"La inagotable moneda azul"
Autora: Lissett González Romero
Para quienes caminamos por el sol.

Riquezas. Pensando en riquezas uno se convierte en pobre. Por eso inventó la moneda azul. No quería que las necesidades insatisfechas se hicieran invencibles, o empequeñecieran otras mejores. 

Un día de esos, en el que uno mira para abajo, encontró un gran botón azul y decidió que fuera su moneda, su inagotable moneda azul. Aprendió a vivir por el mundo como en una gran tienda. Todo cuanto quería y le gustaba podía comprarlo. Fue así como hizo suyo un atardecer. Ese único momento en que el sol nos deja mirar su mejor color, como despedida y no cansado continua su luz en el espejo de la luna.

También fueron suyos un cielo, con sus nubes en fuga, otro empedrado, un mar cuando todavía podía verlo azul, tranquilo como su paz y después lo volvió a comprar cuando era de noche. Cuanto placer de seguridad saber que está frente a nosotros algo que no vemos. Cuanta fidelidad está en existir sin la tragedia que nos demos cuenta. El vuelo de busca en las gaviotas fue suyo también y el del cocuyo, con la humildad de los que alumbran. La fortaleza intemporal de las montañas y el libre canto de los pájaros.

Las flores fueron su especialidad, lo mismo compraba un camino lleno de romerillos que de campanillas moradas, que una elegante rosa o una margarita, o las altas flores del Flamboyán o aquellas que parecen un ramo de novias cuando están arriba y en la espera caen, una por una, como si jugaran al me quiere o no me quiere con el tiempo y con el aire.
Eran sus grandes posesiones.

Cuando pensaba que se había arruinado le sorprendía saber que todavía quedaba algo de su dinero azul. Como no se gastaba, decidió repartir su felicidad con los amigos. Les regalaba su sonrisa, su tiempo, una cálida palabra, un te quiero mucho o un abrazo que antes no sabía dar. Les regalaba hablar de cosas distintas, de útiles canciones y de lo saludable que era, de vez en cuando, hacer cosas ilógicas. Les decía que eran los únicos responsables de su felicidad, que se quisieran, que la vida fluye indeteniblemente y había que exigirle cosas bonitas.

Cuentan que nunca nadie tuvo una riqueza más feliz y por siempre quedó claro que estos dominio permanecerían incomparables para dinero de otro color. Era el precio de la Belleza, el pago del Amor, el vuelto de la Esperanza y la propina del Agradecimiento.