"Al partir"
Autora: Gertrudis Gómez de Avellaneda


¡Perla del mar! ¡Estrella de Occidente!
¡Hermosa Cuba! Tu brillante cielo
la noche cubre con su opaco velo,
como cubre el dolor mi triste frente.

¡Voy a partir!. . . La chusma diligente,
para arrancarme del nativo suelo
las velas iza y, pronta a su desvelo,
la brisa acude de tu zona ardiente.

¡Adiós, patria feliz, edén querido!
¡Doquier que el hado en su furor me impela,
tu dulce nombre halagará mi oído!

¡Adiós!. . . Ya cruje la turgente vela. . . 
El ancla se alza. . . El buque, estremecido,
las olas corta y silencioso vuela.

"Amor y orgullo"
Autora:  Gertrudis Gómez de Avellaneda

Un tiempo hollaba por alfombras rosas; 
y nobles vates, de mentidas diosas 
prodigábanme nombres; 
mas yo, altanera, con orgullo vano, 
cual águila real a vil gusano, 
contemplaba a los hombres. 

Mi pensamiento —en temerario vuelo— 
ardiente osaba demandar al cielo 
objeto a mis amores, 
y si a la tierra con desdén volvía 
triste mirada, mi soberbia impía 
marchitaba sus flores. 

Tal vez por un momento caprichosa 
entre ellas revolé, cual mariposa, 
sin fijarme en ninguna; 
pues de místico bien siempre anhelante, 
clamaba en vano, como tierno infante 
quiere abrazar la luna. 

Hoy, despeñada de la excelsa cumbre 
do osé mirar del sol la ardiente lumbre 
que fascinó mis ojos, 
cual hoja seca al raudo torbellino, 
cedo al poder del áspero destino... 
¡Me entrego a sus antojos! 

Cobarde corazón, que el nudo estrecho 
gimiendo sufres, dime: ¿qué se ha hecho 
tu presunción altiva? 
¿Qué mágico poder, en tal bajeza 
trocando ya tu indómita fiereza, 
de libertad te priva? 

¡Mísero esclavo de tirano dueño, 
tu gloria fue cual mentiroso sueño, 
que con las sombras huye! 
Di, ¿qué se hicieron ilusiones tantas 
de necia vanidad, débiles plantas 
que el aquilón destruye? 

En hora infausta a mi feliz reposo, 
¿no dijiste, soberbio y orgulloso: 
—¿Quién domará mi brío? 
¡Con mi solo poder haré, si quiero, 
mudar de rumbo al céfiro ligero 
y arder al mármol frío! 

¡Funesta ceguedad! ¡Delirio insano! 
Te gritó la razón... Mas ¡cuán en vano 
te advirtió tu locura!... 
¡Tú mismo te forjaste la cadena, 
que a servidumbre eterna te condena, 
y a duelo y amargura! 

Los lazos caprichosos que otros días 
—por pasatiempo— a tu placer tejías, 
fueron de seda y oro; 
los que ahora rinden tu valor primero, 
son eslabones de pesado acero, 
templados con tu lloro. 

¿Qué esperaste, ¡ay de ti!, de un pecho helado 
de inmenso orgullo y presunción hinchado, 
de víboras nutrido? 
Tú —que anhelabas tan sublime objeto— 
¿cómo al capricho de un mortal sujeto 
te arrastras abatido? 

¿Con qué velo tu amor cubrió mis ojos, 
que por flores tomé duros abrojos, 
y por oro la arcilla?... 
¡Del torpe engaño mis rivales ríen, 
y mis amantes, ay, tal vez se engríen 
del yugo que me humilla! 

¿Y tú lo sufres, corazón cobarde? 
¿Y de tu servidumbre haciendo alarde 
quieres ver en mi frente 
el sello del amor que te devora?... 
¡Ah! Velo, pues, y búrlese en buen hora 
de mi baldón la gente. 

¡Salga del pecho —requemando el labio— 
el caro nombre de mi orgullo agravio, 
de mi dolor sustento!... 
¿Escrito no le ves en las estrellas 
y en la luna apacible que con ellas 
alumbra el firmamento? 

¿No le oyes, de las auras al murmullo? 
¿No le pronuncia —en gemidor arrullo— 
la tórtola amorosa? 
¿No resuena en los árboles, que el viento 
halaga con pausado movimiento 
en esa selva hojosa? 
De aquella fuente entre las claras linfas, 
¿no le articulan invisibles ninfas 
con eco lisonjero?... 
¿Por qué callar el nombre que te inflama, 
si aún el silencio tiene voz, que aclama 
ese nombre que quiero?... 

Nombre que un alma lleva por despojo; 
nombre que excita con placer enojo, 
y con ira ternura; 
nombre más dulce que el primer cariño 
de joven madre al inocente niño, 
copia de su hermosura; 

y más amargo que el adiós postrero 
que al suelo damos, donde el sol primero 
alumbró nuestra vida, 
nombre que halaga y halagando mata; 
nombre que hiere —como sierpe ingrata— 
al pecho que le anida. 

¡No, no lo envíes, corazón, al labio! 
¡Guarda tu mengua con silencio sabio! 
¡Guarda, guarda tu mengua! 
¡Callad también vosotras, auras, fuente, 
trémulas hojas, tórtola doliente, 
como calla mi lengua!