"El gran lago"
Autores: J.R
  Erase una vez, una niña de 8 felices años, llamada Susana, vivía en compañía de su madre y un pequeño hermano, en una gran ciudad de enormes edificios, llena de ruido y contaminación. 

  Amaba mucho a los animales, en cuanto tenía un rato libre quería que su madre la llevara al zoo. Los leones, de grandes melenas rubias, en cuanto la veían emitían enormes rugidos, las veloces gacelas pegaban grandes saltos, y al pasar junto a los loros, de majestuosos plumajes rojos, emitían chillos de alegría, todos la querían.

  Los días que se retrasaba en acabar los deberes y se hacía tarde para acudir al zoo, su mente estaba en él y soñaba con que era un cuidador, dándoles la comida a las grandes jirafas africanas; cambiando de agua a los grises hipopótamos, que estaban, en un pequeño lago, ayudando a nacer a los pequeños elefantes etc...

  Le daba mucha pena verlos encerrados en sus enormes jaulas, ella deseaba verlos en libertad, viviendo libremente por la sabana africana o por el cálido desierto.

  Un día su madre decidió trasladarse con sus hijos a una ciudad más pequeña, donde pudieran criarse en un ambiente más idóneo, ya que las grandes urbes encierran multitud de peligros.

  Se instalaron en una casa próxima a un gran parque, en el cual había multitud de animales sueltos, un bonito lago azul y gran variedad de juegos infantiles.

  Después de salir del colegio, pasaba el mayor tiempo que podía en el parque. No tardó mucho en hacerse amiga de los animales y les iba poniendo nombres para poderlos llamar cuando deseaba estar con ellos.

  Le gustaba mucho cuidarlos y darles de comer, algo, que en su ciudad anterior, no le era permitido y se tenía que conformar con soñar que lo hacía.

  En cierta ocasión viendo pasar unas barcas por el lago pensó que era buena idea aprender a navegar, para así poder estar más cerca de los peces, patos y alguna otra ave que moraban por allí.

  Una vez que aprendió, iba todas las tardes a darse una vuelta por el lago y en él conoció a una gran carpa de muchos colores a la cual llamó Arco Iris, también a un águila, era Estrella Fugaz, igualmente hizo amistad con una gran tortuga verde a la cual bautizó con Rayo.

  Pero un día de mala suerte, su embarcación dio la vuelta, rápidamente acudió a rescatarla Arco Iris y la llevó cerca de una isla que había en el lago y le enseñó el lugar por donde ella nadaba.

- A ti te he llamado Arco Iris - dijo la niña al pez - ya que tienes muchos y bonitos colores.

  Éste se encontraba muy triste ya que los humanos estaban contaminando constante el lago y lo estaban echando a perder sin darse cuenta que con ello estropeaban la naturaleza. Tiraban botellas de vidrio y de plástico, bolsas de basura, el lago estaba dejando de tener el agua cristalina. Susana le dijo que iba a hablar con sus compañeros del colegio para concienciarles de que no tenían que tirar desperdicios al lago, y se dieran cuenta que tenían que mantenerlo limpio.

- ¿Tú que comes?.- preguntó la niña al pez.
- Antes comía hiervas que había por las piedras, pero estas han dejado de salir, y también algún gusano que bajaba por el agua, pero éstos también son escasos.
- No te preocupes Arco Iris, yo te traeré pan de casa, sé que a los peces os gusta el pan. 
- Buscaré lombrices por la orilla, las iré guardando en un bote y te las traeré. - dijo la niña.

  Mientras estaban charlando, el pez y Susana, apareció la tortuga, le comentó que anteriormente había vivido en la orilla del lago, tuvo que irse a la isla ya que al empezar los hombres a construir cerca de él, no se encontraba tranquila, pues la despertaban a primera hora de la mañana, cuando las máquinas se ponían en funcionamiento, y le molestaba el ruido y la cantidad de desperdicios que tiraban en el lago, éste ya no era como antes.

- Oye tortuga - dijo Susana - te he puesto de nombre Rayo.
- ¿Por qué ese nombre? - preguntó la tortuga.
- Porque a pesar de que las tortugas son muy lentas tu nadas muy rápida - le respondió la niña.
-¿De qué te alimentas en la isla?- preguntó Susana.
- Como las plantas silvestres que brotan en ella - contestó la tortuga. 
- Te traeré frutas y verduras de mi casa - dijo la niña mientras veía la cara de felicidad que ponía Rayo.

Una gran Águila Imperial volaba por encima inquieta y curiosa, bajó y dijo:

- Os he estado escuchando.
- ¿A mí, no me has puesto ningún nombre? - quiso saber el águila.
- Claro que sí - contestó Susana. 
- Te he puesto, Estrella Fugaz, ya que te he estado observando muchos días y apareces y desapareces entre las nubes velozmente. 
- Yo comía algún pececillo débil que veía por el lago y también pequeños ratones que divisaba por el parque, al cual ahora procuro no acudir, hay niños perversos que con sus escopetas me disparan perdigones - dijo enojado el gran pájaro.
- No te lleves mal rato - le consoló Susana
- No todos los niños son malos y traviesos. Hay muchísimos más que aman a los animales que los que tratan de destruirlos, además - prosiguió - la culpa no es solamente de ellos, sino de sus padres, que no les han sabido inculcar ese amor hacia los demás.
- Sí, pero las consecuencias las pagamos nosotros - comentó el águila. 

Sin darse cuenta el tiempo fue pasando y tanto la luna, como las estrellas aparecieron en el firmamento.

-Lo siento se me ha hecho tarde y mi madre estará preocupada por mi tardanza, otro día vendré con más tiempo y os haré compañía - dijo Susana.
-Hasta pronto, ya sabes donde vivimos - contestaron los animales.