"El castillo invisible"
Autores: J.A y J.R
Se cuenta que en un lejano país de hadas, dragones y príncipes valientes, sucedió la increíble historia de un castillo que se volvió invisible junto con un rey, una reina y un príncipe.

Todo ocurrió hace ya mucho tiempo, por entonces existía un rey malvado y autoritario al que todo el mundo odiaba, habitaba en un majestuoso castillo desde el que se podía observar uno de los más hermoso valles que jamás halla pisado persona alguna. El fabuloso castillo fue construido por encargo del rey gracias a los exorbitantes impuestos cobrados a sus vasallos. Sus recaudadores obligaban a los agricultores a nutrir constantemente los graneros del castillo, a los ganaderos les requisaba uno de cada dos animales nacidos en sus territorios, para los comerciantes el tributo era pagar en monedas de oro y plata la mitad de sus beneficios para engrosar las arcas reales. Cada vez el rey era más poderoso y sus vasallos más desventurados.

En el castillo le acompañaban su esposa y su único hijo. Su esposa era una mujer simple, callada, obediente, se casaron por acuerdo entre sus padres y para beneficio de las dos familias. Su único hijo había crecido sano y desde que nació fue educado para que algún día gobernase el país. El joven príncipe observaba, con esa ingenuidad y esperanza que nos entregan a cada uno al nacer y que el tiempo se va encargando de robarnos, todo lo que acontecía a su alrededor y, al revés que a su padre, él era querido por el pueblo.

Cierto día, el rey hizo llamar a su hijo a la Sala del Trono y le dijo:

- Tu brazo ya es fuerte para levantar una espada y montas perfectamente en los caballos de guerra. Tu inteligencia es
  despierta y aprendes con facilidad. Estoy orgulloso de ti y para celebrar tu mayoría de edad, yo como rey, he decidido   organizar una gran fiesta en tu honor. No repararé en gastos. 

El joven príncipe, quiso explicar que a él no le interesaban todas esas muestras de opulencia, pero como siempre, el único que hablaba era el rey, y nunca dejaba que nadie le contestara o diera otra opinión distinta a la suya. Siguió hablando:

- Grandes torneos, partidas de caza, abundante comida y toda clase de divertimentos inimaginables harán que esa
   fiesta sea recordada como la más suntuosa de todos los tiempos.

Por fin, llegó el día señalado por el rey. El sol relucía en todo su esplendor, el castillo vestía para tal ocasión sus mejores blasones, las murallas se mostraban reciamente engalanadas, sus balcones rezumaban aires de fiesta y sus torreones eran capaces de desafiaban al cielo. Las despensas rebosaban opulencia, la bodega disponía de licor para todo un ejército. Más de cien sirvientes, conseguirían que no faltara nunca un sabroso muslo de venado que llevarse a la boca o un buen vino con que mojar la garganta.

Juglares, bufones, comediantes, saltimbanquis, comefuegos, acróbatas, bailarines e incluso una famosa compañía teatral, venida de un país lejano, contribuirían con sus grandiosos espectáculos a recrear la mayor fiesta que nunca se organizó en el país. Ni siquiera comparable a cuando se celebró el regreso triunfal del rey Gustavo IV, tío-abuelo del presente monarca, recibido y aclamado como héroe después de combatir durante cinco largos años en las lejanas cruzadas.

La fiesta atrajo a los más importantes nobles de la corte y a los más influyentes caballeros acompañados de sus mujeres y escuderos. Acudieron, desde lugares lejanos, los más variopintos personajes de reinos amigos. Los invitados sucumbieron ante la fascinación del lugar y de la fiesta. Todo era perfecto.

También fue invitado un personaje muy especial, el Mago Coliche, un amable anciano, de pelo blanco y andar cansino, que habitaba en los confines del bosque, en un viejo pero cómodo castillo. La gente del lugar aseguraba que tenía más de doscientos años. Aún seguía utilizando el típico gorro en forma de cono y un vestido largo hasta los pies. Ya lo único que deseaba era la tranquilidad de su apartado castillo. En otros tiempos fue famoso, tanto por la sabiduría de sus palabras, como por sus hechizos y su singular ejecución. Para elaborar sus hechizos no necesitaba recitar antiguos conjuros en extrañas lenguas, ni hervir complicadas pócimas secretas basándose en sangre fresca y escamas de dragón, solo utilizaba la fuerza de su mirada.

Cuando, esa mañana, el Mago acudió al Castillo Real se le iluminaron los ojos como a un niño. Nunca antes en su larga vida vio algo tan deslumbrante: todo era lujo y despilfarro. Pero el mago sentía que la fiesta transpiraba falsedad, que algo extraño ocurría allí. Paseó por sus perfumadas calles, visitó sus lujosas dependencias, penetró en los flamantes almacenes, no faltó un solo rincón sin registrar, observaba todo como solo él sabía mirar, y nada pudo hallar que desluciera tan magna celebración. A punto de desistir, vio al rey y a su séquito en el centro del castillo, junto a la Torre del Homenaje, haciendo gala de sus riquezas. Vestían trajes de suave seda y caras túnicas de lino, el único que vestía recio pero sin ninguna clase de ostentación era el joven príncipe. En ese momento, al comparar como vestían los invitados y como el príncipe, comprendió porqué todo lo sentía falso, sólo había mirado en los lugares reservados a los invitados.

Salió del castillo. Fue hasta las traseras de la muralla. Y allí, escondidos entre los contrafuertes, donde no llega ningún camino, pudo contemplar como mal vivían en roídas chozas las personas más humildes del reino. Los pobres, los indigentes, los mutilados, los enfermos, todos se hacinaban entre las basuras del castillo como animales. El rey, en lugar de ayudarles, los tenía apartados de cualquier mirada como si fueran despojos de carroña. En ese lugar, un fúnebre silencio impregnaba el ambiente, todo era gris. La gente, algo asustada, se le fue acercando tímidamente. Uno de ellos, un niño de no más de cinco años, mirándole con ojos tristes y secos, alargó la mano suplicando un pequeño mendrugo de pan.

Cuando el viejo Mago vio ese cruel espectáculo, la rabia y la ira contenida hicieron brotar de sus ojos dos finos hilos de lágrimas, que rodaron por su cara y fueron a parar al suelo y al contacto con la tierra desencadenaron el maleficio del Castillo Invisible.

-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-

Desde entonces, aquel castillo se tornó invisible para todo el mundo menos para el rey, la reina y el príncipe, que seguían viviendo dentro de sus murallas. Ellos podían ver lo que ocurría fuera del castillo, pero no podían salir de él, ni disfrutar las de las cosas del exterior.

Increíblemente, el rey casi no se dio cuenta del hechizo y a lo único que se dedicaba era a vagar por las dependencias del castillo dando absurdas ordenes que nadie cumplía. En el comedor, ponía fuerte voz militar y mandaba a las sillas colocarse en formación de combate. En el patio de armas, arengaba con pasión a tres destartaladas armaduras. En la cocina, reñía acaloradamente a las escobas que encontraba perezosamente apoyadas sobre la pared.

La reina, educada para servir a su marido, nunca se atrevió a contradecirlo y simplemente levantaba los hombros como si no fuera con ella todo lo que allí estaba sucediendo.

Mientras tanto, el joven príncipe buscaba incansable una formula para que el castillo volviera a ser visible y no tener que renunciar a las fabulosas posibilidades que te ofrece la vida. Todos los días, al llegar la noche, el príncipe encendía cada una de las antorchas del castillo confiando que con el resplandor alguien pudiera verlos. Pero cada mañana, se despertaba triste y defraudado al comprobar que todo seguía igual.

Así pasaron los días, los meses, los años, y el príncipe seguía encendiendo como cada noche las antorchas del castillo, esperando inútilmente ser visto. Hasta que cierto día de una espléndida y hermosa primavera, pasó por el lugar el cortejo nupcial de una joven y bella princesa. Su pelo era largo como los años que le quedaban de felicidad y amarillo brillante como las pepitas de oro recién cogidas del río.

La princesa viajaba en dirección a un lejano país, obligada por su padre a contraer matrimonio con un desconocido rey al que no amaba y al percibir el encanto de ese paraje, mandó parar a la comitiva, el lugar era perfecto para pasar la noche. Dio instrucciones precisas de donde quería que se instalara el campamento, desde ese lugar se dominaba ampliamente la belleza del valle. Pero un detalle se escapaba a su intuición de la princesa, no alcanzaba a entender porqué en un terreno tan rico como el que estaba pisando ni una brizna de hierba levantaba en el suelo.

Un anciano del lugar, que conoció el valle en todo su esplendor, le explicó que allí no brotaban ninguna clase de cultivos a causa de un hechizo. Le contó la historia del Castillo Invisible, y cómo el rey y su familia seguían vagando por el castillo sin que nadie los pueda ver. La joven, que era de nobles sentimientos, quedó muy conmovida ante el triste relato.

Al atardecer, cuando la princesa, sentada con sus damas de compañía, miraba el valle desde la puerta de su tienda, pudo observar un resplandor que salía de la nada e iba aumentando poco a poco, era algo parecido a una lluvia de estrellas fugaces y que sólo ella podía contemplar. Mientras se iluminaba el cielo, pudo advertir que era una mano joven la que estaba alumbrando esas estrellas y entonces comprendió que era el príncipe del Castillo Invisible que, como todas las noches, estaba encendiendo las antorchas. De los ojos de la princesa nació una lagrima de amor que rodó por su cara y al contacto con el suelo rompió el maleficio del Castillo Invisible. En aquel instante, se alzó ante su mirada el más bello castillo que nunca pudo imaginar.

-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-

Desde entonces, el rey, más por miedo a volverse nuevamente invisible que por importarle que no fuese un gobernante justo, nombró nuevo rey a su hijo y él se dedicó a seguir dando ordenes a oxidadas armaduras o pasar revista a escobas holgazanas.

El príncipe y la princesa se enamoraron desde el primer día que se vieron y a los pocos meses repicaron las campanas de boda en todo el reino. La pareja fue muy feliz durante toda la vida, tuvieron muchos hijos, gobernaron con justicia y consiguieron que el castillo volviera a ser el corazón del valle.

Al rey del país lejano con el que estaba comprometida la Princesa, se le invitó a la boda real y al ver juntos a los dos enamorados entendió la enseñanza y a partir de entonces buscó el amor verdadero de una mujer a quien quisiera, sin importarle que no fuera Princesa.

Desde entonces nunca más en ese valle hubo una sola persona invisible, una persona que por ser pobre, o enferma, o de distinto color de piel, o de ideas contrarias a los demás, no se le tratase con igual amor y respeto que a cualquier ciudadano.

Y colorín colorado que bonito sería que este relato se hubiera terminado con un final feliz, si no fuera porque todos estamos dentro de ese castillo y aunque podemos ver el mundo, no somos capaces de disfrutar todo lo que la vida nos ofrece. ¿Alguna vez te has puesto a pensar, quién de los tres personajes eres tú o estás esperando a que alguien llore por ti? Porque mientras no nos paremos a pensarlo, esto no dejará de ser un cuento.