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" VII " |
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Autor: Álvaro
Mutis |
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(Del Libro "Un homenaje y siete nocturnos", 1986) |
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"Voici le temps des asassins" |
| Justo es hablar alguna vez de la noche de los asesinos La noche cómplice la larga noche donde se anudan las serpientes que han perdido los ojos y rastrean con su lengua bífida el lugar de su descanso Hay una tiniebla para los altos hechos del crimen tibia noche interminable donde la pálida lujuria alza sus tiendas y establece sus estamentos y sus rondas Hay frutos cuya blanca pulpa despide a esa hora un dulce aroma devastador que acompaña a los transgresores de todo orden y principio y los eleva a la condición de grandes elegidos Ellos son los señores de la noche propicia los capitanes del desespero los ejecutores insomnes los que van a matar como quien cumple con un rito necesario una rutina consagrante amparada por el humo nocturno de las celebraciones El homicidio entonces forma parte de una más ardua teoría de códigos de una suma de mandamientos a las que somos ajenos y de las que poco sabemos por estar marcados con la precaria señal de los inocentes por no haber alcanzado la gracia de ser los escogidos para habitar los metálicos dominios donde la noche que no puede nombrarse ampara y oculta sólo a los que han ejercido durante largo tiempo lo que dura una vida el asedio incesante a los estrados del cadalso a las pausadas procesiones del patíbulo Justo es hablar así sea por una sola vez de la noche de los asesinos la noche cómplice porque también ella entra en el orden de nuestros días y de nada valdría pretender renegar de sus poderes. |
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" La muerte de Matías Aldecoa" |
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Autor: Álvaro Mutis |
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(Del libro "Los trabajos Perdidos", 1965) |
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| Ni cuestor en Queronea, ni lector en Bolonia, ni coracero en Valmy, ni infante en Ayacucho; en el Orinoco buceador fallido, buscador de metales en el verde Quindío, farmaceuta ambulante en el cañón del Chicamocha, mago de feria en Honda, hinchado y verdinoso cadáver en las presurosas aguas del Combeima, girando en los espumosos remolinos, sin ojos ya y sin labios, exudando sus más secretas mieles, desnudo, mutilado, golpeado sordamente contra las piedras, descubriendo, de pronto, en algún rincón aún vivo de su yerto cerebro, la verdadera, la esencial materia de sus días en el mundo. Un mudo adiós a ciertas cosas, a ciertas vagas criaturas confundidas ya en un último relámpago de nostalgia, y, luego, nada, un rodar en la corriente hasta vararse en las lianas de la desembocadura, menos aún que nada, ni cuestor en Queronea, ni lector en Bolonia, ni cosa alguna memorable |