Joaquín Baldomero Fernández Álvarez Espartero no nació para famoso, ni para ídolo de multitudes, ni para recibir el tratamiento de Alteza Real. Si acaso, para gozar de su mayor prosperidad que su padre - en su negocio de mulas -, o para canónigo, que ya es decir. Pero su destino le elevó a Regente de España