Volver al menú principalEuropaAsiaAfricaAmericaOceania

Petra
Fuente: MARÍA FLUXÁ
El secreto de los beduinos
Desde que el explorador suizo Johann Ludwig Burckhardt la redescubrió para Occidente en 1812, la ciudad rosácea no ha dejado de brindar su misteriosa belleza

El Tesoro, excavado por los nabateos en roca rosa, con sus bellas columnas corintias, sintetiza la belleza y la majestuosidad de Petra.  Hubo un tiempo en que Petra era un lugar que sólo existía en los libros, en la imaginación, en los sueños. No es el caso del periodo comprendido desde el año 1200 a. de C. al 539 a. de C., época en la que estuvo poblada por los edomitas, cuya sabiduría, escritura, industria textil y trabajos en metal le otorgaron su trascendencia. Ni mucho menos a partir del 312 a. de C., cuando la ocuparon los nabateos, la tribu árabe que dejó de ser nómada para asentarse en ella y convertirla en su capital, imprimiéndole su esplendor arquitectónico, reflejo de la prosperidad económica obtenida de su situación privilegiada en las rutas comerciales de Oriente.

Tampoco es el caso de la época que se inició en el año 64 a. de C., con la conquista de la ciudad por parte de Pompeyo; ni cuando después, en el 106, pasó a ser una provincia romana bajo el emperador Trajano. Tampoco era desconocida en el siglo VII, cuando retornó a manos árabes; ni tan siquiera en el XII, cuando albergó a una pequeña comunidad de cruzados. Ese tiempo de leyendas y misterio transcurrió entre 1276 y 1812. Siete siglos en los que Petra constituyó el secreto de los beduinos.
Fue un joven explorador suizo, Johann Ludwig Burckhardt, quien se lo arrebató. Se hizo pasar por uno de ellos, uniéndose a una caravana que viajaba a El Cairo; antes había adoptado el nombre de Ibrahim Ibn Abd Allah, hablaba árabe, conocía sus costumbres y el recelo que aun así podía suscitar. Cauteloso, no estuvo mucho allí, un solo día. Sin arrogancia, se limitó a escribir: «Si mis conjeturas son ciertas, este lugar es Petra». Doce de agosto de 1812: la ciudad admirada por su deslumbrante arquitectura, por el color de sus rocas, por la sofistificación de sus acueductos, puentes y canales, tan remota, inaccesible, tan bien escondida por el azar o el capricho de sus primeros moradores que ya no existía para Occidente, había sido reencontrada.

Hoy, como hizo entonces Burckhardt, para llegar hasta ella hay que recorrer el Siq, el sinuoso desfiladero rosáceo, ondulante, de piedra suave y formas caprichosas, que tras un kilómetro inesperadamente desemboca frente al Tesoro o Khasneh, el monumento al que inevitablemente suele ir asociada Petra en la imaginación de quienes no la han visitado, pero no el único, ni quizás el más sorprendente.

Ingente, excavado en la roca, con imponentes columnas corintias, el Tesoro sintetiza la majestuosidad de Petra, su inexplicable belleza, la excepcionalidad de su arquitectura, en su mayor parte nabatea, fruto de las influencias asiria, egipcia, helénica y romana.

Como esculpidas por el viento, más de 500 tumbas decoran las paredes rojizas del valle en el que se enclava la que fue capital nabatea. La luz escoge caprichosa su tonalidad, siempre en la gama de los rosas, decorada con vetas amarillas, blancas, verdes, naranjas y grises. La Tumba de la Seda destaca precisamente por el color de su fachada, así como la Tumba Corintia se distingue por la bella combinación de sus elementos clásicos y nabateos. La de la Urna, que posteriormente fue transformada en una iglesia bizantina, contaba con una habitación inmensa en su interior, que quizás servía de triclinio para festejos funerarios.

Herencia romana. La Tumba Palaciega despunta porque la parte superior de su fachada fue construida con piedra, en lugar de ser excavada en ella. Apartada de estas tumbas reales, que se levantan en la ladera de al-Kubtha, está emplazada la tumba de Sextus Florentinus, un administrador romano del emperador Adriano, que curiosamente recibió sepultura de un modo netamente nabateo.

La impronta latina se hace patente en la bella columnata —alrededor de la cual se establecían los mercados y viviendas de los romanos— del centro de la ciudad, en la que se emplazaba una fuente pública, el Ninfeo, de la que se conservan sus ruinas. Recorriendo la calzada se llega al Templo de los Leones Alados, probablemente dedicado a Al Uzza, principal divinidad nabatea, y denominado así por los leones que decoran sus capiteles. La columnata finaliza en la Puerta Temenos, un triple arco construido en el siglo II, que primitivamente con sus enormes puertas de madera separaba el recinto sagrado.

Se duda si el imponente anfiteatro romano de 8.000 asientos que se alza nada más entrar en Petra es también romano. Se dijo que fue construido por ellos tras derrotar a los nabateos, aunque hay quien sostiene que fueron éstos últimos quienes lo levantaron en la época en la que vivía Cristo. Cristiana, bizantina, es la iglesia que se alza próxima al Templo de los Leones Alados. Tapizada con mosaicos perfectamente conservados, con motivos que representan animales exóticos, así como personificaciones de las estaciones, el océano, la tierra y la sabiduría, es probable que fuera una catedral durante los siglos V y VI.

También fue utilizado por los bizantinos el Al Deir o Monasterio, prueba de ello son las cruces, casi imperceptibles, que se cincelaron en su fachada. Si el Tesoro sintetiza la belleza y majestuosidad de Petra, el Monasterio —de dimensiones mucho mayores, menos ornamentado— simboliza su grandeza, su inmensidad, su poder. Igualmente labrado en la montaña, pero no dominado por ella y pese a estar inacabado es estremecedor. Para llegar hasta él son más de 800 los escalones de la montaña que hay que subir. Arriba se domina la ciudad, la eterna ciudad rosácea a la que jamás se podrá hacer justicia con las palabras. Ya lo dijo Lawrence d´Arabia: «Nunca sabrás qué es Petra realmente, a menos que la conozcas en persona».