisión.
Otro motivo de tensión fue cuando el Gobierno presentó al rey para su sanción la ley de reforma de regulares aprobada por las Cortes en agosto. En principio el rey se negó, pero a presiones del Gobierno, el 25 de octubre Fernando Vil sancionó la ley y a continuación se trasladó a El Escorial.

Cada vez las relaciones entre el monarca y su Gabinete se hacían mas tirantes, hasta el punto de presentar la dimisión varios ministros, entre ellos García Herreros, con ocasión de que el rey intentó designar al arzobispo de Valencia para el puesto de Patriarca. El escrito en que Pérez de Castro, Argüelles y García Herreros presentaron su renuncia, constituía una clara acusación contra la influencia del Consejo privado del monarca —«la naturaleza y el espíritu de la monarquía constitucional no permiten que haya un ministerio ostensible y otro oculto»—, pero al mismo tiempo insistía en el principio de la necesidad de que lodos los funcionarios fuesen fieles a la corona: «V.M. por la Corona tiene la facultad de nombrar libremente para todos los empleos y cargos públicos. Pero la Corona, las leyes, la conveniencia pública, la política y la razón de Estado requieren que los que elija V.M. sean amantes de aquella misma Corona y que hayan dado pruebas positivas de ello». La pretensión del rey constituía, dentro de la legalidad, una evidente provocación, aunque la decisión del Gabinete de recurrir a la crisis, debió de obligar a Fernando VII a reconsiderar su decisión, por cuanto el Ministerio se mantendría aún durante varios meses sin alteración. 

Estos hechos dieron como resultado una radicalización política del Gabinete, acercándose las dos fracciones del liberalismo, e incluso readmitiéndose en el seno de la masonería a los miembros del ministerio expulsados meses antes por moderados.
Finalmente el rey planteó una nueva ofensiva política contra el equipo ministerial, que le llevaría al cambio de ministros. Fue cuando en la famosa «coletilla» añadida por Fernando VII al discurso de la Corona presentado en las Cortes, responsabilizaba al ministerio de los atentados contra su persona tenidos el 4 de febrero de 1821. Al día siguiente (10 de marzo) el rey destituyó al Gabinete en pleno, nombrando ministros interinos a los oficiales primeros de cada secretaría. Ante estos hechos las Cortes acordaron que los ex-ministros acudiesen para dar cuenta de los sucesos denunciados por el rey en su discurso. Estos acudieron, pero se negaron a dar ninguna explicación, por cuanto en su presente condición de particulares no podrían sostenerlo. García Herreros se expresó así en aquella ocasión:
«Creía yo que habíamos dado testimonios públicos que acreditaban y ponían a cubierto nuestro amor a la patria. Por ella lo hemos sacrificado lodo; no nos resta más que el honor, y se quiere que lo sacrifiquemos también... Con el carácter que tuvimos algún día, se debía suponer que hablábamos siempre oficial-mente y con relación a estos datos, en tanto grado que, si hablando a las Cortes no hubiéramos podido probar con ellos cuanto dijésemos, mereceríamos haber sido tenidos por hombres despreciables e indignos del puesto que ocupábamos... Nuestro honor no ha de ser indiferente a las Cortes, y lo ponemos bajo la salva-guardia de los señores diputados».

Este es el contexto complicado y difícil en el que García Herreros tuvo que ejercer su ministerio de Gracia y Justicia. Muchas de las decisiones de este Gobierno que pudieron haber contribuido a la transformación del país, no pudieron ser llevadas a la práctica, en parte por la oposición que tuvieron en su línea moderada y en parte por no contar con la existencia de una auténtica Administración. García Herreros aparece como un hombre honesto y valiente, pero quizá con poco poder de acción dadas las circunstancias. Era una situación difícil la de buscar el equilibrio. Fue criticado duramente por los exaltados, pero le cupo el honor de servir a su Patria con la moderación.

Conocidos son los acontecimientos de 1823: en abril la invasión del ejército francés, al mando del duque de Angulema, La Regencia absolutista nombrada en Madrid, que el 23 de junio decretó una proscripción general por la que se condenaba a muerte a los diputados liberales y a los constitucionalistas más notables, el decreto de Fernando VII de primero de octubre, abrogando todos los actos del Gobierno constitucional y rindiendo pleitesía a Francia. Al día siguiente el rey suscribe una medida represiva contra todos los que habían colaborado con el régimen caído.

Estas sanciones legales, así como las reacciones a nivel de masas, hicieron que los partidarios del liberalismo tuvieran que emigrar. La mayor parte a Inglaterra y muchos a Francia. A Francia emigró en 1823 García Herreros. No tenemos datos de su estancia en Francia. Sabemos que una importante elite de los emigrados vive en París su exilio, por ejemplo el Conde de Toreno y Martínez de la Rosa. Lo más probable es que García Herreros estuviera cerca de ellos. Y allí estuvo hasta 1832.

Introducción

Nacimiento, infancia y juventud

Diputado de las Cortes de Cádiz

El perseguido del absolutismo Ministro en la Regencia de Mª Cristina  Conclusión


Esta información ha sido elaborada por, José Luis Moreno Martínez, para el libro
"El Camero Viejo" publicado por la Asociación de San Román de Cameros