"Lagartijas"
Autor: Diego Marín


Cuando Al y yo nos sentábamos en el portal número nueve de la calle principal del barrio comíamos pipas de las baratas, de las saladas, de las que costaban cuarenta y cinco pesetas el paquete grande. Era verano y bajábamos con la merienda después de ver los dibujos animados en la televisión. Comíamos en silencio viendo pasar las chicas en minifalda, perros y coches y motos y otros niños en bici. Al no tenía bici y la mía tenía una rueda pinchada, así que era como si yo tampoco tuviera bici. Cuando terminábamos el bocadillo uno de los dos compraba un paquete de pipas de los grandes. Cada día uno compraba un paquete grande de las pipas baratas, de las saladas, de las que costaban cuarenta y cinco y ahora cuestan cincuenta y cinco, creo. Hablábamos mientras pelábamos las pipas y luego comíamos de golpe el puñado que habíamos conseguido pelar durante cinco o diez minutos. Era divertido y bonito ver atardecer con Al en el portal número nueve, desde que el cielo se tornaba naranja hasta que las luces ámbar de las farolas sustituían la luz natural por la artificial. Era bonito, sí. A veces, y de repente, Al salía corriendo dejando caer al suelo las pipas que había pelado. Le veía correr de un lado a otro de la acera hasta la esquina como si fuera una carrera de obstáculos y cuando volvía andando a veces traía una lagartija entre las manos y me decía: <<Tú deberías coger otra y así podríamos echar carreras>>. Al ponía nombres jugadores de fútbol a todas las lagartijas. Recuerdo a la lagartija Aloisia (por Aloisio, el defensa del Barça), Océana (por Océano, el delantero de la Real) y Donata (por Donato, el centrocampista del Deportivo que aquel verano fichó por el Atlético de Madrid). Al era negro, supongo que por eso ponía nombres de jugadores de fútbol de color de la Liga a todas las lagartijas que cazaba. Supongo que siempre soñó con que yo cazara tantas lagartijas como él y las llamara Butragueña, Maradona o Van Basten y poder hacer carreras conmigo, pero yo siempre fui muy malo cazando lagartijas y sólo una vez cacé una y me ayudó Al. La llamé Schuster.

En todos los veranos que pasamos juntos sólo vi llorar una vez a Al y fue el verano del año en que me fui del barrio porque mis padres habían comprado un piso nuevo en el centro de la ciudad. Al tiene su historia, como toda persona que tiene amigos y hace algo por ellos, por poco que sea, supongo. Lo que hizo Al fue ser mi amigo, y eso para mí fue más que suficiente para escribir una historia sobre él. Al era hijo de madre española y padre marroquí. En el barrio eso no sé si estaba bien o mal mirado, simplemente era curioso o eso me parecía cuando los padres de Al paseaban cogidos de la mano o cuando nos invitaban a una Coca-cola a Al y a mí en el bar del barrio donde comprábamos las pipas, y que aún hoy sigue regentando Chus, y donde algunas personas nos miraban de vez en cuando. Alguna tarde de las que pasábamos sentados en el portal número nueve aparecían los padres de Al, nos revolvían el pelo y nos daban una moneda de veinte duros con la que comprar más pipas. Mientras Al entraba en el bar de Chus a comprar una nueva bolsa yo observaba a sus padres alejarse calle abajo abrazados como si hiciera frío, pero hacía calor, un calor horrible, un calor pegajoso y húmero, un calor de derretir helados y freír huevos fritos en el alféizar de la ventana, como bromeaba mi padre cuando hacía ese calor tan asfixiante en verano. Supongo que aunque sólo fuera curiosidad, lo que sí tenía la gente del barrio era cierta envidia de los padres de Al, de lo bien que se llevaban, por ser felices o por lo menos de tener una vida tranquila, que es con lo que soñaban muchas madres maltratadas en aquel barrio y que se han ido divorciando de sus maridos a cuenta gotas.

Al era un chico de mi edad, que aquel verano debían de ser ocho o nueve años. Era de mi estatura, con el pelo corto y los ojos claros, flaco y sin gafas, como yo. Algunas personas nos preguntaban si éramos hermanos y por aquella época yo me reía porque creía que era evidente que no. La verdad es que Al y yo éramos muy parecidos, solo que él tenía la piel trigueña y yo pálida. Quizá el único rasgo que le diferenciaba de mí, a parte del color de la piel, era la cicatriz que escondía el umbral de su barbilla, fruto una herida que se hizo en un salto con mi bicicleta y que necesitó cinco puntos de sutura. Yo también me caí varias veces con la bici, pero las heridas siempre me las hacía en la rodilla. Al y yo parecíamos dos terrones de azúcar, yo de azúcar blanco y él de azúcar moreno. Al no sé llamaba sólo Al, su nombre completo era Mohamed Alí Norhedim, pero yo le llamaba Al porque es más corto. Aunque mi padre le llamaba “el boxeador” porque decía que tenía nombre de boxeador famoso.

Pero quería contar la historia de la única ocasión en la que vi llorar a Al y eso fue aquel verano en que pasamos las mañanas estudiando las Matemáticas que los dos habíamos suspendido y las tardes comiendo pipas en el portal número nueve de la calle principal del barrio. Creo que fue el domingo de la semana anterior a la de trasladarnos a vivir a un barrio más céntrico cuando llamé a Al y bajamos al portal. No habrían pasado más de dos horas (lo suficiente como para tener el trasero aplastado y frío por el mármol) cuando los padres de Al pasaron por allí dando un paseo. Su padre nos alborotó el pelo y le dio una moneda de cien pesetas a su hijo mientras su madre nos preguntaba si teníamos frío, porque estaba comenzando a refrescar. Al corrió al bar de Chus a comprar más pipas de las que habíamos acabado ya dos paquetes esa tarde y sus padres reanudaron su paseo calle abajo. A la altura a la que Al solía cazar a la mayoría de las lagartijas, un chico pidió fuego al padre de mi amigo para encender un cigarrillo, pero éste le dijo que no tenía. El padre de Al, quien aún permanecía en el bar de Chus, no fumaba, así que era lógico que no tuviera fuego. Detrás del chico aparecieron otros dos chicos que salieron de detrás de la esquina por donde se perdía Al si no conseguía alcanzar a la lagartija a tiempo. El chico que pidió fuego se enfadó porque pensaba que el padre de Al no quería darle fuego y la madre intercedió y le dijo que no tenían fuego y se disculpó. Pero el chico no aceptó las disculpas, mandó callar a la madre de Al y volvió a pedir fuego al padre de mi amigo. El padre de Al enfureció porque el chico mandó callar a su mujer y por la insistencia de éste, pero el chico no se amedrentó, al contrario, puso una cara de interrogante, de película, de malo de película y le empujó, provocando que soltara la mano de su esposa, a la que ya había dejado de abrazar. Pidió tranquilidad, pero los dos habían comenzado a levantar la voz y otras parejas que también paseaban por aquella calle volvían la vista o se paraban en la otra acera. Cuando algún vecino ya había comenzado a asomarse a las ventanas, los otros dos chicos adelantaron su posición un par de pasos y escoltaron al primero, quien comenzaba a arrinconar al padre de Al entre dos coches ante la impotencia de la madre. De repente, Al apareció con un nuevo paquete de pipas.
-Había cola -dijo a la vez que abría la bolsa.

Y Al levantó la cabeza y vio a su padre rodeado por tres chicos jóvenes que le empujaban mientras su madre comenzaba a llorar. Al calló como si se hubiera quedado mudo, como si no hubiera palabras ante lo que estaba viendo, como si su padre, la persona más fuerte del mundo, la más valiente, la más todo, el protagonista de todos los cuentos que le hacían dormir por la noche con una sonrisa dibujada en la cara estuviese siendo derrotado por tres chicos del barrio con unos empujones. Yo ya me había levantado del portal y permanecía tan callado como Al y las demás personas que contemplaban en la calle principal del barrio cuando los tres chicos rodearon al padre de Al. Todos conocían al padre de Al y todos conocían a los tres chicos, pero nadie hacía nada para proteger al primero o detener a los segundos. 

De repente, Al echó a correr calle arriba en dirección contraria a donde estaban sus padres. Tiró el paquete de pipas abierto al suelo, lo miré, miré a Al y al paquete y no supe qué hacer. A los dos o tres segundos salí corriendo detrás de Al dejando el paquete allí. Luego, mi padre me dijo que había pasado por ahí y que junto a un vecino y Chus, el del bar, consiguieron hacer parar a los chicos, que debían tener pocos años más que nosotros, me explicó mi padre. Debieron cogerles hasta de las ojeras mientras esperaban a la policía y eso es lo que más me gustaba de la historia cuando se la hacía repetir a mi padre por las noches, antes de que me tapara con la manta y me dejaba con el vestigio del sueño. Mi padre pasó por ahí y, no porque el padre de Al me invitara a pipas o porque fuera el padre de mi mejor amigo, se interpuso entre los chicos y el padre de Al y les hizo parar. Entonces, apareció un vecino que era fuerte, grande y fuerte y a ese hombre nadie le reprochaba nada, claro. A mí, Ramón, el vecino grande, siempre me había recordado a Obélix, así que me hacía gracia imaginar a mi padre como Astérix en aquella historia. Entre los dos y Chus agarraron a los chicos, la verdad es que es algo estúpido empujar a alguien por no darte fuego cuando no fuma y no tiene fuego y cuando parece que lo único que importa es el color de piel. Al tenía el mismo color de piel de su padre y yo nunca le había pedido fuego ni empujado ni ningún chico del colegio porque en Al sólo veíamos a un niño que había tomado mucho el sol y parecía tener un moreno perpetuo.
-Estás más blanco que un folio –me decía a veces Al.
-Entonces, tú eres un folio reciclado –y los dos nos reíamos mientras cogíamos un nuevo puñado de pipas.

No sabía por qué Al corría ni a dónde quería ir, pero le seguí como si él fuera una liebre y yo el perro de caza, como si él fuera el Correcaminos y yo el Coyote, como si corriéramos con bicicletas calle abajo y sin frenos, como si él fuera el delantero centro y yo el último defensa. Al cruzó dos calles sin mirar, por suerte tampoco pasaron coches cuando las crucé yo y seguí sus pasos cuando salió del barrio y comenzó a correr por el descampado. El descampado era un lugar peligroso, un solar lleno de guijarros, botellas rotas, piedras afiladas y basura, así que aunque a Al en esos momentos le daba igual y pasaba por el medio de los montones saltándolos, yo iba rodeando todos los montículos de basura que aunque no eran muy altos seguían siendo peligrosos. Al corría como si le persiguiera el diablo, pero yo no era el diablo y tampoco huía de mí, huía de algo pero no sabía de qué. Al corría como si no le importara perder el corazón en el esfuerzo, como si su vida dependiera de ello, corría con toda la rabia de un niño, como un niño corriendo hacia el árbol de Navidad el día de Reyes pero con la furia reflejada en sus ojos, podía imaginarlo, parecía como si quisiera correr en contra del mundo, como si se sintiera capaz de alcanzar el Sol antes de que desapareciera del horizonte y dejara paso a la Luna. Cuando Al y yo echábamos una carrera quedábamos casi igual, unas veces ganaba él y otras yo, pero esa tarde de domingo Al corrió más que nunca, apretaba los dientes y corría con furia y rabia como si se le viniera el mundo encima, como si estuviera en el patio del colegio jugando a pillar con los demás chicos de clase, corría como nunca jamás le había visto correr, de verdad, era como si Al no fuera Al y como si este mundo y aquel atardecer fueran parte de él. A esas alturas ya habría comenzado a llorar y comprendí que Al quería llegar al viejo olivo donde a veces también íbamos a comer pipas cuando el portal número nueve estaba muy concurrido y no parábamos de levantarnos para dejar entrar y salir a los vecinos. Al corrió y corrió dando grandes zancadas y sin mirar al suelo, mientras yo corría con pasos cortos y poniendo cuidado para no pisar ningún cristal. Perdí a Al cuando giró en el viejo muro, le perdí de vista, aunque a la vuelta estaba el olivo y sabía que allí iba a parar, aunque parecía que tenía fuerza suficiente como para atravesar el océano Atlántico a nado. Efectivamente, cuando crucé el muro y me acerqué al viejo olivo, allí estaba Al sentado y con la cabeza sobre sus rodillas llorando y respirando muy fuerte, tan fuerte como las pisadas que había dado corriendo.
-¿Qué..., qué te pasa, Al? –le pregunté con la respiración entrecortada por el esfuerzo de la carrera. Pero Al no respondió-. ¿Qué te pasa? –insistí.

Supongo que a todos los niños les llega un momento en que se dan cuenta de que sus padres no son un superhombre ni un superhéroe, que no son los más fuertes del mundo ni los más valientes, un momento en que consiguen ganarles al parchís, al ajedrez o a cualquier juego de mesa, un momento en que comienzan a marcarles goles o encestar en la canasta sin que ellos se dejen, se dan cuenta de que simplemente son sus padres y aunque eso debería valerles, parece que no es así cuando tienes ocho o nueve años. A Al le llegó ese momento demasiado pronto y lloraba como si fuera un recién nacido. Supongo que lo que no se enseña en la escuela, vivir y comprender este mundo raro donde vivimos, Al lo comprendió aquella tarde. Seguramente, Al y yo hubiéramos preferido esperar unos años para pasar de vivir en la niñez a sobrevivir madurando, así que me senté a su lado en el viejo olivo. La tarde comenzaba a enfriarse como nos había advertido la madre de Al y el cielo empezaba a cerrarse en el horizonte. Me gustaba ver amanecer apoyado en el viejo olivo, era como ver una foto con fin. Al siguió llorando un rato, cada vez más en silencio. Pasó una lagartija delante de nuestros pies y aunque supe que era una lagartija fácil de cazar no quise hacerlo. Moví un pie y salió corriendo como Al hacía unos minutos. Mientras el cielo unía sus nubes y atardecía en el barrio como nunca jamás he visto amanecer, lentamente y como si la tristeza hubiera escogido los colores, y Al se lavaba la cara con las manos, comprendí que mi amigo no quería que me fuera, que quería que siguiera a su lado. Faltaba menos de una semana para que me fuera a vivir a otro barrio más céntrico y aquella tarde fue como una firma a nuestra amistad, podía pasar que no volviera a comer pipas con Al en el portal número nueve de la calle principal del barrio, pero me sentí bien mientras esperaba a que Al se terminara de lavar la cara con la camiseta mientras miraba el cielo con un nudo en el corazón.

Cuento ganador del III Concurso de cuentos SED - Rioja