" Y viceversa "
Autor: Luis E. Prieto

Estaba al borde de sus fuerzas y un frío puntiagudo y húmedo comenzaba a meterse hasta el fondo de sus huesos. Sus labios estaban salados, y, desde hacía unas cuatro horas, sus brazos tenían tantos calambres que había desistido siquiera de coger los remos. La noche caía plúmbea y cerrada sobre su barquichuela que se balanceaba entre los rizos de las olas escasas. Se dejó caer, y un sueño, o un desvanecimiento de cansancio y hambre, le envolvió dándole cobijo en el fondo de la barca...

No había sido fácil hacerse con una barca lo suficientemente preparada para intentar cruzar el Estrecho rumbo al Sur. En Zahara los pescadores le habían mirado con ojos de sorpresa, y en Caños aquel pescador jubilado, con todo el Atlántico en las arrugas de sus manos, le había dicho, con una sonrisa pícara, mientras se terminaba su “fino” con olivas:

- Mire usted, compadre, lo normal es irse “al otro lado” para comprar la patera y hacer el negocio...

Estaría preguntándose, seguro, qué haría allí Carlos, con sus 26 años y su cara de turista bien nutrido, metido en el dudoso negocio del paso del Estrecho.

Al final, un compadre de la Barrosa le había sableado convenientemente, y, a muy temprana hora, le había dejado la barca, con sus remos antiguos y su viejo y usado chaleco salvavidas, a la altura de la Loma del Puerco, casi ya donde comenzaban los lujosos chalets de Roche.

Al principio todo había sido más bien cómodo, lúdico incluso, ya que la música de Serrat y esa idea que le animaba le fueron meciendo al compás de las suaves olas del mar y del acompasado esfuerzo de los remos. 

Cuando la comida y el agua comenzaron a escasear, la música se fue convirtiendo en casi una pesadilla que empezó a diluirse con las primeras oscuridades de la tarde que iba extendiendo su manto oscuro y amenazador en un inmenso horizonte de aguas y estrellas.

Llevaba tiempo, desde los altercados de El Egido exactamente, con esa idea metida entre pecho y espalda: quería conocer, in situ y en sentido contrario, las experiencias de los emigrantes sin papeles que se jugaban la vida atravesando el Estrecho para encontrar un mundo mejor. Ahora era él, joven y con su licenciatura en Biológicas recién estrenada, el que se lanzaba, solo con su pasaporte y sus ideas, a cruzar la franja estrecha de mar que separaba África de Europa, pero de Norte a Sur, de opulencia a pobreza, de vuelta hacia la nada...

Cuando se despertó había 20 ojos que escudriñaban interrogantes su figura tendida en un camastro, con olor a orines, de una gendarmería de Zeluam. De pronto los ojos se animaron y vio cómo 10 labios se movían al unísono emitiendo palabras que llegaban amortiguadas a sus oídos desperezados y que no entendía. Intentó levantarse y no tuvo fuerzas. Las palabras extrañas empezaron a llegar como gritos agudos y altisonantes a su cerebro. Quiso decir algo, pero su garganta estaba pastosa, y solo pudo musitar que le trajeran un poco de agua. Nada. Los gritos extraños retumbaron de nuevo, extraños, en su cerebro.

De pronto, la paz... Una voz entendible que le decía:
- A ver, “paisa”, ¿qué vamos a hacer contigo?
Era una figura cetrina y seria, con el pelo tremendamente rizado, el que había conseguido calmar el griterío, y ahora se dirigía a él con cierta dosis de amabilidad. Parecía un sargento de origen rifeño y hablaba un castellano bastante aceptable.
- Un poco de agua, por favor, -insistió, balbuceante, Carlos.

Mientras bebía a sorbitos el agua, lo que le pareció un manjar de reyes, volvió a escuchar a su interrogante:

- ¿Qué vienes a hacer aquí, “senior”?
- Nada, amigo, solo quiero trabajar en África, -dijo Carlos que empezaba a reponerse.
- ¿En patera?, -preguntó el sargento mientras imponía silencio al resto de los gendarmes.
- No se me ha ocurrido un modo mejor, lo siento, -respondió Carlos, que ya se había hecho dueño de la situación.
- Nosotros no tenemos inmigrantes, “paisa”. Nosotros solo tenemos emigrantes, -comentó irónico y amargo el sargento.
- Pues ya tenéis uno, -dijo Carlos aceptando el reto-. De todas formas, sargento, mi intención es trasladarme a Dakar...

Estuvo dando tumbos por distintas comisarías entre Zeluam y Nador donde, entre intrigados e incrédulos, le habían sometido a docenas de interrogatorios. Nadie aceptaba que, simplemente, Carlos quisiera trabajar como un inmigrante más en África. Nadie podía comprender que un joven biólogo de la Europa cómoda y desarrollada se hubiera atrevido a meterse en una patera y a hacer el camino de retorno sin ninguna otra motivación oculta. En los 10 días que pasó en los distintos calabozos fue acusado de casi todo: de sicario a sueldo del capitalismo sionista, de negociante de emigrantes, de correo de la droga, de provocador político, de elemento altamente peligroso y desestabilizador de pueblos en desarrollo... Todo antes que admitir una simple y evidente realidad: la de alguien que quería vivir en carne propia el reflujo de la emigración con toda su carga de tristezas.

Una mañana le devolvieron el pasaporte y le dejaron marchar, sin dinero y con las fuerzas justas para caminar sin caerse.

Había conocido ya la experiencia de ser un proscrito en una sociedad hostil y ante unas fuerzas institucionales que siempre le trataron con recelo y sin respeto, y ahora se disponía a experimentar, inevitablemente, la agonía de ser y sentirse un extraño cultural e idiomático en una sociedad civil que se protegía ante la duda y ante la diferencia.

Pasó días mendigando cerca del puerto de Nador, haciendo de estibador por horas y por un plato de comida, para los barcos que cargaban mercancías con destino a distintas partes del mundo. Todos le temían: unos por miedo, y otros porque la sorpresa y la ignorancia les hacían ponerse a la defensiva, como a un pobre enfermo contagioso al que nadie se atreve a ayudar por miedo al contagio.

Solo Mimoun le brindó su humilde casa y su no menos humilde comida. Mimoun era un rifeño paciente y cariñoso que había estado 5 años viviendo en distintos pueblos de España y recordaba sus pesares y sus agravios. Quizá por eso ahora se tomaba el desquite afectivo con aquel ciudadano de la Europa feliz al que no hacía ninguna pregunta...

Al poco tiempo Carlos se coló de polizón en el Aboukader, un carguero de caolín de bandera nigeriana que tenía destino en Dakar.

Nadie se percató de que un polizonte blanco y educado estaba en las bodegas de aquel barco haciendo ímprobos esfuerzos para soportar la travesía de siete días con apenas una cantimplora de agua y cuatro trozos de carne salada que su amigo Mimoun le había ido dejando para la cena los días anteriores.

Al quinto día Carlos creyó que en aquella bodega de aquel carguero terminaban sus ansias revanchistas cuando una enorme tiritona, acompañada de vómitos y diarreas, se apoderó de todo su cuerpo. Estuvo a punto de intentar salir para pedir ayuda, pero era consciente de que las consecuencias que esto habrían podido ocasionar hubieran sido incontrolables, y optó por aguantar el tipo bebiendo agua a sorbitos constantes, y quedarse inerme en posición fetal sin mover un solo músculo de su cuerpo y rodeado de todos sus excrementos. Esta vez el destino se puso de su parte y a las 12 horas cesaron los vómitos, las diarreas y las tiritonas, aunque su aspecto era tan lamentable, y sus fuerzas tan exiguas, que se pasó los dos días restantes sin moverse de su rincón, y solo bebiendo, de tiempo en tiempo, pequeñas cantidades de agua.

Al fin, un día notó como las máquinas primero se tornaban más tranquilas y luego se paraban. ¡Había llegado a Dakar! Una luz cegadora inundó su cuerpo cuando se abrieron las grandes compuertas de la bodega del buque. Fue como la puntilla: en segundos perdió el conocimiento y todo se hizo, a pesar de la claridad, negro y profundo...

Cuando volvió en sí estaba en una gran sala de un hospital atendido por unas jóvenes de piel muy negra y muy blancamente vestidas. Tenía un gotero en cada brazo, y apenas notaba la existencia de su cuerpo. A lo lejos, como en un sueño, le pareció escuchar, en francés, algo que parecía referirse a su persona: un médico hablaba con una joven enfermera, y le pareció entender algo sobre deshidratación y malaria. También pudo escuchar, algo después, una palabra que conmovió todo su ser: “police”. No, no estaba preparado para soportar de nuevo interrogatorios sin sentido, y horas y horas de respuestas no entendidas y de miradas extrañas.

Aquella noche, cuando todos dormían aparentemente, tiró suavemente de las agujas que aseteaban sus brazos, puso el esparadrapo que las sujetaban a su piel directamente sobre ella para cortar la hemorragia, tomó prestados un viejo pantalón y una raída camisa que su vecino de cama tenía junta a su mesilla, y abandonó sigilosamente el hospital.

Aunque era muy tarde las calles que circundaban al centro hospitalario de Dakar eran un hervidero de gentes paupérrimas y silenciosas que vegetaban por los rincones. Se sentó junto a un grupo de personas que compartían un pedazo de pan y un cuenco de arroz con algo que parecía ser carne, y extendió sus manos en señal de súplica sin decir nada. Estaba a punto de desmayarse de nuevo, y todo empezaba a descolocarse en su cerebro. Notó cómo algo le golpeaba suavemente en un brazo, y vio cómo una escudilla de arroz con carne y un trozo de pan le era ofrecido en silencio por uno de los hombres que estaba a su lado.

Al mes de la desaparición de Carlos, su familia recibió una carta matasellada en Dakar, Senegal, que decía:

“Queridos padres: siento profundamente la enorme intranquilidad y pena que mi desaparición os ha tenido que provocar durante todo este tiempo. Os pido perdón. Estoy razonablemente bien, y vivo en Dakar, la capital de Senegal, donde intento abrirme camino como un vulgar inmigrante.

Ya sé que os estaréis preguntando qué razones podría podía tener yo para desaparecer sin decir nada, y, sinceramente, me es muy difícil explicároslo: solo os puedo decir que necesitaba perentoriamente sentir en carne propia qué sienten miles de personas que arriesgan su vida, su lengua y su cultura, por intentar vivir más dignamente una vida que la mala suerte o la desvergüenza del mundo y sus dirigentes les han negado al nacer. Intentar entenderlo, y, por favor, no me busquéis. Yo continuaré estando en contacto con vosotros.
Os quiero. Carlos.”

No era fácil sobrevivir en Dakar siendo blanco, pobre y sin papeles...

Las primeras semanas después de escaparse del Hospital de África con un diagnóstico de malaria y con fiebres intermitentes, Carlos, fue uno más de los cientos de mendigos sin casa que pululaban por los alrededores del centro de la ciudad. Pronto aprendió, para salvar su identidad y con ella su integridad, a taparse la cara con una especie de “fez” de un color indefinido que a modo de pasamontañas le dejaban prácticamente solo los ojos y la boca al descubierto. Y su cuerpo fue adornándose con cuantos trapajos fue encontrando por las calles y los mercados.

Durante aquellos días supo de hambres y de calenturas, que intentó mitigar al amparo de una somnolencia casi permanente que le mantuvo prácticamente tumbado entre los portales y la mugre de los cementerios de automóviles la mayor parte de las horas. Pero siempre tuvo un pedazo de pan marrón o un trozo de fruta, e incluso de cordero viejo, que alguna mano desconocida y anónima le tendió en los momentos más necesarios.

Al cabo de unas semanas podía ya casi mantenerse erguido y las fiebres habían remitido como por ensalmo.

Fue entonces cuando conoció a Amadou. Amadou era un “serere” de unos 40 años que desde pequeño había vivido la vida de los mundos, y que se dedicaba ahora al próspero negocio de las “hierbas”, eufemismo con el que se conocía en Dakar el trapicheo y minoreo con las drogas que, como el hachis, y últimamente la coca, llegaban continuamente al puerto de la ciudad. También llevaba una troupe de gacelas jovencísimas, chicas de la tribu “peule”, que se dedicaban a la prostitución callejera por los alrededores de los cuatro hoteles importantes de Dakar.

Aquel día Carlos había podido levantarse del portal que ocupaba en la rue de Sengor y se había encaminado a una fuente pública cercana para intentar quitarse parcialmente la mugre que le cubría. En eso estaba cuando Amadou, con su elegante traje de alpaca veige y su camisa negra en la que destacaba un grueso collarón de oro macizo le abordó preguntándole:

- Oh, la, la! Un jeune bien blanc et bien pauvre...
(¡Oh!, un joven bien blanco y bastante pobre...)

Carlos volteó la cabeza, y, más por cortesía que por cualquier otra cosa, contestó:

- Désolé, Monsieur, mais je ne parle pas bien le français...
(Lo siento, señor, pero yo no hablo bien el francés...)
- ¿Quizá español?, -chapurreó, bastante adecuadamente, Amadou.
- Sí, sí... soy español, -dijo Carlos.

Amadou había vivido intensamente desde los 16 años que salió de su aldea al Oeste de Senegal y había pasado casi tres años por los mercadillos de España haciendo la carrera de vendedor de alfombras y de tótenes de madera.

- ¿Y se puede saber qué hace un españolito joven y apuesto como tu con estas pintas en Dakar?, -indagó Amadou.
- Pues ya ve usted, -contestó algo turbado Carlos-, de emigrante...

A Amadou la aparición de Carlos le venía ni que al pelo. Llevaba tiempo buscando alguien que pudiera dar la cara en sus negocios para confiarles una apariencia internacional y medio respetable. ¡Y que mejor que un joven blanco y occidental para lograrlo!

No fue difícil para Carlos, dada su precaria situación, aceptar, desde la primera invitación de Amadou para comer en un pulcro restaurante de Dakar, hasta hacerse poco a poco el brazo derecho y el hombre de paja de los dudosos negocios de su protector.

Al mes de ese primer encuentro Carlos se había convertido ya en una figura imprescindible y bien conocida en los “lobys” de los hoteles de Dakar y de las zonas turísticas de Sally, en la costa. La troupe de gacelas peules de Amadou le respetaban hasta llegar casi a prohijarle, ofreciéndole con frecuencia sus favores solo por el placer de hablar con él y de disfrutar de esa mezcla de ingenuidad occidental y fogosidad juvenil que Carlos poseía. Todo marchaba sin grandes sobresaltos, y solo la correduría de hierbas y coca al por menor le suponían alguna pequeñas fuentes de problemas, aunque también de pingues beneficios.

Amadou supo enseguida que había encontrado lo que andaba buscando para dar a su “negocio” el aspecto internacional y cosmopolita que deseaba, y no le dejó escapar: a los quince días Carlos disponía de un pasaporte falsificado como ciudadano de Costa Rica, y oficialmente regentaba un negocio de importación-exportación en la capital de Senegal.

Joseph Dá, el jefe de la policía política de Dakar, era uno de los más frecuentes clientes de Amadou, y Carlos supo ganarse bien pronto su confianza y su amistad. Era un asiduo consumidor de coca de gacelas jovencísimas, tanto, que Carlos tuvo que montar para él una sucursal de búsqueda y captura de jovencitas entre 15 y 18 años por los alrededores de las ciudades más importantes del país. Era un personaje siniestro y sanguinario, y a menudo las chicas se habían quejado ante Carlos de las vejaciones a que eran sometidas por el “policeman” que, insaciable, iba aumentando sus demandas sexuales y su consumo de coca progresivamente. Un día Carlos recibió una llamada del Hotel Intercontinental que sonó caústica y dramática:

- Monsieur, il faut que tu viennes rapidement ici, a l´hôtel. Ta jeune princesse est morte.
(Señor, es necesario que venga rápidamente aquí, al hotel. Tu joven princesa está muerta)

Era la voz de Joseph Dá, y presagiaba tormentas impredecibles...
Cuando Carlos llegó a la habitación 127 del hotel y abrió la puerta se encontró un cuadro aterrador. Lissette yacía en el suelo desnuda alrededor de un gran charco de sangre, y el Sr. Dá la miraba fijamente, con los ojos desencajados, desde un sillón de la habitación. Lissette tenía solo 16 años, y a primera vista había sido sometida a una tortura cruel desde todos los puntos de vista, tanto físicos como sexuales.

- Mais, qu´est-ce qu´il est arrivé, monsieur Dá?, -preguntó Carlos inquieto.
(¿Pero qué ha pasado, señor Dá?)
- C´était une putain. Rebelle et con, -respondió el jefe de policía mientras se recostaba resoplando en el sillón.
(Era una puta. Rebelde y tonta) 

Carlos temblaba de miedo y de indignación. Le hubiera gustado avalanzarse sobre aquel mastodonte negro y feo y machacarlo a patadas. Evidentemente la pobre chica estaba destrozada y aún asomaba algo por su vagina que había dejado una enorme mancha de sangre entre sus piernas.

- Qu´est-ce qu´on va faire maintenant, monsieur Dá?, -preguntó Carlos rojo de ira.
(¿Y ahora qué haremos, señor Dá?)

El policía se tomó su tiempo antes de contestar, y al cabo de unos minutos, con esa tranquilidad que da el poder, dijo: 

- Plûtot qu´est-ce que tu vas faire toi, mon ami blanc? Parce que moi, j´ai même pas été ici, je connais pas cette pute, et je ne te connais pas non plus. Ou je te connais trop bien, peut-être?, -escupió con la boca torcida y el gesto amenazador el policía.
(Ahora qué vas a hacer tu, mi amigo blanco... Porque yo no he estado aquí, yo no conozco a esta puta, y yo no sé quién eres. ¿O quizá te conozco demasiado bien?

Carlos comprendió enseguida la situación. El jefe Dá conocía perfectamente que su pasaporte era falso y que él era ilegal en el país. Ahora se tomaba la revancha y le dejaba con el culo al aire. Es más, estaba convencido de que intentaría colgarle la muerte y desembarazarse de él por la vía rápida. Pensó llamar a Amadou pero el tema parecía ya del todo irreversible. El jefe Dá se había vestido tranquilamente y estaba a punto de abandonar la habitación, y Carlos sabía perfectamente qué acontecería minutos después. Una sensación de pánico se apoderó de él y sin pensarlo dos veces echó a correr escaleras abajo antes de que el policía pudiera reaccionar.

Ahora lo primordial era esconderse, desaparecer de la circulación para que los secuaces de Joseph Dá no le pudieran encontrar. No había mucho tiempo para pensar, y menos para ser coherente. Le acusarían de asesinato y le ejecutarían sin ninguna contemplación por la vía rápida. Pensó pedir ayuda a la Embajada, pero, ¿a qué embajada? Carlos era, según su pasaporte, ciudadano de Costa Rica, país que ni siquiera tenía Delegación Consular en Senegal. ¿Y quién se iba a creer la historia de su llegada a Dakar y de su falta de papeles?

Se dirigió a su apartamento en el Boulevard Ricard Efée para recoger las cosas más imprescindibles y sin perder un segundo de tiempo se pasó por el Banco de Crédito Senegalés para retirar los francos de su cuenta corriente. Estaba anonadado y sin resuello pensando que de un momento a otro aparecerían los gorilas del señor Dá para atraparle. De pronto, al salir del Banco, sonó su teléfono móvil. No sabía si contestar porque desconocía si el jefe de policía sabría su número del móvil ya que siempre había contactado con él a través del teléfono de su apartamento. Al fin, temblando, se decidió a contestar:

- Aló?
- ¿Pero qué está pasando, mi querido amigo?

Era la voz de Amadou que sin duda ya conocía la noticia por boca de Dá.

- ¿Qué qué está pasando?, -repreguntó Carlos-. Pues que me quieren colgar un muerto, Amadou...
- Atención, Carlos, - comentó seco Amadou-, Dá es un hombre peligroso...
- Gracias por el aviso, pero ya lo sabía, Amadou, -contestó Carlos-. ¿podrías ayudarme?
- Imagino que no, mi amigo. Tu debes entender mi posición, -respondió con la voz medio afligida Amadou.
- Claro, claro, -dijo desolado Carlos-. Gracias y hasta siempre...

Carlos confirmó sus sospechas. Ahora ya sabía con certeza que estaba solo y que solo su ingenio y sus fuerzas podrían ayudarle. Tiró el teléfono móvil a un montón de basura almacenada en una calle y dirigió sus pasos a la zona portuaria sin dejar de escudriñar todo lo que se movía a su lado. Tenía que pensar deprisa. Tenía bien claro que no podía permanecer en Dakar , ni siquiera en Senegal, porque los gorilas de Dá le terminarían encontrando. Era imprescindible salir del país lo antes posible. ¿Pero a dónde? Carlos sintió ahora, mientras caminaba y su cerebro cavilaba a mil revoluciones por segundo, que las fuerzas comenzaban a fallarle y que su aventura estaba llegando a su fin. Había llegado la hora, inevitablemente, de volver a su tierra y a su casa, aunque no sería nada fácil a pesar de poseer una pequeña fortuna en francos senegaleses. De pronto se acordó de Lamine Ebizú, un capo-mafioso portuario que manejaba casi todas las operaciones de “trapicheo” de drogas en el puerto de Dakar. Fue a buscarlo al café Gare, y allí lo encontró, como casi todos los días, tomándose un Ricard mientras hablaba por teléfono.

- Ça va, Lamine?, -saludó Carlos lo más templado que pudo.
(¿Cómo estás, Lamine?)
- Ça va, mon ami deseperé?, -contestó Lamine dando a entender que ya conocía la noticia que había volado por la ciudad.
(¿Cómo estás, mi amigo desesperado?)
- J´ai besoin d´aide, -dijo Carlos
(Necesito ayuda)
- Je veux bien le croire...
(Ya lo imagino)
- Et?, -inquirió Carlos
(¿Y?)
- Ben tu sais bien, mon petit fugitif, qu´en ce momment c´est plutôt risqué de faire des affaires avec toi... Mais, en fin, s´agissant de toi, un ami..., -murmuró Ebizú en voz muy baja y sin perder la compostura.
(Ya sabes, mi pequeño prófugo, que en estos momentos es arriesgado cualquier trato contigo... Pero, en fin, tratándose de un amigo...)
- Combien ça va me coûter que tu me fourres dans un bateau pour l´Espagne, Lamine?, -insistió cortante Carlos.
(¿Cuánto me costará que me metas en un barco con dirección a España, Lamine?)
- Environs 250.000 francs, mon ami, -respondió tranquilo Lamine.
(Unos 250.000 francos, mi amigo)

¡Cabrón! Parecía como si hubiera acertado con la cantidad total que Carlos había podido sacar del Banco. Le restarían tan solo unos 50.000 francos para el trayecto.

- En avant, -contestó Carlos.
(Adelante)

Lamine hizo un par de llamadas telefónicas y después de una larga conversación que duró más de diez minutos en “suahili” le dijo a Carlos que le acompañase hacia la dársena 4 donde le esperaba el contramaestre de un barco de bandera etíope que partía al día siguiente con destino a Pasajes en España. Ya estaba todo arreglado, le advirtió, aunque el capitán no sabía nada del tema. Tendría que pagarle por adelantado y confiar en el contramaestre plenamente.

Carlos no tenía alternativa y, después de entregar a Lamine casi todo su dinero, salió con él hacia la dársena 4 del puerto.

El viaje fue infernal. Los quince días de travesía en el Liberty fueron sencillamente espantosos. Kamouze, el contramaestre, un retorcido personaje de origen nigeriano, resultó ser un obseso sexual que navegaba, a pelo y a pluma, entre los puertos de todo el mundo. Carlos, escondido en su camarote y sin atreverse a salir de él bajo ningún pretexto, se pasó la primera semana de navegación luchando por despegarse del liberiano que todas las noches intentaba conseguir sus favores. Tuvo que recurrir a los 50.000 francos que le restaban para aplacar las ansias sexuales del terrible hombrecillo que ya sobrepasaba los 50 años.

En la escala de dos días que el barco hizo en las Palmas de Gran Canarias, Carlos estuvo a punto de abandonar el Liberty, pero ya se había quedado sin blanca y le dio miedo desembarcar en las islas, tan lejos de su casa y sin recursos.

El resto, angustia y miedo: insomnios nocturnos para estar en guardia del obseso contramaestre, hambre, y una claustrofobia dura que se le iba subiendo a la garganta según transcurrían los días. 

Una tarde, cuando ya estaba enloqueciendo con el runruneo constante de las máquinas, notó que el ruido de los motores se amortiguaba y que el barco aminoraba su velocidad. Parecía que estaban llegando a un puerto. El contramaestre apareció por el camarote para recoger sus cosas y le dijo, como en un susurro:

- Good bye. You are at home. Wait for the night...
(Adiós. Estás en casa. Espera a la noche...)

Cuando al fin pudo traspasar la escalerilla del barco, Carlos respiró hondo y supo que podría congraciarse hasta con las grúas y las humedades del puerto, con la oscuridad fría de la noche y con la llovizna.

Sus pasos se encaminaron hacia las luces, mortecinas, que en la distancia le llamaban con sus reclamos de promesas. En el camino se cruzó con un joven negro que transportaba un voluminoso fardo entre sus brazos y que caminaba como un elefante cansado. Al llegar a su altura Carlos le sonrió y le dijo:

- Buenas noches, compadre...

No recibió ninguna respuesta su saludo.
La noche se llenaba de silencios y de sombras.
Y llovía con persistente indiferencia...